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Bernardo Barranco V.

Misa en latín, regreso a la teatralidad

Desde hace meses se esperaba el retorno de la misa en latín, alentada directamente por Benedicto XVI. La pregunta es: ¿sólo se trata de la misa en latín? El Papa ha puesto fin a un largo debate entre liturgistas al rubricar el Motu Proprio Summorum Pontificum, que levanta las restricciones impuestas por la reforma litúrgica de Pablo VI en 1970 al uso de la liturgia anterior, promulgada por Pío V en 1570, quien recogió las indicaciones del Concilio de Trento frente al protestantismo, misal puesto al día por Juan XXIII en 1962.

Están acreditadas las reticencias de Ratzinger y sus críticas reiteradas a los "excesos" que cometen numerosos sacerdotes durante la misa con cantos, música y bailes que considera incorrectos; son reservas en el fondo, a la inculturación de las expresiones litúrgicas del catolicismo. No se debe pasar por alto que el 20 de abril de 2005, Benedicto XVI celebró la primera misa de su pontificado en la Capilla Sixtina junto a los 114 cardenales que lo eligieron pontífice y pronunció la homilía en latín.

Durante siglos la liturgia de la Iglesia fue invariable: las misas se celebraban bajo el rito tridentino, el sacerdote daba la espalda al pueblo y la música más habitual era el canto gregoriano o la polifonía. Las aperturas del Concilio Vaticano II y Paulo VI cambiaron los actos litúrgicos, las celebraciones se abrieron a las lenguas locales para acercar el significado de la liturgia a las diferentes culturas; las ceremonias se hicieron menos solemnes, la música y las expresiones simbólicas se abrieron a las diferentes manifestaciones artísticas particulares de cada pueblo como el decaimiento del uso del órgano. Entre ellas destaca la misa católica de Zaire, en Africa, que dura por lo menos tres horas: además del tiempo hay que contar con condición física, pues la mayor parte de la liturgia se expresa entre danzas y vigorosos movimientos.

La promulgación de Benedicto XVI, de suyo esperado, ha provocado ya desaprobaciones tanto de la comunidad judía como de sectores católicos no conservadores, ahora llamados "liberales"; incluso un obispo como Luca Brandolini, citado por el diario italiano La Repubblica, quien participó en el Concilio se dijo decepcionado y de luto por tal medida que contraviene el espíritu renovador e innovador del Vaticano II. Motu proprio significa iniciativa propia, sin que responda a hechos o peticiones externas; es una decisión que recae directamente en el sumo pontífice y busca compensar, según expresan los voceros, a las insistentes solicitudes de fieles que sumarían no más de uno por ciento de la población católica compuesta por filomedievalistas, ultraconservadores y ancianos.

Lombardi y Bertone, vocero y secretario de Estado, respectivamente, han externado que la medida también busca la reconciliación con el movimiento francés lefebvrista que desafío las medidas del concilio y a la autoridad del papa Paulo VI. El retorno a la liturgia tridentina es interpretado como un esfuerzo por aproximarse a los sacerdotes escindidos con el obispo francés Marcel Lefebvre y excomulgados en 1988 por Juan Pablo II, tras consagrar a cuatro obispos ignorando la autoridad papal. La pregunta sería si existe un interés abrasador por reconciliar posturas en la Iglesia, ¿por qué Benedicto XVI desaprovechó la oportunidad en su último viaje a Latinoamérica y acercarse a los sectores simpatizantes de la teología de la liberación?

El decreto del Papa de todos modos no suprimirá la liturgia moderna emanada del Concilio; aspira, sí, a reconciliarse con la lefrebvriana Fraternidad Sacerdotal San Pío X, con la que tuvo estrecho contacto entre 1982-1988, y poner fronteras a las innovaciones litúrgicas que se ensayan en diferentes partes del mundo; ya en 1988 el cardenal Ratzinger comentando la dura decisión de la excomunión a obispos ultraconservadores, señaló: "En materia de liturgia, los problemas surgen solamente, de manera esporádica, ahí donde la creatividad salvaje hace desaparecer el misterio sagrado" (Documentation catholique, 24 octobre de 1998).

Existe también la hipótesis de espectacularizar lo religioso, es decir, exaltar la forma sobre el fondo. El papa Ratzinger es el primer interesado en restaurar el mensaje cristiano en el centro de la modernidad bajo la era global, centrar la interlocución donde los medios representan uno de los ejes determinantes de la conformación de la cultura y del sentido común. Aún están frescas las exequias pontificales de Juan Pablo II que atrajeron el glamur de más de 200 jefes de Estado y distinguidas personalidades del mundo. Las ceremonias, solemnidades y significados antiquísimos acapararon el interés y embeleso de la audiencia. Los liturgistas, a través de micrófonos y cámaras, explicaron eruditamente los protocolos, gestos, insignias y rituales que se creían perdidos en la cuna de Occidente. Aquí el pasado y presente se conciliaron, la tradición visual vincula legados evocados quizá por la pérdida de significados actuales con vacíos actuales. El show fue absolutamente eficiente.

Si la secularización, el relativismo social, expulsa la noción de lo divino, la Iglesia pretende contrarrestarla y hacerse presente en la sociedad con nuevas visibilidades litúrgicas que refuncionalicen la nostalgia religiosa y la emoción histórica, aun si hay que remontarse a la Edad Media; podrá lucir y mostrar una parte no desdeñable de su riqueza artística concentrada. Se correrán peligros, al principio llamarán la atención de los medios el regreso a la misa en latín, lengua muerta que bajo la era global su resurrección podrá ser un distintivo; sin embargo, la sobrexposición y la teatralización de lo sagrado pueden llevar a la caricaturización vade retro, pasando a segundo plano el interés real por la difusión del evangelio y el reposicionamiento de ancestrales expresiones litúrgicas. Pareciera confirmarse que esta iniciativa de la Iglesia bajo Benedicto XVI no quiere mirar hacia fuera y hacia el futuro, en cambio, lamentablemente, sigue mirando al pasado y encerrándose hacia adentro.

 
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