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Ethan Nadelmann*

Calderón y el combate al narcotráfico

Parecería que el nuevo presidente de México, Felipe Calderón, estuviera haciendo lo correcto para reventar a los narcotraficantes en México. Designó a gente nueva en los puestos militares y de procuración de justicia que son clave, desplegó tropas para ponerle fin a la violencia relacionada con las drogas, reafirmó el poder de la policía federal, extraditó a los principales traficantes a Estados Unidos y dio luz verde para clarificar la legislación mexicana en la materia. Pero todo lo anterior no hace suponer que haya esperanzas de que México haya emprendido, realmente, un viraje en sus esfuerzos por controlar el tráfico ilegal de drogas.

Como guía de lo que realmente se ofrece, basta tan sólo dar un vistazo a los sexenios anteriores. Lo que el presidente Calderón está haciendo difiere muy poco de lo que hicieron sus predecesores al iniciar su periodo en el cargo. Y los resultados son siempre los mismos, alentadores al inicio y después todo recomienza: las bandas de narcotraficantes se reagrupan en torno a nuevos líderes y nuevas conexiones; los funcionarios, antes incorruptibles, comienzan a corromperse; la policía de todos los niveles y de todos los tintes de probidad, tiemblan de miedo ante las balas de los asesinos. Y una vez más lo mexicanos se preguntan por qué el ciclo parece no terminar nunca.

Algunas cosas cambian, por supuesto, como las identidades de los traficantes y de los policías que los procuran y protegen, y el tipo de drogas que trafican. Ahora está caliente la metanfetamina, acicateada en parte por las acciones legislativas y de regulación emprendidas en Estados Unidos, que incrementaron el costo interno de producción y le dieron un "levantón" a los "superlaboratorios" de procesado de metanfetamina situados al sur de la frontera. Algo nuevo la remplazará algún día, como alguna vez la mariguana fue remplazada por la heroína, ésta por la cocaína y luego por la metanfetamina.

Entonces, ¿qué debería hacer Calderón? Primero que nada, combatir duramente la violencia, esté relacionada con las drogas o no -sin preocuparse tanto por el tráfico en sí mismo. Eso requiere pensar estratégicamente acerca de los modos de hacer cumplir las disposiciones relativas a las drogas, y encaminar sus esfuerzos contra los criminales más violentos y sus organizaciones, aun si esto implica promover soluciones no violentas para resolver conflictos entre los traficantes. El desafío es el control del vicio, sea en una entidad o a escala nacional.

En segundo lugar, hay que aprender de los europeos, los canadienses y otros que lidian con el abuso de las drogas primordialmente como un problema de salud pública y no tanto como un problema de justicia criminal. El uso ilícito de drogas, el VIH/sida y la hepatitis se esparcen por todo México. Las políticas de reducción de daños que se enfocan en reducir la muerte, la enfermedad y otros daños ocasionados por las adicciones han resultado eficaces en todo el mundo, incluida América Latina. Si se quiere asumir un modelo de lo que no hay que hacer, miremos al norte.

Tercero, Calderón tendría que pensar este problema no como político, sino como conservador y economista. Lástima que el famoso economista Milton Friedman, que murió hace unos meses, no pueda ya asesorar al nuevo presidente mexicano. Las drogas son malas, le diría, pero la prohibición es peor. Friedman le escribió al zar antidrogas del primer presidente Bush, William Bennett: "Por supuesto que el problema es la demanda, pero no es únicamente la demanda, es la demanda que debe operar a través de canales ilegales y reprimidos. La ilegalidad crea ganancias obscenas que financian las tácticas asesinas de los señores de las drogas; la ilegalidad conduce a la corrupción de los funcionarios que debían hacer cumplir la ley; la ilegalidad monopoliza los esfuerzos de las fuerzas honestas de la ley, de tal suerte que se ven privadas de los recursos para combatir crímenes más simples como el robo, el hurto y el asalto. Las drogas son una tragedia para los adictos. Pero criminalizar su uso convierte dicha tragedia en un desastre para la sociedad, para los usuarios y los no usuarios por igual. Nuestra experiencia con la prohibición de las drogas es una repetición de nuestra experiencia con la prohibición de las bebidas alcohólicas".

Yo sospecho que el presidente Calderón sabe, en el fondo de su corazón, que Friedman estaba en lo correcto y que México está condenado a repetir las locuras del pasado hasta que las políticas de Friedman sean las políticas de México. Su predecesor, Vicente Fox, lo sabía y lo balbuceó alguna vez, pero alguien o algo lo persuadió de guardar esas visiones ciertas para él mismo. Otros líderes latinoamericanos, pasados y presentes, lo saben también, pero sólo muy pocos se atreven a expresarlo. Todos saben que Washington no toma a la ligera frases como esas. El nuevo presidente no necesita decirlas en fuerte; podría discretamente alentar a otros a que lo hagan -en los medios, en la academia, en los coloquios de los ámbitos de los negocios y la justicia. Es frecuente que las buenas políticas surjan de un vigoroso y abierto debate. Los funcionarios estadunidenses odian esta manera de pensar, pero ¿de qué manera podrían objetar un debate sobre las ideas de un economista que ganó el premio Nobel, que recibió la medalla presidencial de la libertad de manos de Ronald Reagan en 1988 y que fue honrado en la Casa Blanca por el presidente Bush padre durante su cumpleaños número 90?

Ethan Nadelmann es director ejecutivo de Drug Policy Alliance http://www.drug.policy.org y es coautor de Policing the globe: criminalization and crime control in international relations.

Traducción: Ramón Vera Herrera

 
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