Usted está aquí: miércoles 30 de mayo de 2007 Opinión Aire caliente: estrategia para el cambio climático

Alejandro Nadal

Aire caliente: estrategia para el cambio climático

Hace unos días el gobierno mexicano anunció su Estrategia Nacional para el Cambio Climático (ENCC). El documento presenta las líneas de acción para reducir emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y para la adaptación frente al cambio climático. El tema es de primera importancia, pero el documento es pobre.

La ENCC señala que es necesario desacoplar el crecimiento de las emisiones. Cuidado, el inventario nacional de emisiones de GEI revela que eso no será fácil. Por ejemplo, en el periodo 1990-2002 el crecimiento del PIB fue mediocre, pero las emisiones totales aumentaron 30 por ciento, pasando de 425 a 553 millones de toneladas de bióxido de carbono equivalente (CO2e). Estas cifras no incluyen las emisiones por cambios en el uso de suelo (que en 2002 fueron de 100 millones de toneladas).

Lo más interesante es que en el periodo que comprende la peor crisis económica en 60 años, el intervalo 1994-1998, las emisiones mexicanas crecieron un impresionante 20 por ciento. Eso demuestra que existe una rigidez significativa a la baja si comparamos emisiones totales y el nivel de actividad económica.

Aún así, la estrategia recién anunciada nos informa que existen grandes oportunidades para reducir emisiones de GEI. No dudo que existan vetas importantes para reducir emisiones, sobre todo en materia de eficiencia y en el propio sector energético. Pero las estimaciones de la ENCC se antojan poco creíbles, en especial su cálculo del total de reducción de emisiones para 2014, que alcanzarían hasta 106 millones de toneladas de CO2e. Así, México tendría ese año emisiones de 585 millones de toneladas de CO2e: sólo unos 32 millones más que en 2002.

Eso suena poco realista, sobre todo si se consideran algunas comparaciones internacionales: en Inglaterra, el Ministerio de Industria acaba de presentar una serie de medidas muy importantes que apenas permitirían una reducción de 33 millones de toneladas de CO2e para 2020. Qué duda cabe, aquí somos más eficientes.

El segundo gran componente de la ENCC se refiere a las oportunidades de reducción en materia de uso de suelo. Aquí flota una espesa ambigüedad. La ENCC afirma que tenemos oportunidades de captura de carbono en bosques de hasta 42 millones de toneladas anuales para 2012. Además, habría otras 12.7 millones de toneladas de reducciones en las actividades del sector agropecuario. Si los lectores toman esto en cuenta y lo cotejan con los datos del párrafo anterior, observarán que la economía mexicana tendría en 2012 emisiones totales (en volumen) inferiores a las de 2002. Eso es inverosímil.

Además de ser poco creíble, la ENCC hace alarde de irresponsabilidad al incluir como estimaciones sólidas cosas que siguen siendo objeto de una acalorada polémica en los círculos especializados. La estrategia señala que la agricultura y las tierras de pastoreo permiten reducir las emisiones, presumiblemente por captura de carbono. Ese planteamiento es idéntico al del gobierno de Estados Unidos, que busca a toda costa disfrazar su mal desempeño en materia de gases invernadero con una excelente actuación en materia de ''captura de carbono''.

El análisis económico no es el fuerte de la ENCC, por eso nunca indica de dónde van a salir los recursos financieros para concretar la reducción de emisiones. Y cuando hace referencia al mecanismo de desarrollo limpio (MDL) del Protocolo de Kyoto, no se da cuenta que los recursos que vendrán por esa vía son raquíticos, en comparación con las necesidades nacionales.

Eso sí, cuando habla de mecanismos de mercado, la ENCC no puede ocultar su entusiasmo. Para los autores del documento, las señales de mercado son de gran relevancia para alcanzar los objetivos planteados. Por eso, una de las prioridades que emergen del documento es el desarrollo de un mercado de bonos de carbono. Esta es una de las partes más criticables del programa oficial.

El mercado de bonos de carbono responde a una idea sencilla: los países industrializados obligados a reducir emisiones que no excedan la cuota permitida podrían vender el monto no utilizado a los países que sí la rebasen. Ese ''mecanismo de mercado'' castigaría a los ineficientes y daría incentivos para mayores reducciones.

Pero entre la fe en las virtudes del mercado y la realidad, hay mucho trecho. El mercado de bonos de carbono no es otra cosa que un espacio abierto a la especulación. Así lo demuestra el caso de la experiencia más desarrollada, el mercado de carbono establecido por la Unión Europea en 2005. Ese mercado sufrió ya su primer descalabro el año pasado, cuando el precio de la tonelada de carbono se desplomó de 30 euros a 90 centavos. Ese precio difícilmente puede considerarse un incentivo para reducir emisiones y recorta todavía más los recursos derivados del mecanismo de desarrollo limpio.

Quizás la estrategia preferida del gobierno mexicano es fomentar la especulación con bonos de carbono y generar aire caliente con mucha retórica. Al menos eso permitirá aparecer activo para no perder cara en el plano internacional.

 
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