Directora General: CARMEN LIRA SAADE
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Domingo 24 de junio de 2007 Num: 642

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El legado poético de
José Hierro

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Rolando Hinojosa, candidato al Cervantes
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Hugo Gutiérrez Vega

ENTRE CIELO Y TIERRA DE AUGUSTO ISLA (II Y ÚLTIMA)

Wells es un escritor preocupado por el futuro. Precariamente instalado en su tiempo histórico ve con horror las cosas que vendrán más tarde y que son consecuencia del mito del progreso y del "apresurado andar de la ciencia y de la tecnología y, por ende, sus resonancias sociales". En este aspecto es muy patente el espíritu justiciero de Wells y su defensa de la igualdad de oportunidades entre todos los seres humanos.

La utopía de Wells, con toda su carga de modernidad, no puede –ni quiere– prescindir de la máquina que es el resultado de muchos siglos de un desarrollo tecnológico, que se inició en el momento en que el hombre primitivo se dio cuenta de que el rudimentario instrumento era una extensión de su brazo que le ayudaría a modificar la realidad circundante. Sobre el tema de la máquina, Augusto Isla, construye toda su teoría sobre el carácter utópico y desalentado de la obra de Wells. Sin embargo, debemos recordar que el inventor de la máquina del tiempo, después de sus amargas experiencias, decide regresar a un "mundo feliz" y bucólico lleno de hermosos jardines y de bellas criaturas amantes de todo lo vivo. Tenía, por lo tanto, confianza en lo humano y anunciaba la llegada de "ese gran ingeniero" que es el hombre capaz de "construir con paciencia y gracia un sistema de cosas bien ideadas, simples y perfectas". Augusto Isla no ocultó su total admiración por ese profeta desolado que fue George Orwell. Antes de entrar en el tema de la obra orwelliana, analiza algunas definiciones de la utopía, recuerda a Moro y se detiene en ese momento de esplendor que fue el Renacimiento. Maquiavelo y Pico de la Mirandola le entregan una imagen poderosa de esos tiempos dorados.

Con notable destreza de pensamiento, Isla une la utopía de Moro con la desilusión de Orwell, y encuentra en la novela 1984 esa "distopía" de la que hablaba Cyril Connolly. Tal vez la frase más terrible de la novela sea la dicha por Winston Smith, el personaje principal: "Los muertos somos nosotros." El Big Brother lo vigila todo y gira sus instrucciones a través de la pantalla de televisión. Lo más trágico de ese mundo es la prohibición del amor que lleva a la total deshumanización. Acertadamente, nuestro autor hace una comparación con la película de Ridley Scott Blade Runner y su mundo de androides, de lluvia constante, de total decadencia en medio de los anuncios luminosos.

Alaba con justicia los matices satíricos de la obra de Orwell y recuerda el cuento siniestro "La Granja de los animales", con sus cerdos que forman la nomenklatura y los feroces mastines entrenados para defender al sistema. En esta fábula brutal la decadencia y la caída de la utopía son tan patentes que cierran todas las salidas.

El lector tiene en sus manos un libro sobre las utopías soñadas por tres grandes autores que es, a su vez, un alegato a favor de la utopía. Por eso cita a Ernest Bloch y glosa su idea de que lo utópico es algo que "todavía no ha llegado a ser lo que debería".

Tiene razón Augusto Isla cuando afirma que Orwell no contrapuso a este presente oprobioso "una comarca eternamente feliz, sino apenas un poco mejor". De esta manera, Orwell logró lo que nos recomendaba Bertolt Brecht: "Dejar al mundo mejor de como lo encontramos" o, por lo menos, intentarlo.

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