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Marcos Roitman Rosenmann

Las burguesías progresistas y liberales

Ampliar la imagen El presidente de Argentina, Néstor Kirchner, y su esposa Cristina Fernández, en un mitin en la ciudad de Buenos Aires El presidente de Argentina, Néstor Kirchner, y su esposa Cristina Fernández, en un mitin en la ciudad de Buenos Aires Foto: Ap

Recientemente tuve la oportunidad de constatar el odio que sienten las burguesías latinoamericanas que se dicen progresistas y de izquierdas hacia los procesos políticos anticapitalistas existentes en América Latina.

Particularmente, los casos de Bolivia, Ecuador y ya no digo Venezuela y Cuba. Bajo este manto de progresistas elaboran alambicados argumentos sobre las libertades individuales, los derechos políticos y el sacrificio personal para justificar el éxito de los procesos políticos progresistas (el suyo) y descalificar los proyectos anticapitalistas. Todo comienza con un argumento asentado en una reafirmación de su yo, subrayándolo de manera que no quepa duda. Estamos ante una persona que reivindica su individualidad. La sociedad es el resultado de un contrato entre yos. Esfuerzo, disciplina, control, ascetismo y una fuerte dosis de moral, fundada en valores cuya máxima es competir. Nada más progresista que luchar por salir adelante en condiciones de extrema pobreza. Generación espontánea. Afrontar dificultades sin parangón. Romper los moldes y expresar al resto de la humanidad la grandeza de prosperar por cuenta propia bajo la tesis: la riqueza no es de nadie, es de quien trabaja, sudar y apropiarse de una parte alícuota de la misma. Justicia distributiva. El círculo virtuoso de la educación, el conocimiento y la movilidad social ascendente, el fetiche sobre el cual se edifica una mentalidad ganadora. El triunfo del capitalismo, el mercado competitivo y la fuerza de la democracia representativa.

Las elites progresistas y liberales se recrean en esta dinámica. Estudian sin perder de vista sus objetivos. Así comienzan su instrucción ideológica y su educación para ser competitivos. Realizan cursos intensivos de idiomas. Inglés, francés, alemán y ahora chino. Como parte de su estética se incorporan al mundo bajo su concepto de la dieta sana, practican deportes para quitarse el estrés después de una jornada ardua de sufrir los avatares de sus acciones en la Bolsa. Pasan una parte importante del día en Internet y no pierden la posibilidad de jugar al play station. Su horizonte mediato es comprar una vivienda de grandes dimensiones, disfrutar de vacaciones de lujo, solventar sus fondos de pensiones y tener una gran pantalla plana de televisión, nueva maravilla de la sociedad de la imagen. No menos que permitirse jugar golf, deporte para las elites progresistas y de izquierda amantes de la naturaleza, el verde, las buenas vistas y la exclusividad. Estas elites portadoras del sentido de la tolerancia son políticamente correctas en sus modos. Nada se les escapa. Ni el discurso de género ni las críticas a las torturas en Guantánamo, ni su repulsa a la guerra contra Irak ni tantas felonías o invasiones, siempre y cuando formen parte de un pasado muy lejano y no comprometan ninguna de sus concepciones de tolerancia, multi y pluricultural. Como parte de la nueva izquierda política e intelectual de la burguesía progresista son militantes activos. Se comprometen y se adscriben a los partidos de la izquierda institucional. Les une una lucha: evitar la destrucción del planeta Tierra, frenar a la derecha, los populismos de izquierda y los totalitarismos. ¿Quién puede oponerse? Ellos son el referente de la democracia de nuevo cuño. Abanderados de la gobernanza mundial. Con ello destapan lo invisible. Si para lograr esos objetivos deben recurrir a la sociedad-espectáculo, no tienen remilgos. De esta manera, no se cortan un pelo en organizar performance con el objetivo de mostrar cómo y de qué manera se viola, se tortura o se practica la pedofilia. Son alimañas. Disfrutan con los relatos sobre técnicas aplicadas en los campos de concentración y los centros de torturas en los países del cono sur. Siguen el relato con entusiasmo y piden más. Están ávidos de carnaza. Por otro lado, se jactan frente a los demás de ser grandes defensores de todo cuanto huele a libertad humana y de oponerse a la pobreza, la explotación, la desigualdad. Lloran cuando les cuentan calamidades y ven niños desnutridos con estómagos hinchados, rodeados de moscas en la boca, ojos saltones y blancos a punto de morir por desnutrición o ser engullidos por un buitre. Les sube la adrenalina. Se hacen socios de organizaciones no gubernamentales y solicitan apoyos para Médicos Sin Fronteras y asociaciones humanitarias. Por un instante se adscriben al pensamiento más progresista. Se sienten de izquierda, pero viven en Europa. En América Latina ya hay mucha violencia y no se está muy seguro en las calles. Han decidido abandonar sus países o simplemente viajar por el mundo y gozar de las mieles de Occidente. Pasearse por París, Londres, Amsterdam, Berlín, Madrid, Oslo, etcétera. Como elite, se juntan con sus iguales. Pero no les toquen sus bemoles, mientras sus homólogos europeos pierden su identidad y adoptan las formas culturales yankis yéndose a las universidades de Estados Unidos como símbolo de prestigio. Todo se maneja en los mismos parámetros. Sin embargo, la cosa cambia cuando se introducen variables ajenas a sus valores. ¿Cómo se lucha contra la explotación y la pobreza sin redistribuir la riqueza? ¿Cómo se recuperan las riquezas básicas, en manos de las multinacionales, cuyas fortunas se han logrado bajo contratos ilícitos y evadiendo capitales? ¿Qué pasa si se realizan reformas agrarias para limitar el poder de las oligarquías terratenientes y se potencia la organización popular de los trabajadores del campo para crear cooperativas de producción? ¿Qué ocurre cuando se busca refundar el Estado sobre leyes de autonomía que reconocen la realidad multiétnica de los pueblos indios?

Cuando éstas y otras cuestiones se ponen sobre la mesa desaparece para siempre el ideario progresista y de izquierda de la burguesía latinoamericana. Les aflora su condición de clase y se ubican donde siempre han estado. Su odio profundo hacia Evo Morales, Hugo Chávez, Rafael Correa, los sitúa en su posición política. Los hace participar en la estrategia desestabilizadora contra dichos gobiernos, además de mostrar su rabioso anticomunismo. No tienen argumentos, sólo destilan rabia y mala baba. Se sienten amigos de Michelle Bachelet, Lula o Tabaré. Mientras se hable de sus gobiernos se sienten cómodos. Son divertidos, incluso irónicos. Tienen sentido del humor. Pero mencione usted los éxitos en Bolivia, Venezuela, Cuba y las transformaciones en Ecuador. Eso les cambia la cara, lo acusan de ser fascista o comunista por defender el sentido de la democracia social. Eso fue lo que ocurrió en El Escorial, en el marco de los cursos de verano. En la sobremesa todo transcurría sin sobresaltos, hasta que se me ocurrió defender lo indefendible, según ellos. Mi prestigio cayó al suelo. Como siempre, llegué a la misma conclusión: debo ser progresista y de izquierda, pero sin dejar de ser buen liberal y capitalista.

 
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