Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 1 de abril de 2007 Num: 630

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

John Berger
en tres tiempos

LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

Denominación de origen
FRANCISCO HERNÁNDEZ TALLEDOS

El Mercosur y la tierra purpúrea
GABRIEL COCIMANO

Un sobreviviente del éxito
ARTURO GARCÍA HERNÁNDEZ
entrevista con SENEL PAZ

El Gran Telescopio Milimétrico
NORMA ÁVILA JIMÉNEZ

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Columnas:
Jornada de Poesía
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Naief Yehya
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Irak y su imposible guerra interétnica

En realidad me arrepiento de haber derrumbado la estatua.
Los americanos son peores que la dictadura.
Cada día es peor que el anterior.
Kadhim al-Jubouri, líder de la multitud que tiró la estatua
de Saddam en la plaza Firdous de Bagdad.
The Guardian, 19/III/2007.

ILUSIONES APLASTADAS

Los iraquíes habían sido asfi xiados por las sanciones estadunidenses y británicas durante trece años, por lo que una buena parte de la población tenía esperanzas de que con la caída del dictador las condiciones de su país mejorarían. Irak tiene la segunda reserva petrolera del mundo, por tanto era legítimo para los iraquíes imaginar que sin el lastre belicoso y corrupto de Hussein y su clan, un gobierno medianamente competente podría elevar el nivel de vida de la nación para competir con el de Arabia Saudita o Dubai. Sin embargo, como apunta Patrick Cockburn en su artículo, Operation Deepening Nightmare (counterpunch.com) muy pronto quedó claro que la liberación era una colonización en el sentido más tradicional. La disolución de las fuerzas armadas, la destrucción voluntaria o por pasividad de prácticamente toda la estructura e infraestructura gubernamental, señalaba un total desinterés en preservar a Irak como una nación viable.

COMIENZA EL FRATRICIDIO

Las expectativas iniciales de un nuevo Irak libre no tardaron en verse aplastadas, y con una velocidad fulminante aparecieron una variedad de grupos insurgentes que se oponían por las armas a las fuerzas de la ocupación. Pero también comenzó la violencia interétnica la cual adquirió una ferocidad aterradora. Al principio los ataques contra la población se concentraban en los aspirantes a policías o soldados, lo cual podía entenderse como una táctica para disuadir a cualquiera de cooperar con la ocupación. Pero súbitamente los blancos de los ataques comenzaron a ser gente común. Muchos de los devastadores ataques espectaculares en contra de autobuses, mercados, escuelas y diversas concentraciones callejeras de gente fueron adjudicados al grupo Al Qaeda en Mesopotamia, liderado entonces por Abu Musab al Zarqawi. Este grupo ha demostrado ser pequeño y marginal y de ninguna manera determinante.

FALSAS DIVISIONES

Es importante recordar que Irak no es un país con una historia de luchas étnicas o religiosas particularmente relevante. Los iraquíes nunca habían sido un pueblo que se identifi cara por su bagaje étnico o religioso (aunque el pueblo es profundamente devoto, en los censos no se preguntaba credo), como otros países de la región (incluyendo al progresista Líbano o a Israel). El gobierno de Saddam podía haber sido despótico, autoritario, corrupto, criminal e incompetente, pero era étnica y religiosamente diverso. Asimismo, el partido Baaz era laico (aunque echaban mano de manera oportunista de la fe) e incluía a miembros de todos los grupos del país. Hussein era sunita, pero en su gabinete había kurdos, como el vicepresidente Taha Yassin Ramadan, y cristianos, como el viceprimer ministro Tariq Aziz. Debería llamar la atención a quienes hoy hablan de la guerra interétnica iraquí como si fuera algo antiguo, que en la lista del Comité de Debaazifi cación se incluían 100 mil miembros del partido que no podrían ser empleados por el gobierno. 66 mil de ellos son shiítas. La mayoría de los enemigos del régimen eran miembros de grupos religiosos extremistas e intolerantes, como el partido Dawa, que ahora está en el poder.

LA RELIGIÓN COMO CUÑA

Para encontrar los verdaderos orígenes de la carnicería religiosa debemos considerar, como escribió Ghali Hassan, que el procónsul estadunidense que disolvió al ejército, la policía y el Estado, Paul Bremer, creó el Consejo de Gobierno Iraquí (CGI), un organismo de exiliados, colaboradores, traidores a la patria, terroristas, mercenarios, fundamentalistas y criminales comunes (como Ahmed Chalabi, quien cabe en varias de estas categorías) que venía cargando viejos resentimientos, compromisos cuestionables y pe ligrosos intereses. El CGI estaba dividido en líneas religiosas y étnicas, y sus miembros, cual señores feudales o capos del narco, contaban en muchos casos con sus propias milicias, como la Peshmerga kurda y el ejército Mahdi shiíta, las cuales inmediatamente comenzaron a negociar por las armas sus espacios de poder. A esto hay que añadir la imposición de una nueva constitución que, a diferencia de la anterior que era una de las más progresistas de la región, divide al país en étnias y religiones, además de relegar a la mujer a un papel secundario.