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Editorial

La CIA, el esbirro de Washington

Desde hace varias décadas, la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) ha sido acusada de realizar una amplia gama de actividades ilegales, y hasta criminales, contra los propios estadunidenses y contra ciudadanos extranjeros, acusaciones que han sido sistemáticamente desmentidas por Washington. Sin embargo, la próxima publicación, el 25 de junio, de un archivo sobre los programas y operaciones ilícitos de la CIA deja en claro que la agencia ha sido un oscuro instrumento de la Casa Blanca para consolidar, por cualquier medio, su hegemonía mundial y minar la resistencia nacional e internacional a sus ambiciones.

Las actividades ilegales enlistadas en el archivo no dejan lugar a dudas: la CIA ha sido desde los años 50 la mano negra de Washington encargada de hacer las tareas sucias que la Casa Blanca prefiere mantener en secreto. Tal afán de incógnito se debe al carácter inaceptable y reprobable de sus acciones, contrarias al discurso de respeto a la democracia, al derecho internacional y a los principios humanitarios que los sucesivos gobiernos de Estados Unidos tanto han pregonado. Pero lo peor de todo es que la CIA sigue recurriendo a esas prácticas, a pesar de los escándalos y de la oposición que suscitan.

Entre las medidas ilícitas perpetradas por la agencia figura el secuestro de un desertor ruso, el cual tiene su paralelismo actual con los secuestros de sospechosos de terrorismo por parte de la CIA en territorios de otros países y su traslado en vuelos secretos a cárceles clandestinas en terceras naciones.

La agencia también ha intervenido las comunicaciones de connotados periodistas, lo que constituye un inequívoco atentado contra la libertad de prensa. Aunado a esto, la CIA ha espiado a los disidentes y críticos de la política oficial, como los detractores de la guerra de Vietnam y los activistas en pro de los derechos civiles de la población negra de Estados Unidos, incluido Martin Luther King. En la actualidad, la CIA, junto con otras agencias de inteligencia, forma parte del programa Echelon, de espionaje electrónico y satelital a escala internacional, y del programa Carnivore, destinado al espionaje electrónico nacional. De hecho, la decisión de la Casa Blanca de autorizar la intercepción de comunicaciones sin la necesidad de una orden judicial es un eco de los métodos empleados por la CIA.

Por otra parte, la revelación de que la agencia fraguó complots para asesinar a jefes de Estado como Fidel Castro demuestra su falta de escrúpulos para recurrir a medidas propias de una organización mafiosa, a la vez que pone de manifiesto la intolerancia de Washington hacia los gobiernos que se oponen a sus designios. Ello sin mencionar que al mismo tiempo que la Casa Blanca intentaba eliminar a personajes como el mandatario cubano, alababa y respaldaba abiertamente a dictadores tan sangrientos como el chileno Augusto Pinochet, situación que pone al descubierto la hipocresía y el cinismo de la política exterior estadunidense.

Otro suceso que llama la atención es la experimentación de drogas en seres humanos financiada por la CIA para modificar, y por ende manipular, el comportamiento de las personas: se trata de programas prohibidos incluso por las leyes de Estados Unidos, que violan los derechos humanos y los principios éticos que rigen la investigación médica.

Queda demostrado, pues, que la CIA es hoy por hoy el máximo exponente del llamado terrorismo de Estado y una de las entidades más peligrosas para la estabilidad mundial, sobre todo en el contexto actual de las guerras contra el terrorismo islámico y el narcotráfico internacional.

 
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