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Marco Rascón

Lumpenburguesía y lumpen neoliberalismo

Hijos del desarrollismo que llegó como sudesarrollo a este sistema de globalización, donde las semillas de la dependencia crónica devinieron en abierto saqueo y destrucción no sólo de la sustentabilidad ecológica, sino también de la concepción histórica, teórica e ideológica.

"Lumpenburguesía y lumpendesarrollo" denominó André Gunder Frank (1929-2005) a la llamada "burguesía nacionalista" y al viejo desarrollismo de los años 60, respaldados por la Alianza para el Progreso kennedyana, que ahora redita en forma de migajas George W. Bush.

El subdesarrollo no es, por tanto, "una situación", sino una relación crónica que bajo las reglas de la globalización y la hegemonía del libre mercado ha transformado y agudizado las condiciones del subdesarrollo. La vía por la que llegamos a la actual situación fue el endeudamiento externo e interno, resultado de esta burguesía mínima, protegida y monopólica que ha visto hundirse el país desde su salvavidas, al cual fueron los primeros en llegar y los únicos en subirse.

En la anterior entrega reflexionábamos sobre la inexistencia de una verdadera burguesía en México que explotara con un mínimo de eficiencia, visión de mediano y largo plazos, así como en términos de un capitalismo que tuviera una etapa mínima de competencia y no de acumulación de facto y por decreto favorecida por el Estado oligárquico. ¿Puede haber democracia política sin competencia económica?

Todo el sistema político y los partidos mismos están marcados y sujetos a lo que establece esta oligarquía cerrada, monopólica y protegida. Y es a esta oligarquía a la que podríamos llamar lumpenburguesía, según la genial descripción de Gunder Frank en su crítica al desarrollismo, que ahora se presenta con la máscara de la modernidad.

Esta lumpenburguesía es la que entregó, por una parte, la economía local a cambio de garantizar su propio poder, haciendo de la globalización la sacralización de la dependencia, y por el otro, el subdesarrollo para mantener sus privilegios monopólicos en la telefonía, las concesiones de radio y televisión, la banca (en sociedad con bancos extranjeros, que no cobran los servicios en sus países de origen, como acá).

La lumpenburguesía es la que mantiene una estructura de control en la política, haciendo que todos los partidos estén a su servicio, como ha sucedido con la ley Televisa o los impuestos a los refrescos; desde derechas hasta la llamada izquierda parlamentaria se subordinaron.

En consecuencia, en México se vive un lumpen neoliberalismo, pues, pese a que esa elite oligárquica condujo desde el poder político a la integración comercial y económica, mantuvo su poder cerrado y protegido del libre mercado, con tasas de acumulación extraordinarias, y ahora gana en todo, incluyendo los nuevos ingresos derivados de las remesas de los trabajadores mexicanos en el exterior, a los cuales se les cobran comisiones, y gana de manera fraudulenta en el tipo de cambio con el que recibe dólares y al valor que lo entregan en México. ¿Quién podría ponerles un alto si son los dueños del poder político, de las leyes, de la "opinión pública" y la verdad mediática?

Esta lumpenburguesía se expresa no sólo en la esfera del capital, sino también la del trabajo, y ha hecho su propia estructura de control y gestión, que ha venido sustituyendo paulatinamente a la vieja estructura corporativa. El control sindical es férreo y para ello ha ganado y controlado el espacio de la "lucha contra el neoliberalismo" siempre que no afecte la estructura monopólica de las áreas estratégicas que controla. Los partidos que supuestamente promueven leyes a favor de los trabajadores no pueden hablar de libre sindicalización, pues sus presuntos aliados son los principales opositores: es el caso del llamado Frente Amplio Progresista de Partidos, el FAP, y la Unión Nacional de Trabajadores (UNT). hegemonizada por el sindicato de telefonistas, controlada a su vez por su propietario Carlos Slim a través del líder vitalicio, Francisco Hernández Juárez. Este mismo esquema se traslada a la ciencia, la cultura, las artes, manteniendo un subdesarrollo en todos los órdenes.

Su único eslabón débil han sido los procesos electorales, donde la cadena estuvo a punto de reventarse en 2006, pero los que ofrecían romperla terminaron reforzándola al alejar de las urnas a la ciudadanía, gracias al discurso peyorativo de lo electoral y a que decidió que la guerra total era en las elecciones, no después de ganarlas.

Por todo ello, tenemos hoy un lumpen neoliberalismo, como ayer fue lumpen desarrollo; una lumpenburguesía, y también, hay que decirlo, existe una visión lumpenproletaria que se apoderó del pensamiento obrero y de la visión contestataria. Hoy el discurso de la ineficiencia, la incapacidad y la victimización es central en el pensamiento de la izquierda (y sin autocrítica).

marcorascon@alcubo.com

 
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