Directora General: CARMEN LIRA SAADE
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Domingo 13 de mayo de 2007 Num: 636

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HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La mordedura de Dios
RICARDO VENEGAS

Encuentro con Yi Munyol
LEANDRO ARELLANO

Cuando París tuvo su
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ALEJANDRO MICHELENA

A cincuenta años de la publicación de Balún Canán
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Encuentro con Yi Munyol

Leandro Arellano

Conocí su literatura al mediar la década de los noventa, el siglo pasado, cuando esa concatenación de intenciones que llamamos azar puso en mis manos la que se ha convertido en su novela más aclamada: El poeta. Aún me conmueve la memoria de su lectura, tamaña es su intensidad, rasgo éste que bien puede definir a los coreanos. En mi cuaderno de apuntes anoté: "Narra la vida novelada de Kim Sakkat, poeta errante del siglo xix quien, despeñado de la nobleza de su cuna a la más atroz miseria por los designios de la política –en seguimiento de esa costumbre de Oriente en que una condena moral, jurídica o social alcanzaba hasta la tercera generación–, abandonó todo en aras de olvidar un pasado y de borrar el estigma que, a la postre, lo persiguió hasta su muerte." Y en la siguiente entrada escribí: "De una intensidad tan acerba que a ratos me fue preciso dejar la lectura."


Foto: namsan.media, 2005

Los pasos del cielo me llevaron a radicar en Seúl dos lustros más tarde, bien que tareas diplomáticas inmediatas me impidieron visitarlo hasta fecha reciente. Para entonces, había leído ya otras obras suyas, sabía que era ampliamente conocido en su país y uno de los narradores coreanos más reputados fuera de su país.

Manejamos una hora y media hacia el sur de la ciudad, bajo una lluvia pertinaz. Yi Munyol habita en el Centro Buak de Literatura, su casa y al mismo tiempo una especie de retiro y taller para escritores, que él mismo estableció hace años. Mi visita coincidió con la del camarógrafo de un canal de televisión, que filmaba por esos días un documental sobre la vida del escritor.

Al bajar del coche me esperaba una persona con un gran paraguas, había que cruzar un pradillo antes de llegar a las habitaciones. Me bastó abrir la puerta para reconocerlo, era el mismo escritor quien aguardaba; me saludó con una sonrisa superior y ecuánime, que mantuvo durante todo el tiempo de mi visita. Me mostró su cuarto de trabajo y sus cuantiosas estanterías atiborradas de libros. Su gentil esposa nos ofreció té rojo, fruta fresca y galletas, asegurándose de que el té se mantuviera caliente.

Luego de las cortesías de la presentación, que los modales de Oriente aligeran, me informó que sus libros se han traducido a once idiomas, siendo la más reciente la versión en griego de El poeta. Sobre la literatura de su país y de su propia obra, dijo que la literatura moderna de Corea comenzó con el ingreso a su nación de la literatura de Occidente. Corea posee su propia tradición literaria, pero su estilo es muy distinto del moderno. Él mismo, reconoce, tomó como referencia las novelas del mundo occidental. "Cuando yo era joven estaba enamorado de la literatura de Rusia y del norte de Alemania; me parecieron más afines a mis aspiraciones", confesó.

En Nuestro héroe torcido, otra de sus novelas más conocidas, Yi Munyol aborda los mecanismos del poder: la imposición del poderoso mediante el temor y la manipulación sutil de la fuerza. Om Sokde, el mayor del salón de clase, mantiene sometidos a sus compañeros por medio de refinados artificios que, al final, acaban imponiéndose por la violencia y el miedo. Han Pyongte, recién llegado a provincia –aquí, como en toda escritura, asoman rasgos autobiográficos– procedente de la capital por el traslado laboral de su padre, comienza una batalla con Om, pero en vista de que la sumisión de sus compañeros al control de Om es absoluta y nadie hay que lo acompañe en sus afanes liberadores, él mismo acaba por sucumbir. Con todo, su sometimiento es físico, no espiritual ni mental.

Al cambiar de grado, el nuevo maestro –el anterior ha preferido mantener el status quo, por comodidad o por cobardía– se percata inmediatamente de la situación, del temor de los estudiantes, quienes, al verse exhibidos, provocan el hundimiento de Om. Sólo Han se mantiene digno: es el único de la clase que no participa en las acusaciones contra aquél. Treinta años más tarde, Han es testigo del momento en que Om es detenido en la calle por la policía, tras de haber cometido un crimen.

Om es también, asegura la crítica, una metáfora: la del gobierno coreano de aquella época –la década de los sesenta– que mantenía sometida a la población y a artistas y escritores que optaban por callar, por no mostrar su inconformidad con el sistema. El profesor Yoon Bong Seo me informa que un estudiante de la Universidad de Guadalajara ha escrito un estudio sobre los mecanismos del poder, basado en esta novela.

Del boom latinoamericano parece conocer mejor a Vargas Llosa, con quien comparte su teoría sobre la creación novelística. En El invierno de aquel año, Yi hace decir a uno de sus personajes: "La novela... es mentira en el sentido de que se trata de algo inventado; pero es la verdad en el sentido de que es creíble. La creación, de hecho, nace de la realidad." Guarda un recuerdo vivo de Yo, el supremo, y considera que la literatura latinoamericana posee vitalidad, rigor, profundidad. Nos cuenta que en un seminario de hispanistas coreanos y japoneses, referido a las influencias en esas literaturas de las letras de nuestra lengua, los académicos coreanos destacaron la similitud del protagonista de Para el emperador con Don Quijote, lo cual le sorprendió, pues consideraba oriental, más bien, el tema de su novela.

Para firmar una copia de la edición francesa de Para el emperador que me obsequió, extrajo de su chaqueta una Mont Blanc enorme y, sonrojado, comentó que se trataba de un regalo de la compañía que las fabrica. Su nombre lo escribió en caracteres chinos, instrumento en el que escribieron los coreanos hasta el siglo xv, cuando inventaron su propio alfabeto, el Hangul. Me confió que hace relativamente poco comenzó a escribir en computadora, antes lo hacía a mano, y que sólo el año pasado aprendió a enviar e-mails, lo que se antoja insólito en un país en donde los artículos electrónicos –las computadoras y los teléfonos celulares sobre todo– son instrumentos de uso corriente desde hace años.

Sus cuentos no han corrido con la misma suerte que sus novelas, explica, ya que a los traductores no les atraen los relatos y es más difícil su publicación en otras lenguas. Hombre sin falsas modestias, confesó su interés por América Latina, pero reconoció que su agencia editorial neoyorquina se rige por criterios propios. Me explicó también los considerables apoyos que el gobierno coreano otorga a traductores y editores del exterior para promover la literatura de su país.


Foto: Caroline Forbes

Igual que en otras partes, casi todos los escritores en Corea requieren de un trabajo complementario para sobrevivir. Aquí se ocupan, sobre todo, en la enseñanza universitaria, una profesión honorable y bien remunerada, mientras que los latinoamericanos trabajan para sus gobiernos. Sabía que en la diplomacia latinoamericana no escasean los escritores.

Me anuncia que en breve viajará a Boston, en donde piensa permanecer hasta que hayan tenido lugar las elecciones presidenciales de su país, en diciembre próximo. Ocurre que su novela más reciente, Homo executans, en tres tomos y aún sin traducir, ha levantado polémica en su país. Amigos coreanos me aseguran que el libro contiene cosas que, más allá de la historia, de la política y de la sociología, sólo la novela puede decir, como quiere Kundera. Latentes como están las heridas ideológicas y el sentimiento nacionalista, en Corea se escribe, todavía, literatura de compromiso.

Algunos críticos atribuyen su inclinación política a la orfandad que definió su niñez, abandonado por el padre. No hay que olvidar que el último muro de la Guerra fría sigue de pie en la zona desmilitarizada, esa franja tendida sobre el paralelo 38 que divide a la península coreana hace ya más de medio siglo.

Con todo, Yi no se enreda en localismos; no obstante que en su obra abunden metáforas políticas, morales y otras, su literatura se sitúa más allá de la inmediatez política, siempre anacrónica. El folclor y el nacionalismo cultural a menudo aíslan y menoscaban nuestros logros espirituales, anota en otra parte de El invierno de aquel año.

Yi Munyol nació en 1948, en lo que hoy es Corea del Sur. Su niñez transcurrió durante la tragedia que significó la Guerra de Corea. En su caso, tuvo el agravante de la deserción de su padre al norte, y del consecuente confinamiento de su madre y de él y sus hermanos a un pueblo de provincia, un episodio que lo marcó para toda la vida. No es fácil entender estas cosas para aquellos que no han conocido el cautiverio, el ostracismo o el destierro. Y si vivió una niñez complicada, su juventud tampoco estuvo exenta de convulsiones espirituales y etapas de depresión.

Hizo estudios en la Universidad Nacional de Seúl, pero otras urgencias le impidieron graduarse. Siendo joven aún, comenzó a escribir y para subsistir realizó distintos oficios: profesor, periodista, etcétera. Ha escrito alrededor de una veintena de novelas, decenas de relatos, ensayos de carácter político y social, así como varios volúmenes de traducción que incluyen clásicos chinos. Le han sido otorgados los mayores premios literarios de su país y su nombre ha sido propuesto para el Nobel.

Como ocurre con casi toda la literatura coreana, no es tarea fácil encontrar sus libros en español, bien que en años recientes varias editoriales –Aldus, Verbum, Trotta, Ediciones B, Norma, El Colegio de México, Universidad de Guadalajara, Pontificia Universidad Católica del Perú– se han venido ocupando de cubrir ese vacío. La torna más penosa aún el desconocimiento del coreano entre los hispanohablantes, lo que motiva que las traducciones a nuestra lengua las sigan haciendo hispanistas coreanos.

De su sencillez –atributo mayor de la conducta humana–, el escritor ya había dado muestras, al responder personalmente el teléfono cuando concertamos mi visita. La mantuvo durante nuestro diálogo y la reiteró al marcharme, acompañándome a la puerta del coche, guarecidos los dos bajo su paraguas.