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A la palestra, fantasmas de López Mateos, Madrazo, Gordillo

Discursos largos, cantinflescos y reiterativos ahuyentan a priístas

ARTURO CANO

El delegado Guillermo Legorreta sube lento, armado de sus muletas, y se instala frente a los micrófonos: "El PRI no puede ser un partido que se enquiste en una sola ideología". Lo ovaciona la porra roja de sus pares del estado de México. Los rojos, los hombres y mujeres del gobernador Enrique Peña Nieto, han venido a decir que no, que el tricolor no debe ser un partido de izquierda, así se le agreguen las etiquetas centro o democrática.

El desfile de oradores que rechazan la definición "izquierda democrática" es largo, cantinflesco y reiterativo. Sólo unos pocos delegados defienden la propuesta. El tlaxcalteca Enrique Soto ironiza sobre la unanimidad de los mexiquenses, pero ellos ni se dan por enterados y hasta le aplauden cuando cita a su ilustre paisano Adolfo López Mateos: "Mi gobierno es de extrema izquierda dentro de la Constitución", una frase clásica de la sabiduría política priísta.

Como clásica es la escuchada en uno de los pasillos: "En política hay que aprender a tragar sapos". "Yo como de todo", responde el interlocutor, ex candidato a la presidencia del PRI. Fiel a ese ideario, Humberto Roque, presidente de la mesa, se sirve su plato del día: la definición ideológica del partido se turna a una comisión y será votada en la siguiente asamblea.

Así, el organismo que este domingo cumple 78 años de vida, exhibe un tardío conflicto de identidad porque antes, caray, todo lo resolvía el ''señor Presidente''. Para consuelo de los cronistas de todos los tiempos resulta que ni sus militantes saben qué es el PRI. O no se ponen de acuerdo.

Beatriz Pagés, periodista y diputada, se inclina por la denominación de izquierda e intenta convencer a sus correligionarios restregándoles el argumento de los críticos: "Se nos dice que somos el partido gelatina, porque se acomoda a las preferencias de los poderosos en turno". Los mexiquenses le gritan que se vaya al diablo. Serán algunos de ellos los que resistan más y permanezcan bajo las carpas con el correr de la tarde, cuando de los casi 6 mil delegados sólo unos 300 siguen el debate.

Carlos Miguel Ricárdez, de Tabasco, pasea sus fobias localistas: "Nada más le vamos a hacer el caldo gordo al PRD". Gilberto Otero, de Sonora, se quita el sombrero, ignorante de los resultados electorales de su partido: "Me descubro ante la República aquí representada, y les pido que no andemos buscando geometrías". El jalisciense Salvador Caro advierte la debacle: "No hagamos el ridículo; si simulamos no volveremos a ganar ninguna elección en el norte ni en el occidente del país".

Los argumentos más aplaudidos son los de un babysaurio. Se llama Ricardo Aguilar y es presidente de su partido en la tierra de Arturo Montiel: la definición de izquierda, dice, es "abstracta, etérea y socialmente incomprensible". Va más lejos: dice que el PRI perderá a las clases medias y altas, que "le vamos a ceder gratuitamente la derecha al PAN", y que los van a confundir con el PRD. La furia roja propone, tal vez esperanzada de alguna vez ganar en Satélite, que el tricolor se defina como el partido "de la justicia social". Otros quieren que vuelva a ser el partido del nacionalismo revolucionario y unos más se inclinan por la democracia social, pero ninguno trae a cuento la fórmula que legara Carlos Salinas de Gortari: el liberalismo social.

Cuando Roque somete a votación la propuesta de posponer la decisión, ya dos tercios de los delegados han abandonado las calurosas carpas de la cuarta asamblea extraordinaria. El PRI no es de izquierda. No todavía. Y entonces, ¿qué es el PRI? La única fuerza políticamente responsable del país, si nos atenemos al discurso de su presidente saliente, Mariano Palacios. Porque sólo la "prudente, responsable y patriótica" actitud de los legisladores priístas permitió la renovación institucional de los mandos de la República.

En las casas de enfrente, Palacios ve a un bufón (Vicente Fox), a un mandatario que asumió "a hurtadillas" (Felipe Calderón) y a un "autoproclamado presidente legítimo" (Andrés Manuel López Obrador). Todos ellos actúan, dice el queretano, en medio del saldo "desastroso" del "autonombrado gobierno del cambio".

Un soplo de autocrítica aparece en el discurso de Palacios Alcocer, para explicar por qué su partido se fue al tercer sitio electoral: "Nos confrontamos internamente... Nos desdibujamos en lo ideológico; nos perdimos en lo programático y la aplicación estatutaria se convirtió en fuente interminable de litigios judiciales". Nada sobre la candidatura de Roberto Madrazo, para quien Palacios Alcocer sólo tiene agradecimiento. Sin nombrarla, Palacios también se refiere a la ahora archienemiga del PRI, Elba Esther Gordillo: "Sólo fui intolerante ante los traidores, los que hoy se regodean de sus victorias pírricas".

Algunos culpan a los dinosaurios, pero al legendario Víctor Cervera Pacheco, dos veces gobernador de Yucatán, no le molestaba ese apelativo. ''Los dinosaurios, decía, son muy apreciados por los niños y los adultos. Subsistieron mucho tiempo y aprendieron rápido". El PRI vive. ¿Aprende?

 
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