Usted está aquí: Inicio Sociedad y Justicia Eje Central

Eje Central

Cristina Pacheco

Al borde

Leobardo y su madre ocupan un departamento en el tercer piso de un viejo edificio. Fue arruinándose a medida que los inquilinos transformaron sus viviendas en bodegas y talleres a los que acuden proveedores y clientes, en su mayoría relojeros, técnicos dentales y fotógrafos.

En el edificio semiderruido de enfrente, el único inquilino es Jaime Alcántara. Desde que su esposa lo abandonó, convirtió su vivienda en taller. Lo frecuentan aparadoristas que le llevan a reparar sus maniquíes, casi todos figuras femeninas. Desnudas, impersonales, mirando al infinito con la misma expresión ausente, esperan el momento de volver al escaparate.

Por las tardes Leobardo abandona sus tareas y se asoma por la ventana para mirar los maniquíes. Sus labios entreabiertos, sus talles estrechos y sus senos erguidos le provocan pensamientos que lo aturden y culminan en sensaciones extrañas y liberadoras. No comparte esas experiencias con nadie, ni siquiera con sus compañeros de escuela mientras hojean las revistas para adultos que Mingo extrae del puesto de periódicos atendido por sus abuelos.

A Leobardo le gustaría que Frisia, su madre, le sonriera como lo hacen esas figuras pulidas y frágiles que por momentos lo hacen olvidar su indefensión de niño, su soledad de hijo único de una mujer que le repite siempre lo mismo: "Soy padre y madre a la vez. Tengo que chingarme trabajando porque si no, ¿quién me va a dar el dinero para que tragues? En vez de agradecérmelo, te pones a reclamarme porque me voy y te dejo. ¿Crees que me largo por gusto? Sábete que si por mí fuera de aquí sólo saldría rumbo al panteón. Y ya no falta mucho. Con la vida que llevo..."

Cuando la oye hablar así, Leobardo se duele de que ella no procure imaginar lo que significaría para él perderla y quedarse solo en el mundo. Es enorme el mundo. Lo ha visto en el libro de geografía iluminado de verde y azul, surcado de flechas que indican mareas y corrientes que van en direcciones inalcanzables para él.

La imposibilidad de comunicarle a su madre esos pensamientos lo aprisiona en un círculo del que no puede escapar y donde sólo hay oscuridad. La angustia de Leobardo aumenta cuando Frisia le reclama su hosquedad o ejerce sus derechos de madre dándole órdenes: "Deja de verme como si fuera el diablo". "Cómete eso". "Ve a la tienda". "Saca la basura". "Entrégame el cambio". "Haz tu tarea". "¡Cállate!"

De todas las exigencias hay una que el niño detesta en particular: "¡Retírate de la ventana!" Mientras obedece forzado por el temor, lanza una última mirada a los maniquíes. Lo tranquiliza comprobar que continúan en el mismo sitio donde los ha visto desde hace mucho tiempo. Sus labios entreabiertos y su mirada puesta en el vacío son para el niño una promesa y un misterio que justifican su vida.

II

Leobardo nació en ese departamento del que tiene prohibido salir, a menos que vaya a la escuela o a la tienda por encargo de su madre. A sus nueve años nunca ha vivido en otra parte. Sabe cuántas capas de pintura hay bajo el rojo bermellón que desde diciembre cubre las paredes del único cuarto; conoce cada duela, cada grieta, cada resquicio. Sabe dónde hay humedad, cuáles son los caminos de las chinches y en qué recoveco anidan las arañas. Quemar a esos insectos con cerillos y ver en la tele series de acción lo hacen sentirse fuerte y vengador. Pero sólo es dichoso mirando desde la ventana los maniquíes.

En esas figuras lo único distinto es el tono de la peluca. La diferencia le permite a Leobardo identificarlas y nombrarlas: "Güera", "Negra", "Roja", "Morada", "Verde". Cuando alguno de esos maniquíes sale del taller sobre los hombros de un aparadorista Leobardo siente aumentar su abandono y el tamaño del mundo. No puede reprimir esa sensación y para compensarse toma la caja de cerillos y ejerce su venganza contra los insectos: huelen mal, se arriscan, pero jamás se salvan de las llamas.

Frisia reprueba esas acciones y se las tiene prohibidas: "¡Idiota! ¿Qué tal si provocas un incendio? Imagínate lo que sería perder nuestra tele, la ropa, los trastos, la litera". Cada vez que escucha la advertencia, Leobardo anhela que su madre agregue algo que necesita oír para sentirse vivo: "Sería horrible que en el incendio te quemaras". Pero Frisia ni siquiera menciona la posibilidad de esa tragedia; sólo tiembla de rabia y proclama su arrepentimiento por haberlo traído al mundo, por haberse echado al cuello la soga de una inmensa responsabilidad: "Ser padre y madre a la vez, mantenerte hasta quién sabe cuándo, porque no creo que vayas a servir para nada".

Frisia nunca se arrepiente de sus palabras ni Leobardo de su silencio. Encerrados en esa habitación que es todo el espacio reservado para ellos en el mundo, dan vueltas en círculo y ahondan su incomunicación a cada paso: "No cuento para nada contigo". "No quiero que te vayas". "No me vengas con que estabas llorando porque me tardé". "No me comprendes". "¿No te parece que ya estás grandecito para andar con esas ridiculeces?"

Preguntas y respuestas van y vienen como flechas que cruzan el aire. No hay protección contra sus puntas que siempre dan en el blanco: el corazón de un niño que se siente perdido en el mundo y el alma de una mujer que no sabe expresarle su amor. Cuando el duelo termina, Frisia y Leobardo quedan exhaustos, tan indemnes como los maniquíes que esperan el momento de su reparación.

III

"Desde el tercer piso cualquiera se mata. Ahora imagínese que este muchacho se subió hasta la azotea que está mucho más alto y se paró en la mera orilla del pretil. Se lo digo para que tome cartas en el asunto. No quiero que Leobardo vaya a sufrir un accidente y luego usted me reclame por no haberle dicho las cosas... Sí, comprendo que no puede cuidarlo todo el tiempo porque necesita irse a su trabajo y, precisamente por eso, le recomiendo que le busque al chamaco un internado o una correccional donde lo tengan bajo vigilancia."

Frisia agradeció la información y el consejo que le dio su vecina para evitarle riesgos a Leobardo. Cuando se encontró a solas con su hijo, no se detuvo a preguntarle qué hacía a las diez de la noche en la azotea, pero le advirtió: "Si no dejas de andar haciendo tus locuras, ¡por Dios que te interno! Y conste que estoy hablando en serio; es más, si quiero, mañana mismo te saco de aquí: la hermana de uno de mis clientes es cocinera en un hospicio atendido por monjitas. Tú dices: ¿te compones o le pido que me ayude a que te acepten allí?"

Como siempre, a Leobardo le hubiera gustado oír otra cosa: "Será terrible para mí regresar del trabajo y no encontrarte, pero si es para tu seguridad, te llevaré con las monjitas". Esas pocas palabras bastarían para que Leobardo dejara de pensar que a su madre él sólo le representa una carga que deberá soportar "hasta quién sabe cuándo porque no creo que vayas a servir para nada".

"Hasta quién sabe cuándo", musita Leobardo mientras se dirige a la ventana. La opresión disminuye en cuanto ve a los maniquíes iluminados por los reflejos de un anuncio multicolor que gira como un rehilete. El cambio de tonalidades le provoca la ilusión de que las figuras se mueven en todas direcciones, como las flechas que en el mapa señalan corrientes y mareas tan cálidas como esa que lo inunda y lo hace arder.

IV

El reloj marca las diez de la noche. Al oír un estruendo en la calle Leobardo abandona la persecución de los insectos. Se acerca a la ventana y desde allí ve a un desconocido ante el que Jaime manotea. Adivina el motivo de su enojo en cuanto repara en la confusión de mesas, tambos, moldes, bancos, rollos de papel dispersos por la banqueta. Leobardo siente un golpe en el pecho cuando ve salir del edificio a un cargador con un maniquí sobre los hombros y arrojarlo en el camión de redilas donde yace el resto de las figuras. En montón, desnudas, parecen prisioneras que llevan al campo de exterminio.

El niño se apoya contra el vidrio de su ventana. Desde allí puede ver al desconocido que oprime los botones de su celular mientras Jaime aborda el camión y lo pone en marcha. Con la esperanza de alcanzarlo Leobardo baja corriendo las escaleras. Cuando abre la puerta sólo ve los faros del vehículo que se aleja. Azorado levanta los hombros para convencerse de que no le importa saber adónde se llevaron sus maniquíes.

Leobardo siente un mareo y se recarga en un poste para mirar el edificio abandonado. Los reflejos del anuncio multicolor que caen sobre los muebles y los objetos dispersos le recuerdan las pelucas brillantes de los maniquíes. "Es muy tarde, niño, ¿qué haces allí?", le grita un policía desde una patrulla. Sin responder, da media vuelta y entra en el edificio.

Despacio, zigzagueando, sube uno, dos, tres, cuatro, cinco pisos. No cambia el ritmo ni se detiene cuando oye la voz de su vecina: "Se lo diré a tu madre para que ahora sí te mande al internado. ¿Oíste? ¡Espérate! ¿No te das cuenta de que puedes matarte? Allá arriba está muy oscuro. Te vas a caer".

Leobardo sonríe. La sonrisa es su último gesto.

 
Compartir la nota:

Puede compartir la nota con otros lectores usando los servicios de del.icio.us, Fresqui y menéame, o puede conocer si existe algún blog que esté haciendo referencia a la misma a través de Technorati.