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"No queremos que nos quiten lo poquito que nos queda, porque atrás vienen los hijos"

Maestros inconformes con la Ley del ISSSTE instalan hoteles en vía pública

LAURA POY SOLANO

En el fraccionamiento Lomas del ISSSTE la vida cotidiana sigue su curso. Bajo lonas de colores, que hoy están semivacías, aún dormitan decenas de maestros de distintas regiones. Recostados en pedazos de cartón aguantan a la sombra un sol que cae a plomo y que bajo sus techos de plástico parece aún más intenso.

Su barrio, como denominan al plantón que instalaron desde el pasado 7 de mayo frente a la sede del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) en avenida de la República para exigir la derogación de su nueva ley, crece y se achica de acuerdo con la marea del magisterio que va y viene a sus comunidades.

Una telaraña de cuerdas y lazos sostiene una techumbre multicolor que tanto cubre a quienes llegaron desde regiones del sur hasta quienes habitan en el bajío o la costa.

Desde los primeros pasos es posible identificar, por los numerosos letreros, el origen geográfico de sus pobladores. En las inmediaciones de Paseo de la Reforma, maestros del sector Huajuapan, Tlaxiaco e Ixtlán, de la sección 22 de Oaxaca, ordenan cobertores, maletas y cartones para asegurar un espacio a los "recién llegados", los profesores que cada semana se turnan para venir a la capital y participar en las acciones de protesta.

Unos metros más adelante, una "casita" azul, por los plásticos que recubren sus cuatro costados, es inaugurada por cinco maestras de la región Sierra de Juárez, en Oaxaca. Es su primera visita a Lomas del ISSSTE.

Los cambios del clima, con caliente el día y el "frío del sereno", las animó a levantar en unas horas, con la ayuda de maestros de la región, un "espacio más digno, porque aunque sabemos lo que es resistir durante meses un plantón, a veces se olvida que no venimos a descansar, que aguantar aquí es duro, porque te enfermas o pescas una infección, pero no queremos que nos quiten lo poquito que nos queda, porque atrás vienen nuestros hijos y a ellos no les va a tocar nada".

Lo más duro, afirman, no es el frío o la lluvia, "es dejar a los hijos, el marido y la familia. Muchas maestras de regiones rurales, alejadas, sabemos que ser profesores es muy duro. En las escuelas de las zonas indígenas no llega nada de los programas sociales que anuncian; allá en Oaxaca si no eres priísta no te dan nada. Nosotras pagamos hasta el transporte para llegar a las comunidades más lejanas, pero ni así, porque siempre falta algo, cuando no es alimento para los niños, no hay material, y lo peor es que ni papelería hay; pero eso sí, por donde sea hay cantinas".

Resort cinco estrellas

Más adelante, un letrero indica que el magisterio oaxaqueño quedó atrás con un contundente "¡Por los que nunca se rajan!", las regiones de costa y montaña de Guerrero agrupan a decenas de maestros frente a precarias cocinas, donde tablones de madera han sido dispuestos como mesas para preparar alimentos y cocinar lo que se anuncia en un cartón como "menú cinco estrellas".

Ya en la región del bajío, profesores de la sección 18 de Michoacán identifican con precarias vallas de madera que se visita el barrio de los de Uruapan, Maravatío, Puruándiro, Pamatacuaro, entre otros.

Los más exigentes han levantado desde precarios baños donde se advierte "ocupado, pareja bañándose. Vapor y turco", hasta verdaderos "resort cinco estrellas", que con elaborados letreros indican: residencia oficial "El carrizal de Arteaga", magisterio de Michoacán.

Otros más anuncian: "Gran Hotel de los Purepéchas" y como mensaje a los visitantes informan: "esta casa fue construida por el sector Pama. Se aceptan contrataciones. 2 de junio de 2007. Zona 505. Michoacán". Unos metros más adelante se localiza el Mely Azul y advierte que es all inclusive y en atención a sus huéspedes no olvida anteponer un "Welcome" en su portal.

A tan sólo unos pasos del Monumento a la Revolución, el fraccionamiento Lomas del ISSSTE se observa tranquilo. Un improvisado estacionamiento cerca sus límites, más allá de las vallas que resguardan los 30 baños portátiles disponibles para sus ahora escasos habitantes, en una ciudad que, indiferente, sigue con su día a día.

 
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