Usted está aquí: jueves 8 de marzo de 2007 Opinión México SA

México SA

Carlos Fernández-Vega

Venezuela sí cobra impuestos a Coca-Cola

El gobierno le encontró irregularidades contables y fiscales

Ampliar la imagen Repartidor de refrescos Foto: José Carlo González

Temerosa desde que a uno de los barones mexicanos se le fue de las manos un jugoso negocio en el sector telecomunicaciones, a partir de enero el mayor embotellador de Coca-Cola en América Latina encendió sus veladoras, se persignó e invocó al Altísimo para que la "furia comunista" no tocara su hacienda, ante una hipotética "intervención del Estado" en el negocio de las bebidas gaseosas.

Y el temor tenía cierto sustento, porque la solución no dependía del gobierno mexicano ("aquí sí se respetan las inversiones"), aunque finalmente el problema estalló, pero no como resultado de la "barbarie roja" de Hugo Chávez, sino por un nuevo incumplimiento fiscal de Coca-Cola FEMSA, la translatina del oro negro con gas, que poco más de cuatro años atrás adquirió el consorcio Panamco, amo y señor de lo que aquí llamamos refrescos.

En los primeros días de enero pasado, el gobierno venezolano decidió recuperar algunos sectores económicos estratégicos, fundamentalmente telefonía y electricidad, así como la cancelación de ciertas concesiones y sus respectivos contratos en materia petrolera.

Carlos Slim, por medio de Telmex y América Móvil, fue el primero en morder el polvo por tal decisión, toda vez que ya se frotaba las manos para explotar un jugoso negocio llamado Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela (CANTV). Pero llegó el decreto, y el magnate Forbes, con todo y sus 676.6 millones de dólares en efectivo que tenía preparados para la operación (dinero que terminaría en alforjas de una pagadera a una trasnacional, no de los venezolanos), se vio en la penosa necesidad de "retirarse".

A partir de ese momento, los grandes grupos mexicanos que operan en Venezuela (Cemex, Hylsa, Tamsa, Grupo Maseca-Monaca, Bimbo, Grupo Modelo y Mabe, entre otros) supusieron que la decisión chavista era más una respuesta a los dislates del inquilino de Los Pinos (el que "no se va" y el que dice que llegó) que a una recuperación de activos, de tal suerte que los dueños de dichos consorcios sólo esperaban su turno para que la "furia comunista" pasara sobre ellos.

Pero no fue la hipotética "furia" y su guadaña la que visitó a Coca-Cola FEMSA, sino el fisco venezolano, el que por segunda ocasión agarra fuera de lugar al consorcio mexicano con licencia gringa, por lo que el Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria (Seniat) ordenó el cierre por tres días de 32 establecimientos del consorcio encabezado por Eugenio Garza Lagüera (presidente vitalicio), el mismo personaje que se quedó con Bancomer en la reprivatización salinista, institución "rescatada" por el Fobaproa que terminó en manos del BBVA, incluidas las acciones que conservó Garza Lagüera (como la operación fue vía bolsa de valores, nadie pagó impuestos).

No fue, pues, la "barbarie roja" del gobierno chavista la causante, sino lo que en México es tradición ("olvidarse" de su obligación con el fisco) entre los magnates, y de nueva cuenta la autoridad venezolana sanciona al corporativo por "irregularidades" contables y fiscales ("incumplimientos en sus libros de compra y venta del impuesto al valor agregado", precisó el Seniat).

En respuesta, Coca-Cola FEMSA aseguró que "acatamos esta lamentable decisión y reiteramos nuestro compromiso de seguir creando valor para la comunidad venezolana", al tiempo que afirmó "estar al día con nuestras obligaciones fiscales".

Cero y van tres desde que la firma sentó sus reales en la nación sudamericana. Dos por cuestiones fiscales (2005 y 2007) y otra por su "compromiso" de atender a la comunidad venezolana.

En enero de 2003 el gobierno chavista allanó las instalaciones de Coca-Cola FEMSA (que el 27 de diciembre de 2002 cerró la operación de compra de Panamco y todas sus filiales en la región, apropiándose en automático de un mercado cautivo de 167 millones de consumidores) por "acaparamiento" del producto con miras a incrementar el precio de manera artificial.

A la par del consorcio con sede en Monterrey, el gobierno chavista allanó las instalaciones del Grupo Polar, el mayor conglomerado industrial venezolano de alimentos y bebidas, propiedad de Lorenzo Mendoza Giménez, distinguido integrante de los magnates latinoamericanos que aparecen en la lista de Forbes.

Así se estrenó Coca-Cola FEMSA como nuevo propietario de Panamco (Panamerican Beverages Inc.), cuya adquisición se concretó mediante el módico pago de 3 mil 600 millones de dólares, un precio que algunos sectores financieros consideraron muy elevado, aunque para los nuevos propietarios la inversión vale la pena porque los convirtió, automáticamente, en el mayor consorcio del gaseoso oro negro en América Latina, con ingresos estimados en 4 mil 600 millones de dólares (2003) procedentes de sus operaciones en los nueve países en los que participa. Originalmente, FEMSA tendría 46 por ciento de las acciones, Coca-Cola, 40 por ciento, y el resto se colocaría en el mercado de valores.

Eugenio Garza Lagüera también pagó varias veces el valor en libros de Bancomer, cuando Salinas reprivatizó la banca, y en esos no muy lejanos ayeres se ufanaba de ser propietario del mayor banco de México. La historia es conocida: euforia, saqueo, quiebra, Fobaproa, rescate, apertura, venta libre de impuestos, extranjerización...

Entonces, la evasión fiscal y no la "furia comunista".

Las rebanadas del pastel

La soberanía petrolera no es un asunto de semántica: tras la "invitación" de George Bush para que se privatice el sector energético mexicano, el secretario de Gobernación dijo que "mantendremos el control" y que "ninguno de los mecanismos en esa materia será privatizado". Tendría que haber dicho propiedad y no "control", instituciones y no "mecanismos" (un "mecanismo" es la Comisión Reguladora de Energía; Pemex es una institución, y una empresa se controla sin que ello implique propiedad absoluta), no vaya a ser que se haga bolas como monseñor Abascal (Calderón fue el "idóneo", no el "mejor").

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