Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 25 de marzo de 2007 Num: 629

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Murakami: literatura
en espiral

PAOLA DADA

La doble espiral:
Kafka en la orilla

La tierra libre de
Palés Matos

MERCEDES LÓPEZ-BARALT

Tres poemas
LUIS PALÉS MATOS

El cosmos de José Martí
ALBERTO ORTIZ SANDI

La antilógica del sistema
XIMENA BUSTAMANTE
entrevista con las GUERILLA GIRLS

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Señales en el camino
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Las Rayas de la Cebra
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Alberto Ortiz Sandi

El cosmos de José Martí

Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche.
¿O son una las dos?
José Martí

La literatura tiene siempre su génesis en dos mundos opuestos y complementarios: el infinito espacio interno del artista y la realidad tornadiza de la historia. José Ortega y Gasset –sin pretenderlo, tal vez– describió el hecho de crear cuando dijo: "Yo soy yo y mis circunstancias"; aduciendo que el yo (el carácter del poeta) que deja su impronta (el soy: la obra del poeta) en la existencia se compone de otro yo (profundamente desconocido pero con emersiones constantes a la realidad), y de una serie concatenada, misteriosa y no siempre evidente, de eventos que el filósofo llamó circunstancias.

José Martí es un claro ejemplo de la veracidad de este axioma, toda su vida (su obra) fue una constante tensión entre los profundos abismos de su individualidad y el ensortijado universo de su sociedad. El equilibrio apropiado de esta "tensión" (equilibrio en permanente tendencia hacia el desequilibro) es el agente que transmuta un hombre cualquiera en un prodigio, en un creador, en el hacedor de una obra, en el yo –siguiendo de nuevo a Ortega y Gasset en otra lectura análoga de su axioma– que se adueña (el verbo ser, soy, implica posesión, definición de un fenómeno dentro de una esencia) de su yo y de sus circunstancias.

SU VIDA EN MÁS QUE BREVE: SU "YO SOY"

José Julián Martí y Pérez nace a mediados del siglo xix en una Cuba que debió parecer, a sus ojos de niño, alucinante. La Isla era ya para ese entonces un entorno con una cultura enriquecida y particular. Es de aseverar que esa cosmovisión –esa cubanidad– impactara reciamente la infancia de aquella sensible personalidad. Ese impacto marcará de por vida al hombre que sería José Martí, dotándolo de un modo de identificación indeleble para con los valores y las formas de su patria. Cuba se adentró en el alma de su hijo y allí se perpetuó, aun y cuando fueran más los años que Martí viviera fuera de su tierra que los que viviera dentro de ella.

José Martí era hijo de españoles; era español, era criollo, era negro, era indio, era cubano, era latinoamericano… fue un ser universal. Desde su más tierna edad mostró un talento inusual para las letras y un inconformismo radical para con las condiciones sociales de su país. A los dieciséis años, en uno de sus primeros poemas, dice: "No es un sueño, es verdad: grito de guerra/ Lanza el cubano pueblo enfurecido;/ El pueblo que tres siglos ha sufrido/ Cuanto de negro la opresión encierra."

Por vez primera, en este sencillo soneto, aparece en la configuración de Martí su inquebrantable bifurcación existencial: el pueblo (lo social) y la negra opresión (la angustia íntima del poeta). No había pasado un año cuando esta doble condición se acrecienta: Martí se enfrenta a una horrorosa prueba de fuego que pudo destruirlo: el presidio político, que le deja huellas físicas y emocionales de su vida: "Yo no soy aquí más que un grito que no se rompe entre otros mil que no se han roto tampoco. Yo no soy aquí más que una gota de sangre caliente en un montón de sangre coagulada." Sin embargo, y contra todo pronóstico, pues Martí no era hombre de gran fortaleza física, el fuego fragua la dupla condición de su ser y lo amalgama hasta formar una aleación dura y maleable, resistente pero ligera. José Julián Martí y Pérez deviene en José Martí, apóstol de la revolución y del pensamiento revolucionario de América Latina, y precursor de un movimiento literario de profundas raíces latinoamericanas. Al salir del presidio ya el joven cubano de padres españoles tiene un nombre; ahora falta que sobrevenga el tiempo para que lo fructifique.

Hecho ya un hombre completo a los dieciocho años, Martí abandona Cuba y parte a la patria de sus padres; también su patria. Llega a España y estudia. Cumple veinte años y, sin haber dejado de ocuparse de su Isla por un solo día, el otro espacio de su ser se abre plenamente ante sí, y ante el mundo. José Martí conoce el amor de una mujer y, tanto ahora como en el siglo XIX o en el XV, o en la prehistoria, no han tenido los poetas mejor pretexto para destilar su poesía que los rumores de una presencia femenina. Martí se engancha al olor de la falda de "una virgen púdica: ¡Bendito amor! –No hay ya para aquel hombre de la faz huesosa ni instantes de agonía, ni horas de ira, ni rudo dolor. –Ve el cielo siempre azul, la noche clara, las almas siempre nobles y serenas, su alma misma iluminada por la paz".

Habiéndose formado en humanidades y en leyes, Martí deja España y retorna a su América. Vivirá un tiempo en México. Deja México tras el advenimiento de Porfirio Díaz y se traslada a Guatemala donde trabajará como profesor universitario. En Guatemala padecerá un percance sumamente complejo y delicado con una joven que se enamora de su presencia, y por quien él siente una extraña atracción, estando ya comprometido en matrimonio con la señorita Carmen Zayas. Algunos años adelante escribe un poema que se volverá famoso, un poema dedicado a María García Granados, que durante generaciones han recitado los niños de América Latina desde los primeros grados de la escuela primaria: "Quiero, a la sombra de un ala, /Contar este cuento en flor:/ La niña de Guatemala,/ La que se murió de amor…"


Ilustraciones de Sergio Bordón

De Guatemala parte por encontrar hostilidad en los ambientes oficiales y se dirige a Cuba. Algo debió haber influido en su partida la desgraciada muerte de la joven García Granados. En Cuba se entrega a labores conspirativas y ve el nacimiento de su único hijo, José Francisco. De Cuba es deportado a España por sus actividades de insurrección. De España pasa a Francia y de allí a Nueva York, ciudad que lo acogerá por el resto de su vida. En Nueva York desarrollará la parte más importante de su obra, tanto política como literaria. Extrañamente, es dentro de lo que él llama las "entrañas del monstruo" donde crece su mente, se clarifica su misión y donde nutre su pensamiento de las más variadas fuentes del conocimiento universal. De Nueva York saldría muchas veces para diversos destinos, sobre todo en trabajos políticos, pero, a excepción de una breve estadía en Venezuela, no dejará de residir ni de ganarse allí la vida. De Nueva York sale definitivamente cuando parte hacia Cuba para hacer la "guerra necesaria". Martí muere en combate cuando sólo contaba con cuarenta y cuatro años; muere como hombre bueno, de cara al sol.

SU MICROCOSMOS: SU "YO"

El microcosmos de un poeta es su espacio íntimo, aunque no necesariamente privado. Sin embargo, por muy pública que sea esta dimensión, siempre será incognoscible, a lo sumo puede ser imaginable, conjeturable. El yo es un ámbito infinito, generador de todas las fuerzas y de todas las posibilidades: propiciador de la creación. En la obra del poeta se expresa como una tendencia. De hecho, sólo conocemos de este yo su cara externa: sus propensiones, sus manifestaciones, su simbolismo decodificado. Cada poeta arroja al mundo una peculiar sensación, cierto matiz que colorea indeleble e irremediablemente la obra particular. Un escritor se reconoce por su dejo más que por su estilo o por su temática. Sin embargo, la sonoridad es sólo la faz visible de lo invisible, lo audible del silencio.

La soledad (esa soledad innombrable) más metafísica que física, es el común acento de la literatura martiana. La obra de Martí está atravesada por una sensación de desconsuelo y por un poderoso tono de nostalgia. Incluso sus temas más tendientes a una visión amorosa de la existencia están impregnados de cierta añoranza por algo que no se llega a vislumbrar en su totalidad: "Tengo sed, –mas de un vino que en la tierra no se sabe beber!" Esta sed permanece toda su vida y es la que finalmente lo lleva a su muerte en una suerte de inmolación. Unos versos aparentemente infantiles y candorosos son ejemplo del sinsentido pleno de sentido que atraviesa su literatura: "Yo tengo una niña enferma/ Que llora en el cuarto oscuro/ Y la traigo al aire puro/ A ver el sol y a que duerma." La misma destemplanza se percibe en todos sus Versos Sencillos: "Duermo en mi cama de roca/ Mi sueño dulce y profundo:/ Roza una abeja mi boca/ Y crece en mi cuerpo el mundo."

Pero esta luz puede tomar muchos matices e incrustarse en multiplicidad de objetos. Cada objeto es una razón para cantar un canto con el mismo color diferenciado. Es así la mujer, que se constituye en otro ente de deseo en la literatura martiana. La mujer fue para Martí un espacio de obsesión, un sitio donde resguardarse. Pero no sólo la mujer como promesa de recompensa sexual, sino la mujer en toda su intensidad y plenitud: su madre, sus hermanas, también María Mantilla, a quien conoce desde que era niña y a quien ve crecer hasta convertirse en una señorita. Si bien no se puede aseverar que sintiera una atracción plena, sí es dable asegurar que sufrió por ella una efusiva ternura, no exenta de sensualidad a pesar de la innata tristeza: "Tu carita de angustia está todavía delante de mí, y el dolor de tu último beso." También: "¿Ves el cerezo grande, el que da sombra a la casa de las gallinas? Pues ese soy yo, con tantos ojos como tiene hojas él, y con tantos brazos para abrazarte, como él tiene ramas. Y todo lo que hagas, y lo que pienses, lo veré yo, como lo ve el cerezo."

La mujer, la sed de eternidad, la nostalgia, la espiritualidad que no encuentra sosiego, hacen que germinen los poemas de José Martí. Pero hay un elemento de apoyo en donde mejor se puede percibir la temperatura del color de su literatura; una razón que resume toda la angustia desolada que Martí se infringía: su hijo, su José Francisco, su Ismaelillo. El matrimonio con Carmen Zayas fracasó por muchas razones, quizás la más evidente fue que ambos tenían visiones diametralmente opuestas del sentido de la existencia. Martí tenía corazón de mártir y Carmen de aristócrata. El fracaso en la relación llevó a una separación permanente entre el poeta y su retoño: "Hijo: Esta noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando deberías estar a mi lado." Unos años antes de que escribiera esta corta frase, en un pequeño libro, Martí había hecho patente no sólo la gran significación que tenía para él su hijo, sino una manera nueva de expresarse en las letras castellanas.

El modernismo daba sus primeros pasos con formas alegres, libres y sonoras, y Martí se ahogaba en un aullido de espanto: "Hijo: Espantado de todo, me refugio en ti." Quizás sea este uno de los mayores gritos de angustia y de soledad que diera el poeta. Realmente el pequeño verso refleja y sintetiza la visión que el bardo tenía de sí mismo y del mundo que lo rodeaba. Martí era, como pareciera ser todo gran hombre, un pequeño niño atemorizado que buscaba refugio en la inocencia. La pureza era para él un sitio natural de habitación: "Mi verso es un ciervo herido/ Que busca en el monte amparo." Ismaelillo deja ver a un Martí tal cual era, sin su ropaje revolucionario, sin sus afectaciones de poeta a pesar de la poesía, sin la conciencia histórica que tenía de sí mismo: "Yo sueño con los ojos/ Abiertos, y de día/ Y noche siempre sueño…/ Un niño que me llama/ Flotando siempre veo!"

SU MACROCOSMOS: SUS CIRCUNSTANCIAS

Si el microcosmos es el espacio íntimo del poeta, el macrocosmos es su mundo público. Público en el sentido de que se extiende de su ser hacia los otros seres que conforman un determinado ámbito social, que en el caso de José Martí fue el de América Latina. Las circunstancias no están allí, afuera, concretas y diáfanas, esperando ser desanudadas por el héroe elegido; las circunstancias pernoctan en la oscuridad de la historia y es responsabilidad del clarividente echar luz sobre ellas para que puedan ser visibles para el resto de los mortales que tienen, por lo general, los ojos dormidos. Martí echó su vista luminosa sobre las brumas gelatinosas de su tiempo; vio a través de la espesura lo que había que acometer y emprendió la "tarea más útil, elevada y difícil [que] se ofrecía a sus ojos," pues "en verdad, no vale la pena consagrar las fuerzas a algo menos grave de lo que se es capaz de soportar," porque "tener algo no es más que el deber de emplearlo al límite de sus posibilidades".

Dicho con otras palabras, Martí fue un revolucionario en plenitud de condiciones, fue un escritor increíblemente dotado que se dedicó a preparar una guerra y a diseñar un sistema político que pretendía el increíble propósito de detener el creciente imperialismo estadunidense de finales del siglo XIX: "Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimos para realizarlo– de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso"; pero, además, su derrotero no acababa en ser un baluarte contra el imperialismo; él fue mucho más allá: Martí llegó a ofrecer una visión sintética de América Latina: "Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre, y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norte-América y la montera de España." Esta visión está conformada por una perspectiva histórica, por un análisis de su realidad inmediata, pero sobre todo, por una prospectiva social de incalculable valor y de extraordinario alcance.

Esta prospectiva se encuentra lejos de ser inútil en estos comienzos de siglo xxi; todo lo contrario, continúa siendo un paradigma hacia el cual tender. América Latina, a través de su historia, ha pasado variados momentos de revolución y contrarrevolución en sus instancias políticas. Todos estos movimientos –aunque a veces cueste entenderlo y más aceptarlo– han aportado algo a la evolución de estas sociedades, incluso los terribles, temibles y sanguinarios Regímenes de Seguridad Nacional de la década de los setenta del siglo XX, han hecho madurar los sistemas democráticos de la región, más –por supuesto– por traumas que no se quisieran repetir que por la ínfima calidad de las maneras en que ejercieron el poder. Sin embargo, todavía las sociedades de nuestra América no han logrado conformar mecanismos de alta política; mecanismos que desarrollen plenamente las potencialidades de esta geografía y de las mujeres y varones que en ella habitamos. El desarrollo de estas potencialidades pasa necesariamente por el surgimiento de un ser humano de cualidades radicalmente diferenciadas; estas cualidades –según Martí– son las inherentes a un "hombre natural": una persona surgida de la exuberancia de estos territorios y de la complejidad y multiplicidad de las culturas que los pueblan: "Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico."

El "hombre natural" no es un nacionalista vulgar, limitado por la sobreestimación de su propio contexto, por la pretendida supremacía de sus valores, sino un ser auténtico, único, poseedor de un sano orgullo de sí mismo: "¿Ni en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América?" O sea, el "hombre natural" de Martí es el humano universal: el individuo absolutamente convencido de su humanidad, pues sólo el que se acepta a sí mismo en su absoluta realidad entiende que todas las realidades convergen en un único torrente de vida y muerte. Si algún día la raza humana trasciende su condición de carroñera de sí misma, y se ve surgir como una entidad conjuntada, será porque todos y cada uno de los que la componemos sabremos aceptar que nuestra propia existencia empieza en la existencia de los otros.

Quizás Martí intuyó –tal como lo hizo José Vasconcelos– una hipótesis que no por utópica o, si se quiere, descabellada, deja de ser plausible: que de la pluralidad de habitantes de América Latina ha de surgir la Raza Cósmica, la raza que salvará a los humanos del miedo a sí mismos. La Universópolis es un arquetipo que persiste con una poderosa intensidad, no sólo en el contexto de estas repúblicas dolorosas, sino en todo el orbe, como un signo de esperanza y supervivencia de este ente mitad demonio mitad ángel, que algún enterado ha llamado homo sapiens sapiens. En Martí, en Vasconcelos, en Ernesto Che Guevara, en muchísimos otros y otras de estas lindes, conocidos y desconocidos, pudieran estar las semillas de otro y verdadero mundo posible. Y la posibilidad de "otro mundo" es la más necesaria y urgente meta que pueda plantearse lo más adelantado de la especie en estos comienzos del tercer milenio de la era del Cristo.