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Iván Restrepo

Del primer genocidio de la historia moderna

Mañana se cumple un año más del inicio de la matanza de un millón 500 mil armenios a manos del ejército turco. Fue el 24 de abril de 1915, cuando asesinó a la clase intelectual y política armenia mientras ordenaba dar muerte a los hombres en edad militar. De la masacre no escaparon mujeres, ancianos y niños. Miles más fueron deportados en caravanas de la muerte que recorrieron el territorio que había sido suyo y en el que habían vivido durante cientos de años. Todo con tal de expandir los dominios del imperio otomano hasta las orillas del mar Caspio. Turquía sostiene que no hubo tal matanza, que no fue orquestada desde el gobierno y que solamente murieron entre 300 mil y 500 mil como parte de una guerra civil, pues los armenios se aliaron a las tropas rusas que en ese año invadieron suelo turco.

Muy distinta es la visión de los diplomáticos, documentos y cronistas de la época. Todos, sin excepción, muestran que se trató del primer genocidio de la historia moderna. Fue la palabra utilizada por el judío polaco Ráphael Lemkin, experto en derecho internacional que hurgó en los archivos diplomáticos de varias naciones, en los testimonios de las víctimas y en los documentos oficiales del propio gobierno turco. Entre ellos encontró las instrucciones oficiales que dejan el camino libre para que se lleve a cabo el exterminio. Hay, además, testimonios fotográficos de las torturas y la exposición de los cadáveres de las mujeres y hombres armenios sacrificados de la forma más cruel.

La Turquía de entonces, conducida a principios del siglo pasado por un grupo ultranacionalista, tuvo el apoyo silencioso de las potencias europeas, destacadamente Inglaterra y Alemania. La geopolítica se impuso una vez más y permitió que un pequeño y pacífico país, de hondas raíces cristianas, no tuviera aliados para detener la ola de muerte y destrucción que duró tres años. Tampoco para que todavía hoy la minoría armenia residente en Turquía reciba amenazas de los grupos más tradicionales. Pero cuando el genocidio parecía quedar sepultado por otros más ocurridos el pasado siglo, surgieron voces por doquier exigiéndole reconocer la matanza y pedir perdón por lo ocurrido.

Durante años, Estados Unidos no quiso tocar el asunto en las Naciones Unidas para no incomodar a su aliada en esa parte de Asia. Primero en su lucha contra el primer eje del mal del siglo anterior: la Unión Soviética, y más recientemente en su pretensión de apoderarse del petróleo de Medio Oriente. Sin embargo, el propio presidente George W. Bush reconoció ya "esa horrible pérdida de vidas", algo que se niega a hacer Inglaterra, pese a las voces de escritores, políticos y pensadores de ese país que exigen un mea culpa por haber colaborado, con su pasividad, al que también ha sido calificado como el primer Holocausto del siglo XX.

En cambio, Francia, España, Canadá, Holanda y Alemania, por ejemplo, reconocen y condenan oficialmente el genocidio armenio y exigen que si Turquía quiere ser parte de la Unión Europea en 2015 debe "limpiar" esa herencia de horror y muerte. De igual forma, aceptar las soluciones internacionales propuestas para Chipre, el pequeño Estado invadido y divido por el ejército turco hace ya 40 años.

Reconocidas figuras turcas, encabezadas por Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura; la socióloga Pinar Selek, y la escritora y periodista Perihan Manden exigen una revisión histórica, así como aceptar que el ejército de su país mató a miles, torturó y se apoderó de territorios que pertenecían a armenios. Condenan también las atrocidades contra la minoría kurda. Es la única forma, aseguran, de "vivir el presente y enfrentar con limpieza el futuro".

Otro que pedía lo mismo, el periodista Hrant Dink, fue asesinado hace tres meses en Estambul por un ultranacionalista. Dink, al igual que Pamuk, Selek y Manden, tuvieron en años recientes que acudir a los tribunales, en medio de insultos y agresiones, acusados de "atentar contra la identidad turca".

Turquía debe elegir próximamente nuevo presidente y refrendar su condición de país laico, hoy amenazado por la inestabilidad política y económica.

Cualquiera que sea el elegido heredará el pendiente de reconocer lo que no es posible ocultar con mentiras.

 
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