Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 29 de abril de 2007 Num: 634

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Recuerdo de papa Hemingway
ALEJANDRO MICHELENA

El universo según Penrose
CARLOS ALFIERI entrevista con ROGER PENROSE

Un fiasco con Hegel
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¿Palabras bellas?

No falta que se lancen convocatorias para solicitar la elección de la palabra más bella de una lengua, o la recopilación de las propuestas por los escritores (pues tiende a creerse que éstos son los únicos que podrían hacer una lista más o menos seria, confiable y decorosa) y, cuando eso ocurre, me da por pensar en la idea opuesta: ¿podemos saber, objetivamente, cuáles son las palabras más feas o bellas de una lengua? ¿Existe algún criterio que permita deducir esa elección, aparte de la (des)memoria, la ocurrencia o los prejuicios? Tal vez, sería necesaria una descalificación preliminar, como la que hizo finalistas a Palas Atenea, Afrodita y Hera en ese juicio que Paris, mañosamente, condujo hacia la desnudez de las diosas (lo cual no lo eximió de escuchar las insinuaciones de las tres y de aceptar el soborno de Afrodita), después de que la Discordia, que no había sido invitada a un banquete olímpico, arrojó sobre la mesa una manzana de oro con la inscripción: "para la más bella".

De entrada, puede admitirse con cierta vaguedad que toda lengua posee bellezas y fealdades que le son propias, desde las cuales se tiende a valorar las de otras lenguas; así, el francés parece tener el prestigio de ser la más bella del mundo por sus condiciones eufónicas, a lo cual podría agregarse que la purépecha es dueña de una dulzura que no va a la zaga de la primera, pero recurrir a conceptos como "belleza" y "dulzura" no deja de ser una petición de principio: ¿desde dónde y por qué algo es bello o dulce? Que una lengua imponga su prestigio sobre otras casi no tiene que ver con la hermosura intrínseca de sus palabras, sino con imposiciones políticas o culturales que se acomodan con el paso del tiempo y, en no pocas ocasiones, tienen que ver con las llamadas culturales "centrales" y las "periféricas" (donde Europa Occidental no ha dejado de imponer una visión eurocentrista en este y otros asuntos). O lo que es lo mismo, el alemán, el chino y el serbio poseen tantas bellezas y eficacias como el castellano, el griego y el portugués: todo es cosa de prestigios y prejuicios, de estar más en el centro o la periferia.

¿Cómo se topa uno con la palabra "bella" o, dicho de otra manera, cómo decide uno que cierta palabra es "bella"? Me parece que en la elección hay ciertos factores determinantes, como el momento en el que la palabra haya ingresado a la biografía de una persona: no es lo mismo que haya entrado a los oídos durante la infancia o en el estado adulto, durante momentos de susceptibilidad amorosa o de franca depresión; además, no deja de ser insoslayable la ideología individual, la idiosincrasia: para algunos, palabras como Dios, madre y amor son de las más bellas, como para otros Diablo, concubina y sexo (ya Eloísa le pidió a Abelardo, en el decurso de la primera carta, escrita en el siglo XII: "Aunque el nombre de esposa parece más fuerte y más sagrado, fue siempre otro el más dulce a mi corazón, el de amante tuya, o incluso, déjame decirlo, el de concubina tuya y ramera tuya"); también debe agregarse la influencia de los significados de las palabras para decidir si éstas son bellas, independientemente de que el significante no resulte particularmente llamativo: paz, concordia, fraternidad son elegibles por las ideas que convocan, aunque resulten más brillantes otras como alhaja, lapislázuli, susurro.

Arribar a la forma de la palabra, a su parte material, a su significante, tampoco ayuda a resolver las cosas. Un escritor podría afirmar que las palabras con muchas aes resultan de las más bonitas en castellano, porque la ‘a’ es la vocal abierta del español, lo cual la vuelve como una ventana de la palabra por la que ésta se llena de luz (afirmación que, no por poética, resulta menos discutible que otras): alcatraz, albahaca, calamar, alfalfa; si esta argumentación fuera correcta, ¿por qué existe el uso de una frase eufemística para dejar fuera de circulación a una palabra llena de aes?: "le pegaron allí donde la espalda pierde su casto nombre", es decir, en las nalgas (palabra que me parece mucho más agraciada que el equivalente inglés buttocks, o el francés fesse, o el italiano culaccio, o el alemán Gesässbacken; aunque afirmo esto como usuario del español). Claro: los eufemismos pretenden eludir palabras de connotación sexual como la antedicha, o como vagina (aunque se acepte vainilla, que no es sino un diminutivo de vaina, que es lo que significa la forma latina).

¿Palabras bellas en español? Sí, muchas, pero no olvidar que en gustos se rompen madres.