Usted está aquí: jueves 1 de marzo de 2007 Cultura Algunos cantos del infierno

Olga Harmony

Algunos cantos del infierno

Como punto final del proyecto Mural, tres siglos de teatro en México, la Compañía Nacional de Teatro -en coproducción con el Instituto Veracruzano de Cultura- estrena esta obra de Emilio Carballido, escrita por encargo del Instituto Tecnológico de Monterrey, Campus Tampico en 1990 y no llevada a escena entonces, probablemente como censura al delicado tema escogido por el dramaturgo, la participación de un sacerdote en el tráfico de drogas o narcomenudeo. Carballido se inspiró en un suceso real ocurrido en Venezuela, pero lo descrito pudo pasar en cualquier parte y es posible que en nuestro país se den hechos tan brutales como el relatado, pues la influencia de un ministro de la Iglesia sobre la juventud no sólo da lugar a los terribles casos de pederastia ya conocidos por todos, sino que puede incitar al consumo de drogas y a cuanto hecho de gran vileza se ocurra, en contraposición de quienes ejercen con rectitud su ministerio. El descenso al infierno de un grupo de muchachos es causado por un ángel caído, por un cura corrupto que también corrompe.

La acción de la obra se da casi toda con una larga orgía a base de crack en la vieja hacienda de los Olavide, aunque los antecedentes se nos ofrecen con anterioridad, en la solemnidad de una misa -que sirve para dar las tres llamadas- y la complicidad del padre Macario con el grupo de rockeros que suelen tocar en la iglesia y a los que vende la droga. Otro antecedente es el de Iván, el encargado del narcomenudeo que está correspondiendo a gran parte de una generación, la de los hijos de mujeres militantes que les echan en cara no comportarse como las madres comunes y han perdido el interés por todas las causas, encontrando en la droga el escape para su angustia existencial. Si la trayectoria de Iván es la que recorremos, su contraparte sería Ulises, el homosexual enamorado de Marcos, que ha roto su relación con éste al mismo tiempo que ha salido del infierno de la drogadicción. Ulises sigue a su vieja pandilla por amor y por amistad, también porque quiere tener la droga cerca para decir no, y es en los monólogos de este personaje en donde se entienden las razones de la adicción.

Carballido es tenido, con mucha razón, el maestro del realismo en nuestra dramaturgia, pero también elige el expresionismo cuando es necesario y en este texto la parte expresionista se deja ver, sobre todo en los monólogos de algunos personajes. En base a esto es que Ricardo Ramírez Carnero diseñó su dirección, con música viva -debida a Luis Urreta- en ambos extremos del escenario y con la escenografía y la iluminación de Arturo Nava, que muestra al principio un gran círculo con ángeles pintados, que se volverán de cabeza en algún simbólico momento y una estructura de varios niveles que aparece al ser retirado el círculo angélico. Héctor Holten es utilizado por el director como una especie de hombre negro de los teatros orientales, con cuello sacerdotal pero que puede ser muy bien el demonio de la adicción. Los adictos, con vestuario y arreglos punck debidos a Pilar Boliver, entran y salen con orgiásticas coreografías -con asesorías de Sak Nikté Romero- e impulsados por la banda móvil que también traerá un macizo de flores y una tina que sugiere caldo del infierno.

El elenco es grande y muy cohesionado por el director, que logra actuaciones individuales y momentos de grupo, en las coreografías, en la tina donde se encuentran desnudos, en lo alto de la capilla abandonada en donde otros hombres negros ayudan a la caída de dos de ellos. Sobresalen Marta Aura como Es-ther, Héctor Holten como el hombre negro, Iván González como Iván, Everardo Arzate como Ulises y Arturo Reyes como Marcos, Patricia Collazo como Olall y Ana Ligia García como Fabiola, sin demérito del resto del reparto que encarna con propiedad sus respectivos roles.

Emilio Carballido es una referencia imprescindible en nuestro teatro, por lo que no resulta descabellado que cierre con una entusiasta nota que habla del teatro mexicano en el siglo XX. Luis Mario Moncada, en un trabajo de siete años en libros y henmerotecas, ha logrado recopilar, día a día, lo ocurrido -por lo menos en la capital- en el teatro mexicano durante el siglo pasado. El libro, que cuenta también con ilustraciones, está desde hace tiempo en una editorial que ojalá lo saque pronto, porque resultaría imprescindible para estudiosos e historiadores de nuestro quehacer teatral. Un siglo, fichado día a día, no es moco de pavo.

 
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