Usted está aquí: miércoles 30 de mayo de 2007 Opinión El aborto y Felipe Calderón en el Vaticano

Bernardo Barranco V.

El aborto y Felipe Calderón en el Vaticano

El presidente Felipe Calderón realizará su primera visita oficial a la Santa Sede, entablará contacto directo con el Papa y con el secretario de Estado, Tarcisio Bertone; el Vaticano, como todos sabemos, es uno de los estados más pequeños de la comunidad internacional, pero al mismo tiempo de los más poderosos en términos de influencia cultural y política.

La secretaria de Relaciones Exteriores de México, Patricia Espinoza, acaba de declarar que el tema del aborto está fuera de la agenda (La Jornada, 29/5/07); lo dudamos. Precisamente uno de los temas que más interesa a la Santa Sede y al propio papa Benedicto XVI es evitar que la despenalización se extienda por los diferentes países de América Latina. Fue una de sus preocupaciones en su reciente visita a Brasil, lo expuso tanto en sus mensajes al pueblo y autoridades brasileñas como a los obispos de todo el continente que aun se encuentran en aquel país. La preocupación es notoria al predominar gobiernos de izquierda que se muestran más que dispuestos a abordar estos temas. Por ello la despenalización del aborto en la ciudad de México tiene alcances no sólo nacionales, sino internacionales. El gobierno mexicano lo sabe y es un tema, aunque se quiera, muy difícil de ocultar.

No se debe olvidar que la Iglesia, históricamente, ha usado el poder y la política para apuntalar sus pretensiones. La Iglesia es ante todo una estructura que conduce y gestiona el depósito histórico de lo religioso y de su misión, así como la administración de los símbolos y de los sacramentos de sus adherentes, es decir, la dimensión ritualizada de los creyentes. Es por tanto, también, una institución eminentemente política cuya práctica social y campo de intervención aspira inducir y comprometer a los principales actores de la sociedad, así como al propio Estado y a la comunidad internacional a contar con ella.

Siendo su principal misión la evangelización, la Iglesia católica integra en su dimensión religiosa la aspiración de "transformar el mundo" y ha desplegado diversas formas de acción social. Frente al indiferentismo religioso generalizado de nuestras sociedades modernas, ha opuesto un aparente indiferentismo político moderado, es decir, acepta todos los regímenes instituidos, donde hace valer sus convicciones y crea las condiciones para continuar con su misión. Este cuadro en América Latina se desdibuja con el advenimiento de gobiernos más seculares, menos condescendientes con los caprichos clericales y políticos que ofrecieron revisar temas como el aborto, divorcio, eutanasia y utilización de métodos anticonceptivos como la píldora del día siguiente.

Aquí se presenta una amenaza de conflictos con gobiernos que demandan un papel laico. Es decir, mientras la Iglesia no vea afectados tanto el entorno como las condiciones donde pueda desarrollar su misión, ésta podrá cohabitar pragmáticamente con notable capacidad de adaptación a diversos tipos de conformación social. Sin embargo, frente al quiebre de proyectos, los episcopados católicos se verán obligados a radicalizar su postura y presionar políticamente desde lo ético, la moral social y la cultura.

En la sociedad moderna, ésta pretende acoger, ayudar y convertir a los individuos que viven a la deriva de una sociedad moderna individualista, relativista y globalizada. El papa Ratzinger, desde los tiempos de Juan Pablo II, ha desarrollado lectura crítica y abrumadoramente pesimista de nuestras sociedades. La oferta religiosa de la Iglesia católica aspira ofrecer los valores y la brújula perdida a la cultura occidental, pues de lo contrario viene el caos y la franca decadencia civilizatoria.

Felipe Calderón irá con su agenda propia y espera recibir el apoyo y la exaltación de su política de enfrentamiento al narcotráfico, a la delincuencia organizada, uso extremo de las fuerzas armadas como recurso y apuntalamiento frente a Estados Unidos en materia de políticas y reformas migratorias. ¿Qué podemos esperar, en contraparte?, probablemente el Papa cuestione la pobreza y la corrupción, como ya lo hizo durante la visita ad limina que los obispos mexicanos realizaron a Roma en el otoño de 2005; además de los temas morales y de defensa de la vida, que son casi obligatorios, el pontífice recordará la responsabilidad social de los políticos católicos para defender abierta y sin retraimiento sus convicciones ético-religiosas.

El Papa cuestiona a los católicos vergonzantes como cobardes del evangelio. Felipe Calderón es un interlocutor convincente para el Vaticano con profundas raíces católicas en el seno tanto de su familia como de su propia formación política. Mucho más que Vicente Fox, un católico advenedizo y divorciado, Calderón puede ser un arquetipo del exitoso político católico.

Otra interrogante será si la disputa Calderón-Espino, dos tipos discrepados de catolicismos, nos ofrezcan un nuevo episodio de confrontación. Aquí será determinante el papel del embajador de México ante el Vaticano, Luis Felipe Bravo Mena.

Fuera de la Iglesia católica no existe ninguna confesión religiosa que presente en tanto tal, una doble característica que a) tener una organización jerárquica que no se limita al territorio de un solo Estado (es decir, ser supranacional); y b) afirmar su independencia frente a los distintos estados, porque tiene por derecho divino un fin sobrenatural sobre el que no tienen competencia las autoridades civiles.

Si bien la Iglesia católica ha aprendido a convivir con las diversas configuraciones que han venido adquiriendo el poder laico, a veces compitiendo y en otras ocasiones compartiendo esferas con espacios reducidos o en posición de desventaja, sin embargo no podemos perder de vista que el Vaticano ha sabido actuar con una sagacidad medible sólo en el largo plazo, ha venido ganando posiciones y ha acrecentado su poder afirmándose desde su especificidad religiosa.

En este proceso, actualmente lo finca en el debate frente a una cultura secular a la que califica decadente y queda claro que la lucha se juega tanto en la dimensión religioso-espiritual, que jamás se ha desligado de lo social y de lo político. Por ello creemos que el papa Benedicto XVI no desaprovechará la visita de Felipe Calderón a su casa.

 
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