Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 15 de abril de 2007 Num: 632

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Para verte en silencio
FEDERICO DE LA VEGA

El ángel y el pegaso
FRANCISCO JOSÉ CRUZ GONZÁLEZ

Me acuesto con mi ego, bien a solas
DANTE MEDINA

Fuego a la carta
JESÚS VICENTE GARCÍA

Miniserie Scherezada
JAIRO ISRAEL MORENO

El acompañante
GUSTAVO OGARRIO

Vivir en silencio
SIHARA NUÑO

Inmundo virtual
ROBERTO GARZA ITURBIDE

El atentado
SAÚL TOLEDO RAMOS

Mercedes Iturbe
FERNANDO GONZÁLEZ GORTÁZAR

Numb
JORGE MOCH

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR


Directorio
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jsemanal@jornada.com.mx

 

Mercedes Iturbe

Fernando González Gortázar

El 1 de abril del 2007, Domingo de Ramos, en la casa de Cuernavaca donde, desde su lecho de muerte y vestida de oaxaqueña, Mercedes Iturbe se negaba a dejar de ser hermosa, casi se oía el correr de las lágrimas. Y al mismo tiempo, todos escuchábamos cantar a Olga Guillot.

Creo que esa situación, que parecería anómala, compendiaba muy bien la batalla entre nuestro estado de ánimo y nuestra memoria de quien perdíamos. Por un lado, golpeaba la enormidad del hueco y la intensidad del dolor que nos dejaba; porque con Mercedes todo era enorme e intenso. Pasó por la vida como un volcán, contagiando con su fuego todo lo que tocaba. Ese fuego, esa vorágine que parecía arrastrar consigo, brotaba tanto en su vida pública y en su vida privada, como en su vida secreta y en su vida laboral. La historia de Mercedes repetía la canción: cuando se daba, se daba entera; y esa entereza, en su caso, era descomunal.

Su actividad como promotora cultural lo confirma: también allí se entregaba de corazón, de cerebro y de alma. Mercedes era una servidora pública en la más noble acepción del término, llena de energía, de audacia, de frescura y de fe, que asumía su labor con la seriedad y el profesionalismo más completos. Sus iniciativas, sus proyectos todos, eran ejemplo de lo bien planeado, de lo bien pensado, de lo bien cuidado, y de lo bien culminado. Y también eran ejemplo de una asombrosa capacidad de trabajo. Esa mujer legendariamente guapa y de personalidad arrolladora, estaba comprometida a fondo con su quehacer y con la cultura en la cual creía de veras. Su solidaridad con los creadores no tenía límite. La frivolidad no se colaba en su trabajo: allí imperaba el rigor, la inteligencia, y también la autocrítica: me consta. Era una mujer absolutamente dueña de su vida y de su quehacer, que jamás se plegó a estereotipo alguno y que resultaba incomodísima para los convencionales y para los hipócritamente bienpensantes.


Fotos: Marco PelŠez / archivo La Jornada

Mercedes nunca fue autocomplaciente; su vanidad quedaba para otros ámbitos. Asumía con auténtico duelo sus fracasos, sus yerros, y las puñaladas que ocasionalmente le asestaban por la espalda. Su fortaleza nunca le restó sensibilidad ni, incluso, fragilidad. Vivió sus tristezas tan a fondo como todo lo demás, resistió las traiciones y las calumnias, doblada y transida, pero jamás quebrada.

Era su mezcla de guerrera y niña lo que provocaba tal fascinación en quienes la trataban; fascinación, admiración, temor, envidia, competencia... Ella pisaba fuerte y llenaba el escenario, incluso cuando tenía el alma partida; esa es una enseñanza que nos deja. Porque ya dije que mientras la llorábamos oíamos música sensual, acariciante, desgarrada; es decir, en la música oíamos a Mercedes, y la veíamos, y la tocábamos; ese era el otro lado de la situación en Cuernavaca, la pena y el jolgorio emparejados. Pensar en Mercedes y pensar en la vida, para mí son una misma e inseparable cuestión. Mercedes y la muerte conforman la pareja más absurda, la antinomia más total. Por eso su partida fue un golpe tan terrible para los que la queríamos: no se trató tan sólo de lo inesperado, sino, por así decirlo, de lo incongruente, de lo discorde, de lo inverosímil, de lo fuera de lugar. Era como parar una avalancha o desecar un mar. Yo todavía no salgo de la estupefacción ni del aturdimiento, ni del miedo ni del llanto; yo todavía no logro creer que se pueda congelar la llamarada. Que Elías Nandino me perdone el plagio: a Mercedes no la mató la muerte, sino la vida.

Ante una amiga muerta, ante la desaparición de alguien que por décadas se ha tenido cerca y con quien se ha compartido una tajada fundamental de la existencia, se tiene una sensación de abandono, de silencio y desamparo. Yo quiero despedirme de Mercedes Iturbe como quien se separa de algo muy propio y entrañable, muy admirado y muy necesario. Quiero decirle adiós con el corazón dolido por su ausencia, y con una sonrisa de gratitud, respeto y amor.