Usted está aquí: sábado 14 de julio de 2007 Disquero Cuando tenga 64 años de más

DISQUERO

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Cuando tenga 64 años de más

Pablo Espinosa

Paul McCartney cumplió 65 años hace poco, el 6 de junio, y el ramalazo le causó soponcios tales que se notan en su nuevo disco, preparado desde que se le cumplió el plazo que se había fijado con sus colegas The Beatles en un clásico que les dio mucha risa de jóvenes: Cuando tenga 64 años, pero ahora el malestar en la cultura está grabado, antes de que sus neuronas se le quieran ir de vacaciones, en su nuevo álbum, que no en balde tituló memory almost full, en alusión a la capacidad de almacenamiento de su contestadora telefónica y del actual culto al megabyte que nos circunda.

El día 6 del mes seis del año 2006 fue como un día de campo para él porque lo que le rebotó en su cumpleaños 64 fue más un recurso de marketing para la industria del espectáculo que el susto que ahora sí se le nota cuando la dura realidad le rebota deterioro físico, temor y temblor a lo Kierkegaard, el viejo trauma de la cultura ju-deocristiana que somete a los que se dejan mediante una tortura ideológica: tenerle miedo a la muerte.

Pero seguramente algo le pudo enseñar su amigo George Harrison, quien murió en medio del dolor físico inenarrable del cáncer, para trascender limpiamente, convertirse en luz, convencido de que la muerte es parte de la vida, una posibilidad de iluminación, según aprendió de la filosofía milenaria a la que se acercó y compartió sus enseñanzas.

Sobreviviente al cáncer en el cerebro de su amigo George, al balazo en la cabeza que recibió de manos de una pinche cucaracha su amigo John, del lujo sibarita y modorra valemadrista de su amigo Ringo, el Gran Mac enfrenta sus fantasmas con un disco fresa, bien fresa, tan fresa como toda su música y que constituye precisamente buena parte de su encanto.

Melodista extraordinario, el Gran Mac nunca se ha presentado como un filósofo de la canción. Vaya, es de todos sabido que Yesterday no tenía nombre, se limitaba a una cantinela: scramble eggs (huevos revueltos) puesta en el piano y en el canturreo con eficacia contundente hasta que surgió el título y la letra que ahora conocemos. El ejemplo viene al caso porque en el nuevo disco del Gran Mac no hay nada nuevo. Es más, en ningún disco del Gran Mac hay nunca nada nuevo, salvo la eficacia, siempre renovada de manera intrínseca, de su gran poderío sintáctico, prosódico y su oficio insuperable como melodista genial. Es como los envidiosos que dicen que Vivaldi escribió 500 veces la misma partitura. No es el caso del Gran Mac, cuya variedad temática, melódica e instrumental lo tienen donde merece, hasta arriba.

A pesar de la prensa del corazón, la del Gran Mac es una vida de artista cuyos temores, fantasías, sueños e ilusiones están plasmados sin saturar la memoria, además que el recurso de la memoración no es nuevo en él (recuérdese el clásico atesorable In my life, con la fuerza de Los Bíceps, Los Bítles, The Beatles), en su nuevo disco, donde se pone tan nostálgico, agridulce y tierno, que hasta dicta instrucciones para su funeral.

 
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