Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 20 de mayo de 2007 Num: 637

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Presos en todavía
cuento corto y repetitivo

ALEJANDRO MARÍN

Poema
ODYSSEAS ELYTIS

Algo sobre Fanny Rabel
RAQUEL TIBOL

Antonio Gamoneda: la constelación del lenguaje

El exilio fecundo de Gombrowicz
ALEJANDRO MICHELENA

Sorpresa con Hegel
MANUEL JIMÉNEZ REDONDO

Jacques Prévert:
ni santo ni mártir

RODOLFO ALONSO

Columnas:
Galería
RODOLFO ALONSO

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Cabezalcubo
JORGE MOCH

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Antonio Gamoneda:
la constelación del lenguaje


Tomada de: bibliotecasantiagoapostol.wordpress.com

La poesía de Antonio Gamoneda (Oviedo, España, 1931) ha adquirido con el paso del tiempo un lugar central entre los poetas de la llamada "generación del 50" -Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez y Francisco Brines-, hasta el punto de que sea frecuente la denominación crítica "Generación Rodríguez-Gamoneda". El cambio de sensibilidad que tras los realismos poéticos llevaron a la poesía de los años setenta y ochenta, encontró en libros como Edad su vehículo más influyente. El movimiento centrípeto que va de la vida y su relumbre fulgurante al conocimiento interior es la impronta que marca esta poesía de revelación. En una reciente antología, él mismo se define como "un hombre ya entrado en años que ama la vida en la perspectiva de la muerte y que no recuerda haber mentido nunca cuando su lenguaje ha sido el lenguaje de la revelación". La lectura de su poesía trae el estremecimiento de un poeta en estado puro a lo largo de toda su trayectoria: el entusiasmo y la exaltación panteístas propios de su adolescencia y juventud, la integración del dolor en su mundo poético, y la preocupación por la vejez y la muerte. Poeta visionario y órfico, cantor de la revelación y de la fusión con el universo, este Gamoneda absoluto habla desde el absoluto para señalarnos la sensación estremecida de lo real, el tacto de la piel, los susurros, las sombras, los gestos alados, la mirada detenida en el paso del tiempo… La encarnación del espíritu gracias a la poesía: el ser de las cosas cotidianas, la naturaleza, el ser. Su obra, de una fuerza excepcional, ha sido reconocida con casi todos los premios posibles; ha recibido entre otros, el Premio Castilla y León de las Letras en 1985, el Premio Nacional de Poesía en 1988 por Edad y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana XV Edición por el conjunto de su obra, y recientemente el Premio Cervantes de Letras. Parte de su obra está contenida en los siguientes volúmenes: Sublevación inmóvil, 1960; Descripción de la mentira, 1977 y 1986; León de las miradas, 1979 y 1990; Blues castellano, 1982; Lápidas, 1986; Edad, 1988; Libro del frío, 1992; Libro de los venenos, 1995; ¿Tú?, 1998; Sólo luz, 2000, y Cecilia, 2004.

MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Caigo sobre unas manos

Cuando no sabía
aún que yo vivía en unas manos,
ellas pasaban sobre mi rostro y mi corazón
Yo sentía que la noche era dulce
como una leche silenciosa. Y grande.
Mucho más grande que mi vida.
Madre:
eran tus manos y la noche juntas.
Por eso aquella oscuridad me amaba.
No lo recuerdo pero está conmigo.
Donde yo existo más, en lo olvidado,
están las y la noche.
A veces,
cuando mi cabeza cuelga sobre la tierra
y ya no puedo más y está vacío
el mundo, alguna vez, sube el olvido
aún al corazón.
Y me arrodillo
a respirar tus manos.
Bajo
y tú escondes mi rostro; y soy pequeño;
y tus manos son grandes; y la noche
viene otra vez. Viene otra vez.
Descanso
de ser hombre, descanso de ser hombre.

Blues del nacimiento

Nació mi hija con el rostro ensangretado
y no me la dejaron ver despacio.
Nació mi hija con el rostro ensangrentado
pero me la quitaron de las manos.

Mi hija ahora ya va a hacer tres años
y habla conmigo y ella ve mi rostro.
Mi hija ahora ya va a hacer tres años
y canta y piensa pero ve mi rostro.

Yo ahora ya no me pregunto
por qué se ama a un rostro ensangrentado.

De "Libro del frío", 1992
Selección de aforismos

Pavana Impura:
Tu cabello en sus manos; arde en las
     manos del vigilante
     de la nieve.
Son las cebadas, la siesta de las
     serpientes y tu cabello
     en elpasado.
Abre tus ojos para que yo vea las
     cebadas blancas: tu cabeza en las
     manos del vigilante de la nieve.

Todos los árboles se han puesto a
     gemir dentro de mi espíritu
     al recordar tus bragas en la
     oscuridad, la luz debajo de tu piel,
     tus pétalos vivientes.
Atravesando los aniversarios, a veces
     viajan las palomas ebrias.
Venga desnuda tu misericordia, ah
     paloma mortal, hija del
     campo.

El mirlo en la incandescencia de tus
     labios se extingue.
Yo siento en ti grandes heridas y te
     desnudas en mis fuentes.
Se extingue el mirlo en las alcobas
     blancas donde soy ciego,
     donde, algunas veces, suenan en ti
     grandes campanas.

     Busco tu piel inconfesable, tu piel
     ungida por la tristeza de las
     serpientes; distingo tus asuntos
     invisibles, el rastro frío del
     corazón.

     Hubiera visto tu cinta ensangrentada,
     tu llanto entre cristales
     y no tu llaga amarilla,

     pero mi sueño vive debajo de tus párpados.

La inexistencia es hueca como las máscaras y su visión es
     lívida, pero tú oyes el grito de las madres del agua y acaricias
     los ojos que vieron la inexistencia.

Nuestros cuerpos se comprenden cada vez más tristemente,
     pero yo amo esta púrpura desolada.
Ah la flor negra de los dormitorios, ah las pastillas del amanecer.

Entra otra vez en las alcobas blancas.
Grandes son las jarras de la tristeza en las manos mortales.
Entra otra vez en las alcobas blancas.

Amor que duras en mis labios:

     Hay una miel sin esperanza bajo las hélices y las sombras de las
     grandes mujeres y en la agonía del verano baja como mercurio
     hasta la llaga azul del corazón.

     Amor que duras: llora entre mis piernas,

     come la miel sin esperanza.

Ha venido tu lengua; está en mi boca
como una fruta en la melancolía.
Ten piedad en mi boca: liba, lame,
amor mío, la sombra.

Llegan los animales del silencio, pero debajo de tu piel arde la
     amapola amarilla, la flor del mar ante los muros calcinados
     por el viento y el llanto.
Es la impureza y la piedad, el alimento de los cuerpos
     abandonados por la esperanza.

He envejecido dentro de tus ojos; eras la dulzura y el exterminio
      y yo amé tu cuerpo en sus frutos nocturnos.
Tu inocencia es como un cuchillo delante de mi rostro,
pero tú pesas en mi corazón y, como una miel oscura, yo te
     siento en mis labios al ir hacia la muerte.

Eres como la flor de los agonizantes
que es invisible mas su aroma entra
en la sombra nasal y es la delicia,
todo en la vida, durante algún tiempo.

En la humedad me amas
     y eres azul en tus pezones. Hablas
     suavemente en mis labios y regresas
     a tu prisión en la melancolía.

Tu cabello encanece entre mis manos y, como aguas silenciosas,
     nos abandonan los recuerdos. Siento la frialdad de la existencia
     pero tu olor se extiende en las habitaciones y tu lascivia vive en
     mi corazón y entra mi pensamiento en tus heridas.

     Era incesante en la pasión vacía. Los perros olfateaban su pureza
     y sus manos heridas por los ácidos. En el amanecer, oculto
     entre las sebes blancas, agonizaba ante las carreteras, veía
     entrar las sombras en la nieve, hervir la niebla en la ciudad profunda.

     Vigilaba la serenidad adherida a las sombras, los círculos donde se
     depositan flores abrasadas, la inclinación de los sarmientos.
     Algunas tardes, su mano incomprensible nos conducía al lugar sin
     nombre, a la melancolía de las herramientas abandonadas.

     Cada mañana ponía en los arroyos acero y lágrimas y adiestraba a los
     pájaros en la canción de la ira: el arroyo claro para la hija
     dulcemente imbécil; el agua azul para la mujer sin esperanza, la que
     olía a vértigo y a luz, sola en el albañal entre banderas blancas,
     fría bajo la sarga y los párpados ya amarillos de amor.

     Era incesante en la pasión vacía. Los perros olfateaban su pureza y
     sus manos heridas por los ácidos. En el amanecer, oculto entre las
     sebes blancas, agonizaba ante las carreteras, veía entrar las sombras
     en la nieve, hervir la niebla en la ciudad profunda

Aún:

Hubo un tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza
     y la lluvia.
Ahora siento la pureza de los límites y mi pasión no existiría
     si dijese su nombre.