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En un siglo pasó de comercializador de ropa a distribuidor de enervantes

Tepito: la historia de un barrio donde es caro el "impuesto a la ingenuidad"

Es "amortiguador" de las necesidades de consumo de la ciudad: cronista tepiteño

AGUSTIN SALGADO

Ampliar la imagen Aspecto de las calles de la colonia Morelos, enclave del barrio de Tepito, después de haber sido despejada de los puestos metálicos de los comerciantes ambulantes Foto: Marco Peláez

Tepito es un barrio que infunde respeto. Es el lugar donde se cobra caro "el impuesto a la ingenuidad", y su tradición de baratillo comenzó a principios del siglo XX cuando el ayuntamiento de la ciudad de México determinó que todos los ayateros de la ciudad se congregaran en la plazuela de la parroquia de San Francisco, cercana al lugar.

En entrevista, el director del Centro de Estudios Tepiteños e integrante del grupo Tepito Arte Acá, Alfonso Hernández, describe la paulatina transformación del barrio que de comercializar ropa y utensilios usados se convirtió en centro de distribución de piratería y enervantes.

El estigma de que sus calles son madrigueras de ladrones siempre lo ha acompañado, y pese a que el crecimiento urbano lo absorbió, en el arrabal permanece la imagen de miseria y tugurio.

Lo que no se reconoce con facilidad, a decir de Alfonso Hernández, es que Tepito siempre ha sido "amortiguador" de las necesidades de consumo de las clases medias y bajas de la ciudad.

Barrio de resistencia

En la esquina de Tenochtitlán y Constancia se ubica el templo de la Inmaculada Concepción. Si bien la fiesta patronal es el 8 de diciembre, cada 13 de agosto decenas de tepiteños rememoran en ese lugar la aprehensión de Cuauhtémoc, el último rey azteca.

En voz náhuatl, el lugar es conocido como Tequipeuhcan, que a decir del cronista tepiteño significa "lugar donde comenzó la esclavitud". "Ahí fue hecho prisionero Cuauhtemotzin, y en una esquina existe una placa donde se alude a la ordenanza que hizo a los mexicanos de todos los tiempos (sic), la cual termina con el exhorto a que 'continuemos luchando al amparo de nuestro destino', ello ha contribuido a la imagen de barrio bravo y de resistencia que tiene Tepito."

Pero dicha fama no proviene únicamente de ese hecho, el cronista asegura que durante la intervención estadunidense, mientras "los criollos del centro ponían pendones extranjeros en las fachadas de sus casas", las barriadas de Tepito, Mixcalco y la Candelaria de los Patos se dedicaron a diezmar al ejército de Winfield Scott.

"Cuando el general invasor se percata que no sólo le robaban caballos, sino que le mataban a los soldados, los cuales eran destazados en las pulquerías, manda a bombardear y arrasar Tepito.

El ropero de los pobres

Los anhelos del porfiriato orillaron a que en 1901 el ayuntamiento de la ciudad de México, presidido por Miguel Angel de Quevedo, determinará reubicar el tianguis El Volador, que se situaba en el costado sur de Palacio Nacional. Dicha decisión incluyó concentrar a todos los ayateros en el barrio bravo.

"Desde siempre Tepito ha sido el ropero de los pobres, inclusive en la época prehispánica al caserío intermedio entre el centro religioso que era Tenochtitlán y el centro de comercio que era Tlatelolco, era conocido como Mecamalinco, y estaba ubicado precisamente en este lugar. Desde entonces había comercio y parte de la mercancía que se ofrecía era robada."

Alfonso Hernández afirma que esta tradición de baratillo aún persiste: "Todos los miércoles, en la calle de Tenochtitlán, en el tramo de Matamoros a Constancia, se vende ropa usada a un peso la pieza. No es ropa de paca, son prendas que los ayateros cambian por loza o cristalería en colonias de clase media y baja".

La fayuca

El cronista asegura que fue a partir del sexenio de Luis Echeverría que se comenzó a introducir la fayuca en el barrio: "Antes, el modelo de ascenso social y económico que tenían los habitantes del barrio eran los boxeadores, pero después el gran capital transformó esto y el ejemplo a seguir fue el fayuquero.

"Fue masivo, empezó como contrabando hormiga, primero fueron maletas, luego camionetas de tres toneladas y pronto se pasó a los contenedores y ahí fue donde se empezó a entrar en contacto con otros grupos. Esos tráilers no iban a regresar vacíos a la frontera y pronto se empezaron a llenar de yerba".

Por último, se refiere a los mitos que perduran, "a la sombra que infunde respeto" y termina por provocar la fama que caracteriza a Tepito; en torno al "impuesto de la ingenuidad", asevera: "encuentras grandes oportunidades de consumo, pero si te apendejas con el perfume, con la etiqueta de la ropa o con el aparato hechizo terminas jodido. Tepito es de artesanos y comercios chingones pero también de tianguistas changadores".

 
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