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¿Es nuevo el ballet ruso?

Ampliar la imagen María Abashova y Yuri Smekalov durante su encuentro amoroso

TRAS IMPRESIONANTE PROMOCION publicitaria en todos los medios, el Ballet Ruso de San Petersburgo, de Boris Eifman, se presentó en Bellas Artes el 28 de febrero y el primero, 3 y 4 de marzo con la obra Anna Karenina. No es la primera vez que artistas y compañías rusas en una nueva etapa histórica, lejos del socialismo, proclaman un modernismo o contemporaneidad, en realidad, muy lejos de tal intento.

LA TRADICION RUSA y posteriormente soviética del ballet más que lazos, conservó asfixiantes cadenas con la ortodoxa tradición académica que años de aislamiento impidieron a creadores y artistas permearse de las nuevas corrientes estilísticas y conceptuales de la danza en el mundo.

NO FUE SUFICIENTE la perfección académica, el portentoso nivel técnico de los jóvenes bailarines rusos para rebasar la brecha de lo "antigüito".

TALES MARAVILLAS PEDIAN a gritos una verdadera renovación del ballet en aquel pueblo maravilloso, plagado de talentos insospechados para la danza. No fueron suficientes los ballets tradicionales del repertorio de todos los tiempos. Se requería un nuevo rostro, el nuevo ballet ruso que justificara el preciosismo corporal, la estética alcanzada por la experiencia y años de trabajo en la añeja disciplina y tradición; el talento desbordado de oleadas de jóvenes bailarines, a cual más perfecto, y cuyos cuerpos aún parecen clamar por nuevos coreógrafos a la altura del fenómeno Boris Eifman, extraordinario artista de profunda percepción y sensibilidad, quien demuestra que la creación es su libertad. Con notable audacia y una formación enormemente sólida, es quien ha dado el salto cualitativo que el ballet ruso requería en todos los aspectos.

EIFMAN HA TRASCENDIDO la forma bonita y perfecta del ballet para presentarnos el sicoanálisis de los personajes por medio del movimiento, una verdadera proeza en el marco de la rigidez social, emocional y creativa del proceso histórico de un pueblo y su ballet.

ESTE ARTISTA PARECE ser el parteaguas de ese proceso, y el resultado es asombroso, emocionante y conmovedor.

CON EL BALLET ruso de Boris Eifman y sus deslumbrantes bailarines se abre una vertiente insospechada de posibilidades para quienes están en esa tónica, en la que no nos queda nada más que aprender y aprovechar la apertura.

SUS DISEÑOS COREOGRAFICOS con movimientos fluidos y plenos de matices brotan como manantial maravilloso; no tienen sello ni código, son libres, entrañablemente humanos y lógicos en su sobria belleza.

BORIS EIFMAN CUENTA historias del alma, de las pasiones, aprovechando con maestría cada pulgada del legado ya filtrado de la cultura universal y el temperamento ruso, la técnica, en un aquí y ahora sin necesidad de estridencias ensordecedoras, elevando así el espectáculo de la danza más allá del dramatismo bailado sur les pointes.

LOS BAILARINES ABSORBEN la música apasionada y dramática de un perfecto collage de obras de Chaikovsky en la precisa sincronía entre solistas y cuerpo de baile, un gran cuerpo de baile enfundado en la soberbia elegancia de sus trajes, diseñados para combinar perfectamente con la iluminación, en un todo que significa palabras mayores en la construcción de una obra de arte.

BORIS EIFMAN ES un puente importante donde transitan todas las fracciones de la danza capaces de borrar fronters y líneas divisorias entre cualquier tipo de extremismo. Anna Karenina, interpretada por María Abashova, es una verdadera joya; Karenin es Alberto Galichanin; Vronsky, el más tradicional de los personajes en su tratamiento, es Yuri Smekalov, y Natalia Povorozniuk, Kitri, asombrosos por su madurez artística, donde se antoja que Anna Karenina no muriese, excepto por la espléndida escena de su suicidio como heroína de Tolstoi en la estación del tren.

María Abashova y Yuri Smekalov durante su encuentro amoroso

 
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