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Carlos Martínez García

Los fariseos

Ayer y hoy son los mismos, los eternos jueces implacables de la vida de los demás. Imbuidos de lo que consideran una elección divina, los fariseos de todos los tiempos descalifican, lanzan invectivas contra los infieles, lapidan simbólicamente (aunque ganas no les faltan de hacerlo físicamente a los que señalan como pecadores), proclaman y vociferan una superioridad moral de la que carecen; su estrechez mental y de corazón los hace inmisericordes.

A raíz de la posible ampliación de causales por las que se permitiría el aborto en el Distrito Federal, los jerarcas de la Iglesia católica, organizaciones cercanas a ella, y representantes de algunas iglesias evangélicas (representatividad muy limitada por cierto, ya que esos personajes carecen de peso opinativo en el conjunto del evangelicalismo mexicano) han desatado una campaña de admoniciones y sentencias severas contra quienes se pronuncian por el derecho de las mujeres a decidir acerca del destino de lo que alojan en su vientre. Distintas voces han señalado que esa campaña tiene un sesgo farisaico. De entenderse lo que el término encierra, estaríamos ante una descripción llena de significados que es necesario desglosar. Es importante hacer esto porque en la sociedad mexicana, en general, se conoce poco un libro que habla prolijamente de los fariseos. Se trata del Nuevo Testamento.

En el mundo judío de inicios del primer siglo de nuestra era existieron diversas tendencias religiosas y grupos que las representaban. Entonces no se diferenciaba lo religioso de lo profano, todo estaba gobernado por las creencias llamadas espirituales, y que por lo tanto se reflejaban en las conductas públicas y privadas. Claro que existían disonancias, y hasta contradicciones, entre las ideas de fe y los actos manifiestos, pero esa brecha era mucho menor que en las sociedades de nuestros días. La fe lo impregnaba todo.

El de los fariseos fue uno de los grupos que trataba de controlar la interpretación de la Torá (ley), también conocida como Dabar (palabra), y las otras dos grandes secciones genéricamente llamadas los Profetas y Los Salmos (las tres partes conforman lo que en el mundo cristiano se conoce como Antiguo Testamento). Buscaban el monopolio hermenéutico, interpretativo, para dominar e imponer sus puntos de vista.

En los cuatro Evangelios aparecen los fariseos, casi siempre se les describe en forma crítica; son abundantes las ocasiones en que se les muestra negativamente. El legalismo de los fariseos era proverbial, en su estricto entendimiento de la ley veterotestamentaria los titubeos estaban ausentes. Había que aplicar a rajatabla los preceptos que sólo ellos podían interpretar correctamente. Deambulaban por Jerusalén con vestimentas ostentosas, ambicionaban los primeros lugares y eran implacables en la caza de los desobedientes. No les importaba el sufrimiento que sus tajantes juicios pudiesen representar para los más desprotegidos y marginados ("las viudas, los huérfanos y los extranjeros", según el lenguaje del Antiguo Testamento). Pero como buenos santurrones que eran, no se les daba muy bien eso de la congruencia. Por lo mismo Jesús les lanzó durísimas palabras al llamarlos hipócritas y sepulcros blanqueados.

En su orgullo bien adentrado, los fariseos hostigaron y trataron por múltiples vías de menguar la aceptación de Jesús en las capas de la sociedad judía que ellos más detestaban: las mujeres, los pobres y todos los que consideraban pecadores. Obstaculizaron, y en varias ocasiones sabotearon, la prédica del Evangelio libertario que Jesús enseñaba. Les causaba particular escozor el hecho de que éste enfatizara la responsabilidad personal frente a sus enseñanzas y subrayara el seguimiento voluntario a la ética por él proclamada. Los fariseos despreciaban a quienes eran extraños a su cerrado círculo, miraban a los otros hacia abajo y como sujetos destinados a obedecer ciegamente sus conclusiones hermenéuticas.

En el Evangelio de Lucas (capítulo 7, versículos 36-50) se narra que Simón El fariseo invitó a comer en su casa a Jesús. En su altanería, se escandaliza cuando "una mujer que tenía fama de pecadora" llorando unge con perfume los pies de Jesús. Lo que Simón esperaba era que la mujer fuese reprendida y descalificada por el invitado, pero lo que sucedió es que Jesús la exalta como ejemplo de fe. Más adelante, Lucas 11:37-53, otro fariseo también convida a entrar a su casa y a comer a Jesús, quien no considera necesario cumplir "con el rito de la lavarse antes", esto deja asombrado al fariseo y su reacción es ocasión para que Jesús exprese lo siguiente: "Resulta que ustedes los fariseos limpian el vaso y el plato por dentro y por fuera, pero por dentro están ustedes llenos de codicia y de maldad... ¡Ay de ustedes, fariseos!, que dan la décima parte de la menta, de la ruda y de toda clase de legumbres, pero descuidan la justicia y el amor de Dios. Debían haber practicado esto, sin dejar de hacer aquello. ¡Ay de ustedes, fariseos!, que se mueren por los primeros puestos en las sinagogas y los saludos en las plazas".

El fariseísmo es una tentación totalitaria que busca dominar las decisiones de una sociedad que es diversa y en cuyo seno existen distintas convicciones sobre temas controversiales. Los fariseos tienen derecho a sus creencias, pero no a imponerlas a quienes tienen otras formas de pensar.

 
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