Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 1 de abril de 2007 Num: 630

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

John Berger
en tres tiempos

LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

Denominación de origen
FRANCISCO HERNÁNDEZ TALLEDOS

El Mercosur y la tierra purpúrea
GABRIEL COCIMANO

Un sobreviviente del éxito
ARTURO GARCÍA HERNÁNDEZ
entrevista con SENEL PAZ

El Gran Telescopio Milimétrico
NORMA ÁVILA JIMÉNEZ

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGUELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Del servilismo culpable

Jorge Alberto Gudiño Hernández

Liudmila Ulítskaya,
Sinceramente suyo, Shúrik,
Anagrama,
Barcelona, 2006.

Shúrik es un sujeto extraño. Nacido en el seno de una familia sin referentes masculinos, en su adolescencia ya se muestra como una suerte de Casanova. Sin embargo, todas las relaciones sexuales que logra establecer a lo largo de su vida tienen un cariz particular. Para él, las mujeres requieren de sus favores a la hora del acto amatorio. Las complace sin compromiso de por medio, ni pasión; cuando mucho, algunos arrebatos placenteros que apenas lo hacen terminar para estar de nuevo corriendo hacia su siguiente ocupación…

Porque Shúrik es un hombre ocupado. Tras la muerte de su abuela, la responsable de su educación dada la incapacidad de su madre para las cosas prácticas, él se tiene que hacer responsable de la familia con sólo dos miembros fijos más el recuerdo de la ausente. De buenas a primeras, se convierte en la figura masculina de la que todos sacan provecho. Ya sea en las necesidades mundanas de su madre, ya en los favores sexuales de una andanada de amigas que ven en él un refugio para su soledad. Es un servilismo que le acarreará culpas. Abrumado por las responsabilidades, Shúrik no es capaz de darse abasto y, cada tanto, queda mal con alguien. Para su infortunio, es en esas ocasiones en que alguna desgracia opaca la vida de quien requirió de su presencia y no la obtuvo. Esto generará una culpa que no le dejará descansar. Porque su vida se ha vuelto una constante lucha por satisfacer a los otros. En pocas palabras, un personaje ejemplar a la vista de todos, el lector incluido. Será hacia el final que este epíteto se venga abajo, cuando una vieja amiga regrese del exilio para descubrir que Shúrik se ha convertido en un remedo de persona, decadente y sin profundidad.

Ulítskaya (Rusia, 1943) no sólo se da el lujo de abordar a un personaje como no suele encontrarse en la literatura. También hace un recorrido a lo largo de tres generaciones a través de la forma en que se ha vivido en los últimos años en una Rusia que nos queda distante. Ya no son los grandes maestros de las letras rusas el único referente a nuestro alcance. Ahora la vida se ve desde otra óptica. La del día a día siendo vivido por la transición entre las formas de ver el mundo en ese inmenso país. La autora hecha mano de todos sus recursos narrativos de forma tal que, pronto, el lector se encuentra inmerso en una rutina de la que es necesario escapar. No podrá hacerlo, al menos no de la mano de Shúrik.

Sinceramente suyo, Shúrik es una obra que abre cauces, que desmitifica la vida en un país que ha llegado a resultar mítico. El texto es bueno; las reflexiones y la habilidad para crear una atmósfera, notables. A la larga, el lector se queda con el discurso, con la pregunta que se gesta conforme avanzan las cuartillas: ¿Cómo es posible que, teniéndolo todo, un personaje sea capaz de no valorarlo y, más aún, padecerlo? No habrá respuestas sencillas. Sin embargo, éstas irán saliendo a flote conforme se prosiga en la lectura.


Un perro del infierno

Miguel Barberena

Rosa Beltrán,
Alta infidelidad,
Alfaguara,
México, 2006.

Rosa Beltrán abre con un disparo su nueva novela, Alta in fidelidad: “Se enamoró.” Dos palabras que en el mundo de Beltrán anuncian una calamidad. No puede ser de otra manera para las mujeres de estas páginas. Al enamoramiento si guen invariablemente la trai ción, los celos, el desencanto… Amores que matan, se tituló un anterior libro de relatos de esta escritora. “El amor es un pe rro del infierno”, la conocida frase de Charles Bukowski, sirve de tema para Alta infidelidad. Entre el deseo y la mala suerte, las mujeres de esta novela, modernas, educadas, autosufi cientes, caen en la trampa de hombres mediocres, apáticos, “depresivos y molestos, como la lluvia”. Y altamente infieles.

Marcela, por ejemplo, personaje central de la novela. Ella se enamoró –de qué forma… y de qué tipo. Se llama Julián, quince años mayor que ella, un ho mbre en la crisis de los cincuenta, “con mal tono mus cular y bolsas debajo de los ojos”. Divorciado, profesor de filosofía, es un poseur intelectual que “sabe venderse”, y utiliza esta cualidad para hacerla de Don Juan. Es un infiel sistemático que cuando lo conocemos está enredado con tres “amigas” –así las llama él: Marcela, una escritora feminista que prepara un ensayo sobre mujeres ilustres para su revista de “estudios de género”, Silvina, alta funcionaria cultural de Relaciones Exteriores apostada en Nueva York, y Sabine, la joven anestesióloga alemana que, cual Valkiria, desatará la furia vengadora.

Rosa Beltrán ha puesto de sí en el retrato de estas mujeres representativas de la emancipación y “el empoderamiento”. Pertenecen a la segunda y tercera generación feminista, la que creció, como Marcela, con la madre repitiendo que “las mujeres no necesitamos de la aprobación masculina” y que “las mujeres de hoy ya ni piensan en los hombres”.

Las mujeres de hoy piensan en el éxito, en “tener sus tres guineas y su habitación propia”, pero cuando de amor se trata parecen seguir en las mismas, seducidas y engañadas, la corte de las ilusas.

Este es el meollo de esta novela: ¿cómo puede una mujer moderna compaginar el éxito profesional y una satisfactoria vida amorosa? ¿Se pueden ambas cosas?

Posiblemente, pero no con un hombre como Julián, vano, perezoso, incapaz de amor, “un niño mimado”, como bien lo define Marcela.

En Julián, Rosa Beltrán ha delineado perfectamente al macho mexicano clasemediero del siglo XXI, y si al lector masculino le parece odioso, será por identificación.

A favor de Julián digamos que es sincero en su infidelidad. Cuando sus “amigas” le piden compromiso, nuestro filósofo de pacotilla responde con un rollazo existencial de Heidegger sobre “el ser ahí”, el das Sein.

Luego está Silvina, la kinky, la sumisa que le orina encima a Julián y bebe su semen de una cuchara. Le consigue una conferencia de Filosofía gourmet en el Instituto Cultural de Nueva York, y lo aloja en un hotel de cinco estrellas, todo pagado. Ya se imagina una vida juntos en SoHo, pero Julián no sirve para príncipe con sorte, él es un macho alfa.

Víctimas del sexo, Marcela y Silvina llegan a extremos antifeministas con tal de retener a este hombre escurridizo… Marcela piensa en operarse los senos, se pone bus tiers y pantalones de lycra, toda una “vamp”. Silvina le manda flores, se humilla al grado de seguir adelante con su embarazo, a sabiendas de que Julián no querrá ver al niño.

Aparece entonces Sabine, neopunk recién llegada de Berlín, una criatura de sangre fría y veinticuatro años que pondrá a Julián en su lugar: lo hace sentirse caduco, le acaba sus ahorros, lo envenena con una progresiva sobredosis de Rohypnol y anfetaminas; es la convidada de piedra que enviará a Don Juan a los infiernos.

Julián termina en el hospital, rodeado de sus tres mujeres: una trinidad femenina unida por el engaño y los celos. Un macho víctima de una conspiración del segundo sexo, el varón domado, finalmente (pero que piensa ya en su próxima conquista). No cabe la menor duda de lo que es capaz de hacer una mujer celosa por venganza, escribe Rosa Beltrán hacia el final de esta novela sobre la eterna guerra de los sexos.


De la otra bruja blanca

Jorge Moch

Julián Herbert,
Cocaína (manual del usuario),
UdeG/Almuzara,
México, 2006.

Libros en español sobre trasiego y consumo de cocaína hay varios. Novelas sobre narcotráfico también. Pero buena narrativa exenta de moralina desde el punto de vista de quien consume no recuerdo muchos. Casi todo lo que topa uno por allí padece el síndrome de Pregúntale a Alicia, aquel supuesto testimonial gringo de los años setenta en que la culpa de todo la tienen las drogas y no el libre albedrío ni las ganas de largar. O novelitas de corte facilón, casi siempre sonrientes al glamour políticamente correcto en el hemisferio de las prohibiciones, escritas además en contextos absolutamente ajenos a la idiosincrasia de Hispanoamérica que es, por cierto, principal productora de caspa diabólica. Así que de novelas que salten convenciones y se atrevan a dejar hablar al chaneque que todos llevamos dentro y que los adictos llevan untado en la piel, casi nada. Excepto la que nos ocupa ahora y tal vez un par más, como Grillo, del español José Machado en Lengua de trapo, o la perturbadora Reina de América, de la barcelonesa universal Nuria Amat, en Seix-Barral.

Hay un autor mexicano de magnífica factura, deliciosamente iconoclasta que apuesta al riesgo, como debe ser cuando se narra la vida en el carril de alta. Se trata de Julián Herbert, escritor acapulqueño nacido en 1971. Herbert no es nuevo en la contracorriente del mundillo libresco; ha publicado poemarios como El nombre de esta casa (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1999), La resistencia, en Filodecaballos y Autorretrato a los 27 con el colectivo artístico Eloísa Cartonera, de Buenos Aires en 2003, año en que ganó el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen; luego publicaría la novela Un mundo infiel en Joaquín Mortiz y Kubla Khan en Era en 2005. En fin, ha caminado largo montado en sus libros.

Esa ambladura trasluce en su prosa. Prosa que se da el lujo de apuntar un mismo libro como ganador en más de un certamen literario. Allí su reciente libro de relatos, Cocaína (manual del usuario), libro con que ganó en 2006 el v Premio Nacional de Cuento José Arreola, coeditado en España por Almuzara.

Pero Cocaína (manual del usuario), si bien ganó un concurso de cuento, es un catálogo de textos difíciles de encasillar en un solo género. Se trata de cuento y no. De poesía y no, de crónica y tampoco y de todo junto en un híbrido inquietante. Se trata de textos de ésos que a veces se olvida uno que los está leyendo para percibirlos de pronto como susurro demonial, pulsación del plectro con nervadura de vidrio, con nerviosismo, con necesidad quebradiza de algo más, algo voraz, algo oscuro pero no exactamente vivo, algo tangente pero no del todo tangible porque retrata, crudo y fiel, los claroscuros a velocidad de estroboscopio que alegran y atribulan por partes iguales, en cortes perfectos, la vida de quien se ha casado con su blanca novia química sin querer ni poder divorciarse. Cocaína... permite a los que no lo han frecuentado asomar a ese mundo al que se le desmorona la nobleza apenas ataca la malilla, la impostergable necesidad de meterse un par de gordos gusanos de coca para alternar "una semana de cocaína con otra de ambición"; para hacer "como si el mundo nos valiera una chingada y de veras fuéramos felices", cuando se está tan apachurrado por ese mundo que de pronto un taxista se convierte en terapeuta de banqueta y diagnostica: "Usté se puede llamar como quiera, pero bájese ya. Usté no viene bien, joven."

Herbert ¿confiesa? ¿exorciza? ¿descubre? en sus textos, además con plausible ritmo, con exquisito rigorismo de crueldad descriptiva, un mundo que rige la existencia de sus protagonistas de acuerdo a sus propios dictados y aristas, y sobre todo al margen de quien ha sido atrapado en la cristalina red color de nube, la comezón que sólo se aplaca con más comezón, el ardor incomprendido todavía en estas sociedades nuestras del que pide implora ruega ordena impera exige suplica: "pásame el espejito para verme de cerca/ porque ya no distingo dónde está el bien/ dónde está el mal".


Detrás del hielo,
Marcos Ordóñez,
Bruguera,
España, 2006.

Panegírica como toda cuarta de forros que se respete, la de este libro quiere comparar la novena novela del español Ordóñez, también profesor y crítico teatral, con La insoportable levedad del ser e incluso con Jules et Jim (¡!). A despecho de tal exceso, hínquele el ojo.


Hacer teatro hoy,
Luis de Tavira,
Ediciones El milagro/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes,
México, 2006.

Merecedor del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2006, De Tavira es no sólo uno de los maestros de teatro fundamentales en la escena actual, sino también, como se verifica en este volumen, una de las voces más lúcidas y propositivas.


Breve panorama del arte actual en México,
Luz María Sepúlveda,
s/e, 2006.

Con esta recopilación de trabajos previamente publicados en revistas como Complot, Art Nexus y Playboy, entre otras, la autora brinda un espacio de reflexión en torno a buen número de creadores plásticos mexicanos y es, en palabras de Mayra Inzunza, "una promesa en la actual crítica de arte mexicano contemporáneo".


Imágenes para leer. Literatura joven universitaria 2006,
varios autores,
Universidad Autónoma de Nuevo León,
México, 2006.

De un total de cuarenta y siete trabajos en cuento y otros cuarenta y siete en poesía que recibió el concurso de literatura joven convocado por la UANL, este libro recoge los premiados y las menciones honoríficas.


Cuestiones hermenéuticas. De Nietzsche a Gadamer,
Paulina Rivero Weber (coordinadora),
Universidad Nacional Autónoma de México/Editorial Itaca,
México, 2006.

Hermenéutica, racionalidad, ontologización del lenguaje, alteridad, relaciones entre metáfora y metonimia, entre otros, son los temas abordados por los autores que compila y encabeza la doctora en filosofía Rivero Weber.


El tecnócrata/¿Vale la pena aprender alemán?,
Juan Federico Arriola Cantero,
Incipit Editores,
México, 2006.

La primera de estas obras de teatro se centra en los años entre 1982 y 2000 de la historia de México, cuando la tecnocracia se afincó en el poder, mientras la segunda habla de una Alemania previa a la caída del muro y la desaparición de la RDA.