Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 20 de mayo de 2007 Num: 637

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Presos en todavía
cuento corto y repetitivo

ALEJANDRO MARÍN

Poema
ODYSSEAS ELYTIS

Algo sobre Fanny Rabel
RAQUEL TIBOL

Antonio Gamoneda: la constelación del lenguaje

El exilio fecundo de Gombrowicz
ALEJANDRO MICHELENA

Sorpresa con Hegel
MANUEL JIMÉNEZ REDONDO

Jacques Prévert:
ni santo ni mártir

RODOLFO ALONSO

Columnas:
Galería
RODOLFO ALONSO

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Cabezalcubo
JORGE MOCH

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Hugo Gutiérrez Vega

LOS AVATARES DEL BENEMÉRITO ISSSTE

A las puertas de una oficina del moribundo ISSSTE nos arremolinábamos los ancianos (algunos en un lamentable estado de salud) en espera de ser atendidos por dos amables, pero totalmente superadas por el cúmulo de trámites, empleadas que se peleaban a brazo partido con dos computadoras pertenecientes al período de las culturas de Copilco y Tlatilco. Mientras esperaba mi turno, me puse a charlar con dos ancianas que habían sido secretarias en la unam y con un señor apoyado en dos muletas que, a primera vista, me parecieron muy endebles. Los derechohabientes (palabra que, día a día, se vuelve más vagarosa e inoperante) esperábamos hasta que alguna silla del interior de la oficina se desocupaba y, ya sentados, nos disponíamos al juego de avanzar de silla en silla hasta llegar, con una alegría infinita, a la antesala de las dos empleadas con sus vetustas computadoras. Todos íbamos a demostrar que, a pesar de que nuestras figuras lo negaran o, por lo menos, lo pusieran en duda, seguíamos vivos y, por lo mismo, teníamos el honor de ser derechohabientes. El señor de las muletas me comentó que el trámite de verificación se había vuelto más lento y lleno de obstáculos y de quisicosas como tocar el piano en el tema de las huellas digitales o posar para fotografías que cubrían todo los ángulos. Esto sucede entre las mejores familias de Almoloya, pero no veo la razón de sujetar a los ancianos cansados y deprimidos a esa infernal maraña burocrática. Me parece normal que, periódicamente, demos señales, cada vez más debilitadas, de vida, y que los trámites para obtener la pensión del difunto deban ser cumplidos por la viuda o los dependientes económicos. Lo que me atrevo a sugerir es que esos trámites se simplifiquen, pues, de los contrario, el ISSSTE tendría que abrir velatorios al lado de sus oficinas. De esa manera, después de terminar el paso del laberinto, el derechohabiente muerto en la fragorosa batalla de las computadoras, los papelitos, las firmas, fotos y huellas, podría ser velozmente velado, cremado y enterrado en un solo y brevísimo acto que tendría contenido dramático, pero también una buena dosis de humor negro.

Las ancianas secretarias de la unam me contaron que sus pensiones apenas les permitían pagar la renta de una buhardilla y comer una o dos veces al día (después de los históricos aumentos de precios conocidos como calderonazos, mis amigas derechohabientes han visto disminuidas las raciones). Todo indica, comentó la mayor, que el plan es que muramos lo antes posible. Si no logra matarnos el hambre, lo hará, sin la menor duda, la clínica del ISSSTE en la que nos recluyan para esperar el final. No había tonos dramáticos en el discurso de mi compañera del juego de las sillas. Todo lo decía con naturalidad y con una chispa de buen humor en sus ojos cansados. Con la otra señora recordamos las épocas en que México tenía uno de los mejores sistemas de Seguridad Social del mundo, y compadecimos a las empleadas de las computadoras jurásicas por su inhumana carga de trabajo y su paciencia para atender a seres disminuidos, atemorizados y, por lo mismo, bastante impertinentes. Lo más sencillo hubiera sido echar la culpa a las empleadas de todos nuestros males y de las esperas angustiosas, o atribuir a los médicos y las enfermeras la responsabilidad de todas las deficiencias y carencias de un sistema de salud que no interesa al neoliberalismo imperante. Tal vez por eso, el gobierno esté tratando de sacudirse el problema y de privatizar al ISSSTE. De esta manera, ante los patrones, los ahora derechohabientes nos volveremos derechomendicantes y viviremos en espera de que el señor Bofo meta un gol para que Televisa cubra los gastos de nuestro trasplante de riñón. Si un paciente de corazón tarda de ocho meses a un año en llegar al quirófano, si hay miles de enfermos esperando ser atendidos, si no hay medicinas y los quirófanos se convierten en pista de patinaje de las más sofisticadas bacterias, ¿cómo serán las cosas cuando el Estado abjure de su responsabilidad social y abra las puertas a los incansables y gordillezcos negociantes? Los que jugamos ese día a las sillitas desocupadas e hicimos tronar todas las articulaciones en el esfuerzo de sentarse y levantarse, tal vez no veamos realizadas las amenazas privatizadoras y las reformas financieras que, poco a poco, irán convirtiendo a un instrumento de servicio social en una especie de negocio en el que se manejan vidas humanas en plenitud y vidas que tienen como único anhelo una vejez digna y razonablemente saludable. Los ahora jóvenes ("como te ves me vi yo, como me ves te verás", decía el cínico refranero) se enfrentarán a problemas mayores y a infiernos administrados por eficientes empresarios de la salud. No quiero hacer el papel de profeta, pero mucho me temo que este calderonazo venga a empeorar la ya desastroza máquina burocrática del, por muchos conceptos benemérito, y ahora moribundo ISSSTE.

jornadasem@jornada.com.mx