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En entrevista con La Jornada reitera su apoyo a las nuevas generaciones

El futuro de México y del cine tiene menos de 30 años: Del Toro

Si la industria nacional es lo que entendemos los gordos de 110 kilos, estamos llenos de telarañas

Ofreció el miércoles una charla en la Cineteca y recibió homenaje en Guadalajara

TANIA MOLINA RAMIREZ

Ampliar la imagen Si he de ser pendejo por ser optimista o por ser escéptico, prefiero ser pendejo por ser optimista, asegura el cineasta tapatío, en la imagen al recibir el Premio Guadalajara, en la inauguración del festival de cine de esa ciudad Foto: Arturo Campos Cedillo

Ampliar la imagen La industria del cine en México debe ser rentable, sostiene Guillermo del Toro Foto: Arturo Campos Cedillo

El Gordo vive en su guarida con sus amigos los monstruos, a quienes ama. El Gordo es inmensamente generoso y eso lo hace inmensamente feliz. Es de una profunda inteligencia, desparpajado y malhablado (quizá herencia de su oriundez tapatía). Es un freak tremendamente tierno, con quien un día llegó a tomar el té El Prestigio. Y que si se va, se va; al Gordo le da igual, le vale madres, que se vaya El Prestigio, él se quedará con sus amigos los monstruos viviendo en su guarida.

El cineasta Guillermo del Toro, quizá hoy el mexicano gordo más popular, es un gran narrador de cuentos de hadas, de historias de horror (en aquellos está la semilla de éstos). Su más reciente cuento de hadas, la película El laberinto del fauno, una coproducción México-España, obtuvo una cascada de premios: tres Oscares, siete Goyas, tres Bafta y, hace un par de días, nueve Arieles.

El hijo pródigo está de vuelta, en casa por unos días, con una apretada agenda: el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, entrega de los Arieles, visita a la Cineteca Nacional con motivo de una retrospectiva suya, y un largo etcétera que incluye, junto con sus colegas Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón (los tres amigos), reuniones con miembros de la comunidad del cine, empresarios y políticos, para intentar unir esfuerzos y así fortalecer al cine nacional.

La Jornada conversó con Guillermo del Toro (Guadalajara, 1964), en las instalaciones de la Cineteca, antes de una rueda de prensa que comenzó con un "¿quién se echó un pedo?, ¡qué confiese!", y en la que contó que le "valdría madres" si El Prestigio se iba y lo dejaba en su guarida con los monstruos.

En un ensayo, la escritora india Arundhati Roy (Del Toro quedó encantado con su novela El dios de las cosas pequeñas) habla sobre como el mundo actual está más allá del entendimiento común y como los artistas son los que podrían traducir las gráficas y los discursos en "historias verdaderas, sobre gente verdadera. Historias sobre lo que se siente perder tu hogar, tu tierra, tu trabajo, tu dignidad, tu pasado y tu futuro a una fuerza invisible. A alguien o algo que no puedes ver. Que no puedes odiar. Que no puedes siquiera imaginar". El realizador de El espinazo del diablo (2001) leyó y exclamó: "¡Hijo de la chingada! ¡Qué dolorosamente cierto!" Y siguió: "Creo que hay un problema muy grande con el cine". Explicó: "El cine ha heredado una dramaturgia muy vieja, que viene del teatro y de la literatura. La de la literatura la ha roto completamente, la ha hecho pedazos, maravilloso. Con el teatro lo ha hecho también, pero la gente casi siempre espera que la parte narrativa del cine siga una estructura donde la lógica sobrepasa la emoción.

Libertad ante todo

"Alguna de la gente que más admiro, por ejemplo los escritores románticos o los góticos, decían, 'hay que valorar la emoción por encima del intelecto, hay que valorar la experiencia por encima de la secuencia lógica de una narrativa'. Los surrealistas, desde luego, hicieron de esto una forma de vida".

A Del Toro le gusta "la idea del cine como una cosa tan libre como la pintura, para tomarse licencias", y por ello es que le atrae el cine fantástico. Con lo que más se identifica en con "la construcción del cuento de hadas, porque en la lógica del cuento de hadas hay muchas cosas que son porque son. Hay reglas que existen para romperse, hay reglas que tienen que ver con su propia lógica y su propia consecuencia y no con una impuesta por la lógica externa.

"El cine fantástico tiene una capacidad lírica infinitamente mayor que el cine realista. Por eso comulgo con (Edgar Allan) Poe y con quien sea que demande del arte la absoluta libertad y la anarquía y el deber del artista a ser fiel a su impulso sin miedo a equivocarse. Es decir, no ser tímido al hacer películas. Pueden molestar o no, y pueden seguir una forma conocida o no, pero está en ti intentar subvertir esa forma."

Remedio contra la desesperanza

-¿Por qué importa el arte?

-Hay una anécdota que estoy seguro que destrozaré recontándola, pero se dice que al final de la Segunda Guerra Mundial, hablaron con (Winston) Churchill y le dijeron, "tenemos poquísimo dinero, entonces hay que concentrarnos en comida, casas, hospitales, educación, y hay que dejar lo más superfluo fuera", y lo primero que le propusieron recortar fue la cultura.

Él dijo, "no la podemos tocar, porque si no tenemos cultura, ¿entonces por qué luchamos?"

"El arte y la cultura suenan como términos de revista dominical de periódico, pero realmente son lo que sostiene una identidad."

Y, cuando existe un vacío de identidad en cualquier país, éste es suplantado por "modelos que salen en la tele, en las películas que vienen de fuera, modelos generados por un vacío, no por el propio lenguaje del pueblo que lo articula. Entonces, para mí es una necesidad de primer orden".

Del Toro opina que hay que aprovechar el momento (de fama de los tres amigos para mejorar el cine nacional): "Para un mexicano, dos gotitas de buenas noticias son combustible para caminar miles de kilómetros de desesperanza. Yo era un chavo de Guadalajara haciendo cine durante el más oscuro periodo lopezportillista, y cualquier mínima buena noticia era una gran noticia. Estábamos rodando Doña Herlinda y su hijo (1984), y lo más hermoso era que ¡no sabíamos lo que no se podía hacer! Todavía había gente haciendo cine, era un modelo hiperpositivo, hiperesperanzador, sin conocer la brutalidad que estaba sucediendo afuera. Recuerdo que Manuel Barbachano (el productor) me dijo, vas a tener 5 mil dólares para rodar la película, yo era gerente de producción (un amigo y yo), y le pregunté, con la ingenuidad de quien tiene los años que tenía, oiga, ¿y si le doy vuelto?, si me das vuelto, te doy la mitad, cabrón. ¡Y le di vuelto!" Manejó y descargó los camiones de equipo y le sobraron 500 pesos.

Respecto de la enorme popularidad que hoy tiene, dijo: "Si pensamos que el cine mexicano es lo que estamos entendiendo los gordos de 110 kilos con 42 años y siete películas, estamos absolutamente llenos de telarañas. El cine es lo que no se ha hecho. El futuro de México y del cine mexicano tiene menos de 30 años. No se puede dejar a esa generación sin que articule lo que tiene que decir. Los demás, para bien o para mal, somos gente a la mitad del camino o gente de retrospectiva (se ríe, en la cineteca están pasando una suya). Se aproxima un turno más y hay que darle la bienvenida, preparar sus posibilidades de existencia".

Y justo para preparar sus posibilidades de existencia es que los tres amigos se han reunido con políticos, empresarios y compañeros de la comunidad cinematográfica.

Los tres amigos han planteado tres puntos: que la televisión aporte parte de sus utilidades para la producción de cine, que los distribuidores y exhibidores pongan fin a sus contratos leoninos con los productores y que se revise el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

-¿Qué dice Azcárraga?

-En las juntas que tuvimos no buscamos que la gente nos diga, "mira, voy a hacer esto por ustedes". Sería iluso esperar una transformación absoluta de los exhibidores, de los distribuidores o de la televisión. Lo que me interesaba mucho era plantear las cosas de una manera diferente. Plantear la posición propositiva de parte de los cineastas, la posición de que queremos escuchar, porque también queremos hablar. Nos urge hablar, nos urge decir cosas, pero para eso hace falta la posibilidad de escuchar, entonces se escucharon cosas con los senadores, con exhibidores, en Los Pinos. En fin, hay tantos frentes por atacar que hay que mantener muy saludables dudas respecto de las posiciones que todas estas instancias pueden o quieren tomar y mantener un nivel de exigencia grande, tan abierto al diálogo como sea posible, pero no dejando que nos agobie el escepticismo. Cuando las cosas van muy mal, el escepticismo suplanta la inteligencia y el optimismo parece ser estupidez disfrazada. En un país como México, cuando alguien es escéptico, automáticamente gana puntos de inteligencia, sin que necesariamente detrás de ese escepticismo haya nada más profundo que en el optimismo más banal.

Es un momento muy delicado, y le debemos a la gente que hizo cine en los años 70, en los 80, en los 90 o en la época de oro, preservar ese legado, más allá de la nostalgia, y le debemos a la gente que está a punto de hacer cine en los dosmiles, que tenga la posibilidad de entrar a una industria medianamente formada, para que pueda articular un discurso en el medio artístico más complejo -para mí- que existe, porque es el único que provoca un fenómeno industrial y uno artístico; el director, el narrador y el escritor, tienen que encargarse de los dos aspectos del cine.

-¿El cine debe salir del TLCAN?

-Hay que sacar las industrias culturales del tratado. Hay que defenderlas. Hay que protegerlas. Punto. No puede estar a discusión, cierto, pero es la solución, eso y otras dos cosas: una -lamentablemente o no-, en un esquema capitalista, aún protegidas, son industrias que tienen que ser rentables. Hace poco alguien me hablaba de una película mexicana que le había parecido horrorosa y que le asustaba, pero que había recaudado no sé cuántos millones de dólares. Y le dije, desde ese momento ya no te debe asustar, aunque fuera la película ideológicamente más aterradora y sea la más popular, esos son datos demográficos. El dato industrial es importantísimo.

La segunda cosa que se necesita, explicó Del Toro, es "algo más intangible que hay que capturar: la voluntad y la imaginación de las partes que están metidas en el proceso cinematográfico, incluidos exhibidores, distribuidores, etcétera, cosa que es bien difícil, pero se puede dar y se ha dado, porque cuando el cine te regresa una imagen de tu país que te hace sentir con fuerza, captura esa imaginación y esa voluntad.

"Si he de ser pendejo por ser optimista o por ser escéptico, prefiero serlo por optimista, porque si no... Hay un punto en que el esclavo, si le agarra cariño a las cadenas, y no cree que algún día les va a partir la madre y las va a romper, se queda esclavo toda su pinche vida. No me parece que sea momento para decir no se va a poder hacer nada. Y si se va a poder hacer, va a ser con la más estricta individualidad o con la más estricta colectividad. Ningún punto medio."

 
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