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Marco Rascón

Radicales y provocadores

Una de las manifestaciones de la crisis de la izquierda mexicana, derivada del pragmatismo por el poder, de la pérdida de independencia ideológica y política, es la incapacidad de distinguir entre radicalismo y provocación. Tanto la izquierda social como la que se centra exclusivamente en los procesos electorales han sido desarmadas política e ideológicamente siendo presas fáciles no sólo de las políticas contrainsurgentes y de trampas que aparentan radicalismo, por lo que han terminado en las redes de una amplia liquidación y descomposición política. En estos tiempos, "ser de izquierda" en México es más nostalgia que una connotación de consecuencia.

"Ser radical", a diferencia de lo que es un provocador, representa la ortodoxia de un programa, un proyecto, una vía. En toda formación política existe mínimamente un ala radical que demanda actuar en la práctica conforme a los principios. La radicalidad busca la consecuencia entre teoría y práctica, entre lo que se dice y lo que se hace. El radical construye con visión de largo plazo y hace de la práctica una cultura política, pues en principio está dispuesto a arriesgar lo personal por defender los principios. El radical busca unificar en torno a su causa, sin perder de vista los objetivos centrales; sabe que las alianzas califican a las partes y, por tanto, éstas no pueden sobreponerse a los principios. Ser radical y ser político no es contradictorio.

Los provocadores han existido a lo largo de todas las luchas políticas y han sido instrumento del poder, de la contrainteligencia, para anular a la fuerza opositora.

Victor Serge (1890-1947) describió en 1925 el esqueleto de la Ojrana, la policía política rusa que operaba contra los bolcheviques, y en su libro Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión presenta un pormenorizado catálogo de los provocadores (http://www.marxists.org/espanol/serge/represion/repres-1.htm#1iii).

Los provocadores buscan desgastar en cualquier circunstancia y que se pierda el sentido general de los propósitos. Un provocador busca inhibir las prácticas democráticas y los sistemas de toma colectiva de decisiones. Sabotea los debates, siembra permanentemente la sospecha de que en toda crítica hay un traidor, generando condiciones para las escisiones y la división interna. La provocación es una práctica interna que se basa en objetivos falsos, creando enemigos inexistentes para proteger a los verdaderos. La provocación busca destruir toda política de principios.

Los provocadores revientan movimientos y esfuerzos colectivos. Desprestigian demandas e ilegalizan posiciones. Existe un largo debate en la izquierda sobre la defensa de la legalidad, por ello, la izquierda mexicana enfrentó la represión gubernamental e inclusive la guerra sucia.

La clandestinidad, por ejemplo, ha sido una imposición del enemigo cuando por la vía de la democracia no puede llevarse a cabo la actividad política. Las guerrillas y la defensa de los derechos constitucionales y las garantías individuales fueron opciones con sus razones.

La defensa de la ley que hacían las direcciones sindicales, estudiantiles, magisteriales, electorales, dificultaba al régimen el uso de la represión, ya que hacer uso de ella contra movimientos legales colocaba al régimen en la ilegalidad. Esto era una actitud radical en defensa de la legalidad y los principios por los que se actuaba en defensa del derecho de huelga, la libertad de expresión y de reunión, de la independencia sindical o contra los fraudes electorales.

En todo conflicto es fundamental identificar al que busca la unidad, fortalece, democratiza y hace de cada decisión un acto colectivo en amplias estructuras. Para el político democrático se trata de convencer y dar razones, hacer pensar y generar convicción, no actos de fe. Un radical organiza contingentes de ciudadanos conscientes; un provocador forma grupos de choque.

En la perspectiva democrática todo revés es momentáneo. El terreno ganado no se cede. Actuando de manera personal, el provocador deja el campo ganado, crea vacíos, entrega espacios ganados por el colectivo y facilita con ello la operación al adversario.

El desánimo y la confusión; la pérdida de objetivos y la destrucción de las formas colectivas; el debilitamiento de la organización y el desprestigio de la lucha y las demandas; el absurdo como meta; la búsqueda del poder como un fin; los medios inmorales para buscar fines, supuestamente morales; el uso de la impunidad y la ilegalidad injustificada; los actos personalistas y protagonistas son obra de una cultura de la provocación.

Todo esto se alimenta cuando se prohíbe no sólo hacer uso de la crítica sino de la autocrítica, y se impide hablar sobre los errores que se cometen. Con ello avanza el fantasma de la desconfianza y la participación se reduce. Pero los provocadores tienen un recurso: "entre menos somos, más tenemos la razón".

marcorascon@alcubo.com

 
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