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Arnoldo Kraus

Comerciar con la vida

En el mundo moderno se atenta contra la vida y contra la dignidad en diversas formas. Decapitar, violar mujeres, amputar dedos, prisiones como la de Guantánamo, secuestrar, permitir que mueran mujeres por la práctica de aborto en condiciones insalubres, y vender hijos o prostituir hijas son, entre otras dolorosas realidades, fragmentos de la degradación del ser humano por el ser humano. En todos esos execrables actos, la violencia y el desprecio por el edificio ético, que debería sustentar a la especie humana, son acicate y común denominador.

Sorprenderse y sentirse incómodo por esas actitudes debería ser parte de la condición humana; no sorprenderse ni intimidarse tiende a ser la tónica. Es muy probable que la creciente frecuencia de esos actos termine en costumbre. Y es también cierto que entre costumbre y "normalidad" la brecha es cada vez más pálida.

Desde hace muchos años, se sabe que, auspiciado por la riqueza de los receptores y la necesidad para sobrevivir de los receptores, existe un nauseabundo "turismo de trasplantes". Comercio soterrado, pero curiosamente permitido por las naciones donde estos actos se llevan a cabo bajo el pretexto de que "nadie sabe nada" o porque se acepte, sin publicitarlo, que los donantes tendrán, al vender algún órgano, dinero suficiente para mejorar sus condiciones de vida.

En naciones como China, donde la palabra ética se lee desdibujada en los diccionarios, se "estimula" a algunos presos condenados a la pena de muerte para que se les extraigan todos los órganos posibles antes de morir y cuyo destino son los quirófanos vecinos, donde receptores extranjeros, cobijados por médicos, también extranjeros, y compañías farmacéuticas y de biotecnología esperan riñones, córneas e hígados. Amoralidad es un término inapropiado y corto para definir la actitud de esos doctores y de esas compañías; ¿cómo denominarlo? No lo sé; el lenguaje espera un concepto para definir esas acciones.

El pasado 29 de mayo el canal holandés BNN informó que se realizará -escribo sin saber el resultado del reality show- un programa denominado El gran espectáculo de los donantes, donde se presentará a una enferma de 37 años aquejada por un tumor cerebral incurable, y que donará un riñón, a uno de los tres candidatos con insuficiencia renal crónica terminal entresacados de un grupo de enfermos. El público televisivo participará, vía telefónica, para sugerir, de acuerdo con los "méritos" de los posibles receptores, y a la opinión de la enferma, quién de los tres "merece" ser el agraciado.

Los reality show son parte de la bazofia que caracteriza a la televisión. Su fuerza e impacto radican en el poder del dinero y en la amoralidad característica de la mayoría de esos medios. En ellos se explota, por medio de todo tipo de artimañas y groserías que atentan contra la ética y la dignidad, a un público ávido de necesidades económicas y afectivas, y yermo de defensas intelectuales. Entre los reality show "normales" y los que ha diseñado la televisión holandesa la diferencia es inmensa.

La donación de órganos es, por antonomasia, uno de los actos humanos más hermosos. Altruismo y solidaridad son el corazón de esos actos y son unas de las características humanas más bellas. Convertir en circo y en rifa la donación de órganos en menoscabar la ética humana y la ética médica. El gran espectáculo de los donantes transformará el altruismo en tómbola y la solidaridad en circo.

Si bien es cierto que en el mundo la oferta de órganos para ser transplantados es mucho menor que la que se requiere, este tipo de programas trastoca el cor cordis de la medicina y de la dignidad humana. Aunque la palabra moral no sea parte del léxico de la mayoría de las compañías televisoras, sí lo debería ser de la profesión médica. Cor cordis es el origen etimológico de corazón y significa, al mismo tiempo, sentimiento, inteligencia y estómago.

Cor cordis es una gran palabra y debería ser el alma de la medicina. Poco se puede hacer contra la amoralidad de las cadenas televisivas, pero mucho pueden hacer los doctores: no comerciar con la vida, no prostituir sus servicios y no ser instrumento de la amoralidad televisiva.

(Addendum sin erratas a mis reflexiones. El 2 de junio la prensa informó que El gran espectáculo de los donantes fue un montaje de la televisión holandesa "para fomentar las donaciones", y, por supuesto, para ganar audiencia. Los posibles receptores eran reales, la "donante" no era auténtica. De acuerdo con la prensa el "tono del programa no se diferenció mucho de las rifas de viajes, automóviles o apartamentos". ¿Qué decir? Televisa dirá, "fantástico". Yo escribo: qué mierda.)

 
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