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Hermann Bellinghausen

Días extraños

Las canciones urgentes deben ser cantadas, urgentemente, para nuevas cosas y con voces diferentes a las que abruman los oídos de la masa con balbuceos, de los emisores industriales a los reproductores electrónicos en la comodidad del hogar o donde sea. Ese ruido omnipresente que hoy sustituye la música y la letra.

En algo así debieron pensar los Mekons, el excéntrico grupo británico, al grabar en 2003 las piezas que habían compuesto hacia 1977, cuando eran primitivos y estaban muy interesados en el punk, tanto como éste se interesaba en ellos (Punk Rock, Quartestick Records, Chicago, 2004).

Están pasando cosas extrañas. Los Mekons descubrieron que las rabias de entonces, ellos siempre tan políticamente conscientes, poseen una increíble actualidad en estos "años cero" que siguieron a los 80 y 90. Superado el desencanto con la historia que marcó la música finisecular de este grupo indescriptible, cantan con la inmediatez del ahora o nunca, resultando melódicos y extrañamente optimistas (gracias a la ironía que los distingue de sus primos hermanos de Clash, quienes transformaron el punk de herramienta de combate en arma del arte).

Algo similar irradian, por raro que suene, los ensayos recientes del poeta y traductor de lírica mexicana Eliot Weinberger (Una cosa elemental, New Directions Books, Nueva York, 2007). Es sabido que el ensayo en lengua inglesa posee versatilidad y libertades infrecuentes en castellano. Y aún así la serie de Weinberger resulta arriesgada y extraña. ¿En qué momento se vuelve poema, delirio, trasunto borgeano? Una pieza enumera 30 hombres llamados Chang que existieron en distintos periodos y latitudes de la milenaria historia china. Así nada más, sin justificación, pero comprobables en las fuentes. Uno de ellos, Chang Jung, poeta del siglo quinto, recibió alguna vez un abanico blanco hecho de plumas de garza, regalo de un monje taoísta que le dijo: "Las cosas extrañas deber ser dadas a la gente extraña". El emperador habría dicho que su reino era insostenible sin un hombre como Chang Jung, "pero no soportaría dos".

La mirada bizarra de Weinberger (quien por cierto no esperaba volverse incómodo para el poder de Estados Unidos hasta que decidió opinar sobre el terrorismo de Bush y sus secuaces en memorables artículos periodísticos) ya se adelanta en la portada del volumen: una inquietante toma submarina del periodo devónico, elaborada por el fotógrafo Hiroshi Sugimoto, con artefactos y aspiradoras.

Hay algo urgente en la extrañeza. Y qué, ¿nos va a provocar risa? En 1893, Marcel Schwob se atrevió a denostar la sobrevaluada risa, "probablemente" destinada a extinguirse. "No se comprende bien por qué, entre tantas especies animales desaparecidas, persistiría el gesto de una de ellas. Esa grosera prueba física del sentido que se tiene de una cierta armonía en el mundo deberá borrarse frente al escepticismo completo, la ciencia absoluta, la piedad general y el respeto de todas las cosas" (El terror y la piedad, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2006).

Reír, opina Schwob, "es dejarse sorprender por una negligencia de las leyes. ¿Se creía pues en el orden universal y una magnífica jerarquía de causas finales? Cuando se hayan enlazado todas las anomalías en un mecanismo cósmico, los hombres no reirán más" en su "sentirse superiores". Y avizora: "El reconocimiento de la igualdad entre todos los individuos del universo no hará levantar los labios sobre los colmillos". Schwob se regocija en un dato: "Los biógrafos de Walt Whitman dicen que nadie lo vio reír una sola vez en la vida. Era un hombre afable y alegre, que comprendía todo. Las anomalías no eran para él milagros del absurdo. No se creía superior a ningún ser".

Nótese lo extraño. Whitman, el individuo que quiso ser todos los hombres, cantor de todas las cosas, tolerante y bueno, no reía. No tenía de quién. Ese hombre en armonía con las extrañezas del cosmos lo mismo que las carnales evidencias proletarias y bucólicas, refinadas o vulgares pero humanas, sintió la plenitud humana, un poco a la manera de César Vallejo, ese cholo arrebatado que en una ocasión se le apersonó a Leonard Cohen, cantor de lo urgente y lo extraño (aquel de "te dije cuando llegué que era un extraño"). El juglar de Montreal cuenta en un poema de Stranger Music. Selected Poemas and Songs (Vintage Books, 2003) cómo le salió al paso la humanidad de César con su tarde de lluvia a cuestas. "La cosas en Milán mejoraron mucho. Conocí a una muchacha y un poeta. Uno de ellos estaba vivo, y el otro muerto. El poeta era de Perú, y la muchacha una doctora". De ella dice: "nunca la olvidaré". De él: "Era un gran hombre que venía de la guerra civil. Me dijo que su muerte estaba en mis manos, porque yo era el siguiente en explicar la debilidad del amor". Vallejo devolvió a Cohen el espíritu. La muchacha le dulcificó la sonrisa.

Justo es reconocer que, en su osadía, Schwob no se atrevió a tocar a la sonrisa ni con la sombra de una duda. Entrevió una línea curva entre dos labios: la belleza de lo real y la luminosidad de la alegría por sí misma. En este mundo contemporáneo que tan feo pinta, sólo la sonrisa con toda su extrañeza sabrá defendernos de lo que acecha y de las risotadas de la bestia.

 
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