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Ahora no sostienen su dicho sobre la agresión a la anciana Ernestina Ascención

"Todo apunta hacia el Ejército", decían visitadores de la CNDH: líder indígena

Experta en delitos sexuales dictaminó "esfínter anal con desgarro reciente" y otras lesiones

BLANCHE PETRICH ENVIADA

Ampliar la imagen Francisco Inés, hijo de Ernestina Ascención, muestra la postura en que su madre fue encontrada el día que la atacaron. "Trataba de pararse, pero ya no podía" Foto: Marco Peláez

Tetlatzinga, Sierra Zongolica, Ver., 9 de abril. Entre los pinos, sobre la tierra cubierta de musgo, la ofrenda de flores silvestres que pusieron los hermanos Inés Ascención en el lugar donde cayó su madre ya se ha secado. Francisco, el menor de los varones, baja por la empinada ladera para señalar el lugar exacto, a unos 20 metros de un pequeño claro y a tiro de piedra del lugar donde levantaron sus lonas los soldados de la base de operaciones "García", del 63 Batallón de Infantería, 26 Zona Militar. Se coloca sobre las rodillas y las manos: "Así encontramos a mi mamacita; trataba de pararse, pero ya no podía".

A su lado, su hermana Marta muerde la punta del rebozo. Le han preguntado muchas veces si está segura de lo que dice. Ella afirma que cuando le preguntó a doña Ernestina qué le había pasado, por qué estaba en ese estado, la viejita le respondió: "Fueron los soldados, m'ija. Se me echaron encima. Mieque, mieque (muchos, muchos). Me amarraron mis pies. Me amarraron mis manos". Y se quejaba: "Duele".

El hermano mayor, Julio, traduce para Marta, que sólo habla náhuatl, lo que comentan en México personas poderosas -en la Presidencia, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), la Secretaría de la Defensa, el Instituto Nacional de las Mujeres-, quienes ponen en duda su palabra. Y la mirada de Marta se llena de azoro: "¿Por qué no me creen? ¿Por qué iba yo a echar mentira de lo que me dijo mi mamacita?"

Entones interviene Alfredo Ascención, su sobrino, nieto de una hermana de doña Ernestina. "Yo también lo oí. Marta me fue a buscar cuando encontró a mi tía. Francisco y yo venimos de volada, con la camioneta, y corrimos a ayudarla. Me dijo que la golpearon los soldados, que la amarraron. Sus manos y pies -se señala a la altura de los muslos- estaban moreteados. Tenía el rebozo amarrado en un modo raro, así como cruzado. Ella no lo usaba así. Y tenía el cuello moreteado. Le pregunté que con qué la habían golpeado, pero ya no me dijo nada". Era 25 de febrero, cerca de las cinco de la tarde.

Alfredo, a sus 21 años, no tiene el mismo aire de resignación y fatalidad de sus tías. Tiene coraje. "Yo pregunto: ¿por qué nos echan de mentirosos si decimos la pura verdad? No culpamos a todos los soldados, sólo a los que cometieron violencia contra mi tía. Y los que dicen que no es cierto, ellos no vieron, ellos no estaban aquí, a ellos no les da pena nuestro dolor".

Alfredo y otros dos parientes, Luis y José, tomaron a la anciana con cuidado de la cintura y los brazos, la subieron cargando por la ladera y la acomodaron en la batea de una pick up. Marta se acomodó a su lado. A los pocos metros pasaron frente al campamento militar que se había instalado en esos terrenos cinco días antes. Tres camiones castrenses estaban estacionados a la vera del camino. Los soldados los vieron pasar, pero nadie ofreció ayuda.

De hospital en hospital

Tetlatzinga es un caserío enclavado en una montaña de la sierra Zongolica, que alguna vez estuvo cubierta de pinos y encinos y hoy sólo luce algunos pequeños manchones de bosque. Desde la cabecera municipal, Soledad Atzompa, se hace no más de media hora de terracería, siempre en ascenso. Entre las casas humildes desentona un templo protestante y la ostentosa vivienda de su pastor. En los patios se almacenan los troncos, producto del recurso forestal que se explota sin planificación. Cada casa tiene un modesto taller de carpintería. Aquí se vive de la fabricación de muebles rústicos.

La pick up azul se detuvo frente a la clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social a la orilla del camino, pero como era domingo la encontraron cerrada. Unos metros más abajo vive la enfermera Luisa Hernández, quien al ver a la anciana inconsciente, sangrando, recomendó que mejor la llevaran al hospital.

Luisa y la doctora responsable de la unidad médica fueron interrogadas por dos visitadores de la CNDH durante sus primeras indagaciones. Cuenta René Huerta, de la Coordinadora Regional de Organizaciones Indígenas de la Sierra Zongolica (CROISZ), que preguntaron si la anciana era hipertensa. Las responsables de la clínica informaron que a veces reportaba enfermedades respiratorias y que en general era una mujer sana. Los investigadores nunca pidieron ver el expediente de Ernestina Ascención.

También, según el mismo dirigente, al concluir sus primeras indagaciones, los visitadores le confiaron: "Todo apunta hacia el Ejército". Ahora los funcionarios no sostienen su dicho.

A partir de la rebatiña entre las instancias de gobierno por la "causa de muerte" de la anciana, la fiscalía especial de la procuraduría veracruzana que investiga los hechos ha advertido a todos los testigos que "incurrirían en delito" si siguen diciendo lo que saben. Por eso, cuando se le pregunta a Luisa cómo vio a Ernestina cuando la camioneta se detuvo frente a su casa, baja la vista. Parece indecisa. Al final sólo dice: "No sé, no la revisé".

La camioneta, con la anciana agonizante, siguió descendiendo la sierra. Al pasar por Soledad Atzompa dieron aviso a las autoridades municipales. Se corrió la voz por las congregaciones vecinas: "¡Que violaron a la Ernestina!" Al volante, Francisco Inés continuó el camino hasta Acultzinapa. Ahí, en la unidad médica nuevamente les recomendaron llegar hasta un hospital de primer nivel. Así llegaron, siempre cuesta abajo, a Mendoza, a la clínica Angeles, donde los atendió un médico de apellido Gante.

Francisco, entretanto, corrió a la oficina de la CROISZ, donde se encontraba René Huerta. "Violaron a mi mamá -me dijo- y la gente se está juntando allá arriba para madrear a los soldados", relata Huerta, quien se movilizó de inmediato. Al llegar a la clínica privada, el médico le confesó: "Está muy mal la señora; yo no puedo hacer ya nada".

Entonces la llevaron al hospital regional de Río Frío. "Ernestina sólo recobraba el conocimiento por momentos; no podía estar acostada boca arriba, sólo de costado. Se quejaba quedito. Pidió agua. Le mojaron los labios", recuerda René.

Huerta es testigo de los rostros desencajados los integrantes del equipo médico que atendió a la señora, encabezado por el director del hospital, Hugo Zárate, y al que desde el primer momento se integró la ginecóloga especialista en delitos sexuales de la procuraduría veracruzana, María Catalina Rodríguez Rosas.

Esto fue lo que ella dictaminó: "Se observaron equimosis en orla himenial, equimosis en tercio inferior pared posterior de vagina, así como laceraciones en labios mayores en horas 3, 5, 7 y 11, desgarros antiguos en himen anular. Por cuanto hace al examen proctológico, se observaron pliegues radios del ano con excoriaciones dermoepidérmicas, esfínter anal con desgarro reciente con sangrado en capa y sangrado transabundante, probable perforación rectal, lesiones que ponen en peligro la vida, tardando en sanar más de quince días, requiriendo manejo urgente de cirugía general y/o coloproctología".

En esa primera auscultación se produjo uno de los nudos que hoy hacen tirante la confrontación de las dos hipótesis: una violación brutal por vía anal que produjo una lesión interna que le causó la muerte o "fallecimiento por enfermedad de pobreza", según la CNDH.

Aparentemente no se tomaron muestras seminales para determinar la identidad de presuntos violadores. Aunque de acuerdo con las versiones de los médicos y según consta en la propia acta de defunción, los desgarros internos fueron provocados por penetración de objeto contundente.

Ya entrada la noche, los médicos pidieron que la familia firmara una responsiva para poder operar a la paciente. Pero la anciana no resistió. En la madrugada sufrió un paro respiratorio.

 
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