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Guillermo Almeyra

Francia: las urnas y las calles

Desde la preguerra un sector de la burguesía media francesa, que arrastraba capas altas de las clases medias, sobre todo rurales, coqueteaba con la izquierda (con el Frente Popular socialista-comunista, primero, después con los gobiernos socialistas), llevada por su odio a los monopolios y a las finanzas cosmopolitas, así como por su nacionalismo y su centralismo jacobino.

En la posguerra ese sector fue la base del general Charles de Gaulle y de sus epígonos. No es casual que Jacques Chirac haya sido radical socialista antes de convertirse en gaullista, mientras que el también radical socialista François Mitterrand, reconstructor del Partido Socialista a imagen y semejanza de ese sector social y de sí mismo, recuperaba parte importante del gaullismo, con la grandeur incluida en el paquete.

La mundialización ha laminado hoy a ese sector burgués concentrando al máximo la riqueza y el poder en las trasnacionales, que están entrelazadas con las de Estados Unidos, y obligando a muchas pequeñas y medias empresas a emigrar a países con costos salariales inferiores. Las elecciones presidenciales recientes comprueban, como dije en un artículo anterior sobre Francia, el fin de la anomalía francesa, o sea, del gaullismo, del nacionalismo de una parte importante de la burguesía y de los restos bicentenarios en ese sector del jacobinismo y el centralismo.

Hasta la guerra, la clase obrera de Francia era por otra parte casi exclusivamente francesa y estaba, por consiguiente, compuesta por ciudadanos a los que se les negaba la ciudadanía y la libertad -ya que quien padece necesidades no es libre- pero se les hablaba de República igualitaria, libre y fraterna.

Perdidas las colonias, Francia las trajo al territorio metropolitano y su trabajadores industriales pasaron a dividirse en dos sectores: el de los franceses, calificados y en los mejores puestos, y el de los semiesclavos importados, sin calificación ni ciudadanía, que llenaban las cadenas de montaje de Citroën o de Renault. A éstos se agregaron después los sans papiers, indocumentados, parias entre los parias. De este modo, con una parte importante de los obreros excluida de las instituciones (de la vida política, de las elecciones, en muchos casos de los mismos sindicatos) éstos y los partidos obreros tradicionales perdieron sustancia, afiliados y contacto con los los más explotados. Y las conquistas sociales para todos -incluso para los inmigrados- de los años del Estado de bienestar social comenzaron ya entonces a peligrar.

Nicolas Sarkozy viene ahora, apoyado en una mayoría chauvinista, xenófoba y conservadora -como la que hay en casi todos los otros países europeos-, a liquidar esas conquistas, a golpear lo que queda de una izquierda legal y reformista, a eliminar los restos del gaullismo ligando Francia a Estados Unidos, a americanizar a Francia y a la Unión Europea bajo el lema tácito de "¡capitalistas del mundo, uníos!".

Este es un paso más en la preparación de la guerra de los capitalistas contra Irán y, como objetivo final, contra China (con los cuales jugaba el gaullismo para defenderse de Washington). Es otro paso hacia el reforzamiento de la OTAN y del atlantismo filoestadunidense (aunque se mantengan algunas contradicciones y roces). Es, sobre todo, un paso de gigante hacia el aumento de la explotación de los trabajadores: eliminación de las 35 horas semanales y prolongación de la jornada laboral, reducción y eliminación gradual de las conquistas sociales generales para los trabajadores inmigrados, disminución del gasto público en educación y salud para los suburbios.

Aunque, según los expertos en demografía de las Naciones Unidas, Francia (como Italia o Alemania), si quiere mantener su actual nivel de vida y de desarrollo tendrá que triplicar, por lo menos -o hasta decuplicar- el número de inmigrados, Sarkozy se lanza a seguir el mismo camino represivo estadunidense ante los inmigrantes, porque la economía se estanca y porque pierde terreno ante China. Pero, como lo demuestran las centenas de automóviles quemados y los motines en las ciudades apenas se supieron los resultados electorales, una cosa son las urnas y otra es el control de las calles. El voto de una señora rica de Neuilly formalmente vale lo mismo que el de un joven suburbano. Pero éste sale en manifestaciones o quema autos y su padre es obrero y podría hacer huelga.

De modo que la lucha saldrá de las instituciones y se agudizará. Y aunque ninguno de los grupos de la izquierda revolucionaria tiene hoy influencia real en el sector de los marginados, existe entre aquélla y éste el nexo social de la juventud escolar que, aunque es más conservadora que revolucionaria, no podrá aceptar las medidas contra la educación pública como lo muestra la huelga en La Sorbonne. Cada vez más, por lo tanto, el conflicto social podría asumir el carácter de todas las rebeliones y revoluciones francesas, ocupar las calles y ser radical y extraparlamentario porque, si la burguesía quiere volver a los siglos anteriores, podría encontrarse con respuestas similares a las de aquellos tiempos.

Sin contar con que, en las legislativas de mediados de junio, Sarkozy podría enfrentarse a un Parlamento hostil. El ganó, en efecto, porque Europa va hacia la derecha, pero también porque debido a eso los socialistas temían ganar y sólo el último día de la campaña, ante las contundentes encuestas, lo denunciaron como el hombre de los patrones y el imitador de Bush.

Un sector "socialista" se unirá a Sarkozy o tratará de ir aún más a la derecha. Pero otro ha comprobado que puede ser barrido del panorama político y hará de todo con sus administradores, alcaldes, concejales, diputados y clientelas para reunir un bloque mayoritario que frene al Ejecutivo. Si las urnas coincidiesen con una movilización unitaria en las calles, el conflicto social asumiría entonces nuevas dimensiones.

 
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