Usted está aquí: miércoles 14 de marzo de 2007 Opinión Isocronias

Isocronias

Ricardo Yáñez

Ensayo de un encuentro

EL INSTANTE MULTIPLE, la tercera llamada antes no de la obra, sino del ensayo, que desde luego (como siempre) es la obra, la mirada cubista que se mira a sí misma y mira todo (algo mirada de águila, foco y entorno) antes de comenzar, ¿o de partir, o de volver? ''Ser para sí" que acaso, en obra ya el ensayo, es ser para todos. Comenzar a ensayar que es comenzar a recordar que es comenzar a representar que es comenzar a inventar, tocando (como diría cualquier canción, supondré) fondo.

ENCUENTRO CON ANTONIO, la breve novela (80 páginas) de Dulce María González, recién editada por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Nuevo León, es a la vez un cuadro (pintado por Román, uno de los personajes) y un drama -recreado ante el espejo, una de las lecturas, por Mónica, la protagonista, y no imposiblemente contemplado como película por el lector/espectador.

LA BUSQUEDA DEL hijo, del hijo muerto (o bien de la mirada del hijo en la propia mirada, que al final constituiría el ensamblar acaso todas las miradas en una sola, lectura y escritura, sentido y vivencia encontrando su eje, centro del horizonte en una digamos nueva rosa de los vientos), es un viaje, y como ''todo viaje", según Román ''solía decir", ''la aventura de un héroe (aquí sobre todo heroína, pero también Antonio, el hijo perdido) hacia el centro de sí".

DUEÑA DE UN firme oficio que no parece hacer alarde de sus recursos, aunque de ellos claramente consciente, la también autora de Mercedes Luminosa, Premio Nuevo León 2000, se diría que hermana a sus personajes principales. Del último indica un segundo antes de despedir el relato: ''Ahora sólo queda ser ella misma, la otra. Alumbrada, contenida en su cuerpo y su destino, piensa, y se pone de pie".

IMPORTA INDICAR QUE, inmersa en una depresión, pretendiendo negarla, Mónica, a más de efectuar un periplo que sobre todo hace escala en Israel, intenta no pensar, ''estar fuera, perder el código".

''NO DEBO PENSAR tanto, pensó", se lee en las primeras páginas de la novela. Y mal haríamos en no traer a cuento aquí el segundo epígrafe (el primero proviene del monólogo de Hamlet) del libro, cita de Clarice Lispector, que por así decirlo, tocó a la narradora regia: ''Entonces aquello que, por piedad hacia mí, no quería yo pensar, entonces lo pensé. No pude impedírmelo más, y pensé lo que en verdad estaba yo pensando".

O, DE OTRO modo dicho, ''viví lo que estaba viviendo, lo que siempre he vivido, no nada más mi vida, sino la misma vida", que no necesariamente, aunque en cierto modo sí, será la vida misma.

LUEGO DE UN incidente automovilístico banal, la ponchadura de una llanta, la personaje se da cuenta de que ''era necesaria esa grieta... para que recordara (...) y supiera que algo estaba a punto de ocurrir". Y ''se confundió con la tierra y las ramas, con el invierno (...) motivo del rapto (...), paréntesis donde la prisa", el periódico, la computadora, ''no significan nada (...) era ella y estaba ahí, a mitad de su historia. Un viaje que pronto acabaría.

''ESTOY VIVA, se dice frente al espejo sin dejar de mirarse..."

 
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