Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de junio de 2007 Num: 639

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Presencia de Carlos
EDUARDO MILÁN

Sin Ruth y sin Valia
NIKÓLAOS KALAS

Carta abierta a don
Paco Amighetti

RICARDO BADA

Sonata para un hombre bueno
JOSÉ MARÍA PÉREZ GAY

Nosotros te ayudamos
TOMÁS URIARTE

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Cabezalcubo
JORGE MOCH

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
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Manuel Stephens

Alma daltónica

Quiatora Monorriel cumple quince años. Alrededor del año de su fundación, no recuerdo específicamente si antes o después, Evoé Sotelo me comentó su interés por montar una coreografía en la que iba a usar ventiladores. Se imaginaba ventiladores industriales o especies de turbinas de avión al fondo del escenario que iban a proporcionar juegos de luz y, al movilizar el aire, darían la posibilidad de crear texturas sobre el movimiento y vestuario de los bailarines. Esta idea tenía la influencia de la estética de MTV, que tuvo enorme impacto en los incipientes coreógrafos de entonces. No estoy seguro de que Evoé recuerde esta anécdota y quizá pocos presintieron la magnitud del choque que produciría el vertiginoso avance tecnológico de las décadas por venir, que de manera tal vez light y hasta esperanzadora se insinuaba en la proyectada coreografía de Sotelo.

Años después, la proto-imagen de los ventiladores se materializó en gigantescas turbinas eólicas en campos de Alemania. La sensación de desolación al contemplarlas, declaró la coreógrafa a la prensa y ya no en corto a quien esto escribe, detonan la creación de su más reciente obra Alma daltónica. La anécdota biográfica con que inicio tal vez no encuentre ecos en la memoria de Sotelo, o tal vez sí, pero nos habla del cambio de perspectiva de una artista frente a un material primigenio que estuvo latente por mucho tiempo.

Del espíritu lúdico cultivado por la entrañable y larga desvelada que dejaron los años 1980, Sotelo emigra hacia un discurso en que confronta a las sociedades hiperindustrializadas del nuevo siglo. Este es un cambio radical en la producción de la coreógrafa, quien desarrolla en una obra de largo aliento temáticas presentes en obras cortas anteriores –aunque en algunas de ellas de manera subterránea–, y particularmente en Sombrero de cinco picos. La opresión del ser ante una entidad que no acaba de manifestarse, que induce a la interpretación psicológica de la angustia de los personajes en la obra mencionada, encuentra su variante sociológica en Alma daltónica.

Alma daltónica es una representación apocalíptica en que se entretejen, sin jerarquización, la danza, la música y las artes plásticas. La exploración en el movimiento que conduce actualmente Sotelo se inclina hacia lo mínimo. El gesto corporal tiene que acceder a la significación eludiendo la anécdota y centrándose en la circunstancia. Es así que la imagen inicial de tres personajes contemplando un vacío, que después muta en un desolado campo de trigo, es emblemática de toda la obra. A diferencia de coreografías anteriores en que intervenía un número reducido de bailarines, Sotelo presenta ahora a ocho personajes que transitan desvalidos ante un mundo que los estatiza y aplasta. Mauricio Ascencio con su diseño escenográfico y de iluminación construye instalaciones fluctuantes en que la Naturaleza se rinde ante un ámbito tecnificado. La oposición entre lo vivo pero inerte y una inteligencia artificial activa, subrayada por la música electrónica de Benito González, crean una dramaturgia claramente instalada en la escatología de una ciencia ficción que nos pisa los talones. Las atmósferas musicales y la maquinaria teatral que cambian incesante y amenazadoramente producen momentos impactantes, como cuando los personajes quedan tendidos bajo un cielo de bombillas de luz, o cuando el escenario se puebla de lámparas al final de la obra para nuevamente subyugar los cuerpos.


Fotos: Antonio Saavedra

Sotelo presenta un mundo en que lo humano se manifiesta a través del fetiche –tacones altos, guantes, chamarras de cuero, corsés, cinturones–, y que irrumpe por instantes en la pulsión por violentar al otro. A este respecto cabe mencionar que la interpretación del elenco y su uso de los elementos simbólicos es irregular. Desde mi perspectiva, Alma daltónica requeriría que todos los bailarines contaran con amplia experiencia de vida y, contrariamente, el equipo se distingue por su juventud. La carga de perversión de la obra se diluye en algunos, y no es por cuestiones de técnica, lo cual contrasta abiertamente con el tiránico y misterioso personaje que logra Benito González.

Con Alma daltónica se instaura en definitiva un probo grupo de creadores, Sotelo, González y Ascencio, que desde su conjunción en Luz de neón para Prometeo había que seguir muy de cerca. Asimismo, con esta alma que nubla los colores se marca un hito en la trayectoria de Evoé Sotelo, una coreógrafa madura que se desprende de sus propios patrones para internarse en el futuro.