Usted está aquí: jueves 31 de mayo de 2007 Opinión Revelaciones: San Idelfonso

Margo Glantz

Revelaciones: San Idelfonso

Aveces cuando voy al Centro de la verdadera ciudad de México, me parece que me traslado a un país lejano, casi extranjero, pero al mismo tiempo totalmente mío, el mundo de mi infancia y de mi adolescencia. Sobre todo, durante la época en que estudiaba en la Preparatoria 1, la única que había entonces. Al lado, Educación Pública, verdaderamente pública (la separación de la Iglesia y del Estado, la sociedad laica): en Guatemala, el pasaje y la venta de objetos religiosos, enfrente nuestra Catedral Metropolitana; tranvías amarillos, pantalones de manta, blusas de charmés morado o azul añil, muchachas vestidas con faldas hasta la rodilla y muchachos de trajes azul marino encaminándose al morado, fotógrafos ambulantes, el Sidralito con vitrolas y música de Los Panchos -¡un siglo de ausencia me separa de ti!- luego, los largos corredores por donde se transitaba de un salón a otro, rozando los frescos de Orozco, Alva de la Canal, Jean Charlot, Fermín Revueltas, Siqueiros.

San Idelfonso es hoy un bello museo donde se han exhibido exposiciones memorables. Sin lugar a dudas, la que actualmente se muestra es una de las más importantes y espectaculares: Revelaciones: las artes en América Latina 1492-1820, exhibida primero en Filadelfia, ahora en México y pronto en Los Angeles. Una exposición donde se muestran piezas que nunca se habían visto aquí, no sólo porque muchas provienen de otros países de América Latina, como Brasil, Bolivia, Perú, Colombia, sino porque algunas de las obras extraordinarias de arte mexicano se encuentran en museos extranjeros, colecciones particulares o sociedades como la Hispanic Society de Nueva York.

No sólo eso, sobre todo la conjunción de elementos, el espléndido edificio perfectamente restaurado, patrimonio de la Universidad Nacional Autónoma de México, símbolo de siglos de educación en nuestro país y la organización de la exposición en temas. Sorprenden además la puesta en escena del arte español confrontado a las tradiciones indígenas, la bella museografía -realza los objetos y los exhibe en su verdadero valor- gracias a una sabia colocación de las partes y el cuidadoso restauro de algunas piezas maestras, la redistribución del espacio museográfico-, el contrapunto entre culturas y objetos de culto, moblajes, orfebrería, telas, arte popular, enconchados, arte plumario, biombos, objetos todos extraídos de mu-seos, iglesias o de colecciones privadas, jamás apreciadas en su totalidad.

Muchas piezas me llaman la atención, privilegio algunas: un niño Dios crucificado, de Guatemala; un Ecce Homo, de México, finales del siglo XVI, patrimonio real del Monasterio de las Descalzas en Madrid; se le representa mutilado y, colocado sobre una base de madera policromada, este Cristo ostenta tantos piquetitos como los Cristos renacentistas franceses o alemanes o las suicidas de Frida Kahlo. Hace juego o se hermana con san Bartolomé, escultura de bulto de Guatemala, del siglo XVIII: la cantidad de sangre que la cubre y la escualidez de sus costillas hacen de la pieza un simulacro de carnicería; más allá, una santa Bárbara esculpida por Pedro Laboria, español, a mediados de esa centuria, para habitar la iglesia que lleva su nombre en Bogotá, se contorsiona en una actitud netamente barroca, en el momento cumbre de su martirio, una cuchilla hubiera debido decapitarla, sólo le rebana un seno: asoma coquetamente de un traje muy descotado.

El arte brasileño, bellísimo, muy original, lo conocemos poco; destacan los objetos ornamentales de plata, sobria y sin embargo barroca, unos relicarios en forma de mano, con el centro rojo. Antonio Francisco Lisboa, el Alejandinho representado por varias piezas, entre ellas un soberbio san Joaquín del Museo Arquidiocesiano de Arte Sacro de Mariana de Minas Gerais (que alguna vez visité, maravillada), una santa Ana enseñando a la Virgen de prodigiosa serenidad y factura, un San José cuyo máximo adorno son unas hermosas y grandes botas doradas que le coronan los pies.

¿Y qué decir de varios cuadros magníficos de castas que hace mucho se fueron de México? ¿Y del Mariano Mataindios, de principios del siglo XVII, cuya imaginería y forma de representación es totalmente indígena?

Este fin de semana estuve en Oaxaca, día de mercado en Tlacolula: la bella capilla de santos mártires, con sus espejos duplicándolos me recordó aquellos lejanos días en que Paco de la Maza, extraordinario maestro de arte colonial, nos guiaba por esos sitios que necesitan restauración.

 
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