Usted está aquí: sábado 7 de julio de 2007 Opinión Partido político y gobierno: ¿identidad o diferencia?

Enrique Dussel* / I

Partido político y gobierno: ¿identidad o diferencia?

Hace unos días un colega escribió un interesante artículo en este diario sobre el partido político. Indicó como conclusión, si no lo he interpretado mal, que el partido político tiene que ser fiel al gobierno (cuando el representante elegido es del mismo partido) y ayudarlo en sus logros. Por ello es criticable el enfrentamiento del dirigente de un partido político con el representante elegido del mismo partido que es gobierno. Sin embargo, si esto fuera llevado a su extremo, el partido tendería a ser una institución de la sociedad política como tal: se identificarían Estado y partido, y este último tendería a ser "partido único" o al menos "partido de Estado". Esto, opino, no es conveniente.

Durante 70 años vivimos la experiencia, todavía en vigor en la mayoría de los estados bajo el poder de gobernadores que, como verdaderos "virreyes" -se ha escrito con propiedad esta metáfora-, identifican su partido al gobierno. Son feudos inamovibles, antidemocráticos, monopolares. Allí el partido es gobierno, y no hay ningún conflicto posible entre ellos: el gobernador que ejerce el poder es, de hecho, el dirigente del partido... como antes lo era el presidente para todo el país.

En este caso el partido se ocupa de reproducir el estamento burocrático del Estado y se transforma en "maquinaria electoral", exclusivamente para garantizar la indicada ininterrumpida reproducción del sistema. Creíamos que habíamos superado el síndrome de los "70 años", pero no es así, pervive y con muy buena salud.

La institución democrática de elegir representantes (en realidad son dos instituciones: la representación misma y la manera de elegir al representante) exige, para tener legitimidad, que haya una participación simétrica de los actores. ¿Cómo habría simetría en la elección de representantes si los de un partido cuentan con todo el poder del Estado y los otros no? En este sentido la identidad (o la demasiada subordinación del partido al gobernante) crea una asimetría necesariamente antidemocrática.

Además, en la gobernabilidad misma del ejercicio del poder, una dimensión consiste en que el candidato de un partido sea elegido, y otra que el elegido sea, en virtud de la elección, el que ejerce delegadamente el poder depositado por todo el pueblo en una institución política (por ejemplo, ser gobernador). Dicho ejercicio, de lo que llamo "poder obediencial" (véase mi obra 20 tesis de política, tesis 4), no es ya en beneficio de los miembros particulares de un partido, sino de toda la población, de toda la comunidad política. En cierta manera, el elegido cambia de estatuto al asumir la responsabilidad del gobierno, y se transforma en representante al servicio de todo el pueblo.

Es por estas razones, y hay muchas más, que es adecuado diferenciar entre el partido político y el gobierno, aun a riesgo de confrontaciones. El que un presidente llegue a promover la elección, dentro de su partido, de una mayoría de miembros que le son subordinados o leales en una asamblea partidaria, puede parecer normal o inevitable, pero no es conveniente. Otra cosa es que teniendo autoridad moral obtenga de sus correligionarios un voto de confianza y de conformidad que le permita gobernar con mayoría en los otros poderes, para hacer más factible la gobernabilidad, pero guardando claramente el derecho posible a la confrontación, ya que el partido y el gobierno no son idénticos, y es correcto que no lo sean.

Esto nos lleva a la pregunta de fondo, entonces: ¿para qué sirve el partido político al gobierno de turno, a los futuros gobiernos y al pueblo todo? Esto exige reflexionar sobre la esencia del partido político, ciertamente en crisis en nuestro medio.

Si el partido político no debe ser primera ni fundamentalmente una "maquinaria electoral" que se pone en acción en las elecciones, y que previamente piensa toda su estrategia en vista de dicho evento, y tampoco debe identificarse con las instituciones del Estado, ¿qué son los partidos? Ante ello caben dos preguntas: ¿quiénes son los miembros de un partido político?, y ¿cuáles son sus responsabilidades cotidianas fuera de los actos electorales?

En la Revolución Francesa los primeros partidos, como los jacobinos, fueron como clubes de amigos de los representantes electos que preparaban las siguientes elecciones entre sus relaciones. Eran "maquinarias electorales". Sus miembros eran fundamentalmente los representantes elegidos, la burocracia política. En México actualmente los miembros activos de los partidos son los que forman parte de la burocracia, que reciben sueldo. Hay poca posibilidad de colaboración organizada de miembros de buena voluntad que cumplan tareas no remuneradas; al menos no son la mayoría.

Por el contrario, en la segunda parte del siglo XIX surgieron partidos obreros cuyos miembros excepcionalmente eran representantes electos, por lo que militaban en dichos partidos en vista de una lucha social y política que partía de sus necesidades y sus convicciones. El partido era un escuela política, lugar de reunión, discusión, aprendizaje retórico, información, donde se efectuaba el diagnóstico de las situaciones concretas. Después de la Primera Guerra llamada Mundial surgieron, junto a los partidos socialdemócratas y comunista, las democracias cristianas en Europa. Estos partidos tenían membresía, pero igualmente organización de la base, formación de sus dirigentes, campañas políticas en diversos niveles, donde sus militantes aprendían a ser actores en el campo político. Estos partidos eran "escuela de política".

En nuestro medio no hay nada parecido. En el mejor de los casos hay un excelente liderazgo que convoca la voluntad popular y que puede reunir cientos de miles de ciudadanos. En otro nivel se encuentra la burocracia del partido, en buena parte a sueldo del Estado por ser elegida como representante o por cooperar en el ejercicio del gobierno. Pero debajo de esa burocracia se encuentra el ciudadano que vota por el partido, pero que dejado individualmente a su propio destino, va de la exaltación del mitin multitudinario a la soledad de su domicilio particular -como sugería Jaime Avilés. El partido no tiene ninguna institución intermedia que acoja al simpatizante, para darle la posibilidad de constituir un grupo fraterno de correligionarios, donde se eduque políticamente y actúe cotidiana y continuamente, día a día, semana a semana, mes a mes, superando así la mera participación a la convocación multitudinaria impersonal a la que le seguirá otro mitin también impersonal, donde además del entusiasmo no se aprende mucho más. Un partido político así no es "escuela política"; sigue siendo una "maquinaria electoral", y depende de los momentos fuertes de la elecciones cuando las elites del poder, que tienen todos los medios propagandísticos, lo vencerán una y otra vez.

¿Es posible revertir esta lógica derrotista y salir del esquema de "partido maquinaria electoral" para convertirse en "escuela política"?

Filósofo

 
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