Usted está aquí: domingo 15 de julio de 2007 Opinión Retrospectiva de Shohei Imamura

Carlos Bonfil

Retrospectiva de Shohei Imamura

Para el realizador japonés Shohei Imamura, fallecido en 2006 a los 80 años, autor de cintas tan memorables como La balada del Narayama, Lluvia de muerte y La venganza es mía, la representación fílmica su país quedó profundamente dividida al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces y por largo tiempo, según él, existirían dos versiones de Japón: una mirada "oficial", vinculada con la defensa del tradicionalismo que, como señala el historiador de cine Donald Richie en A hundred years of Japanese cinema (Kondasha ed., 2001), se resume en las imágenes clásicas del teatro Noh, la ceremonia del té, o el cine de Misoguchi, Ozu o del último Kurosawa; una sociedad semifeudal con geishas reducidas a una pasividad absoluta y nociones inamovibles de fidelidad al culto patriarcal; una iconografía exportable y muy popular en el extranjero; todo ello, en contradicción con el Japón de las clases menesterosas, ajeno a la sofisticación estética, realista en extremo, tan brutal y grosero como aparece en algunas cintas del primer Kurosawa -El ángel ebrio o Perro rabioso- o del cineasta subversivo por excelencia, Seijun Susuki, maestro de la violencia visual, inspirador de la estética alucinante de los manga nipones.

Desde sus primeras cintas, Imamura describe el malestar moral de la posguerra, rompe de tajo con las representaciones de lo femenino estático, señala los vicios de la corrupción y el carácter insondable de la maldad humana. De modo elocuente una de sus cintas se intitula La mujer insecto (1963), parábola de una prostituta, antigua campesina, que busca prosperar en la ciudad con la tenacidad y diligencia de una hormiga. En Los pornógrafos (1966) hay una reivindicación del voyeurismo y del oficio de fabricar muñecas eróticas de látex a cargo de un pornógrafo amateur atrincherado en su embarcación taller, que parte a la deriva hasta perderse en el océano --elegía del placer solitario y de un saber artesanal incomprendido, crítica mordaz de la hipocresía moral nipona. Desconozco la obra menos exitosa de Imamura, y a la que él reserva un cariño especial, El deseo profundo de los dioses (1968), su primera película en color, con tres horas de duración; al parecer, en ella destaca su estupenda mirada de documentalista cuando describe a una comunidad rural alejada por completo de la modernidad. En ¿Por qué no? (1981) ensaya con éxito la revisión histórica y retrata a la sociedad semifeudal del siglo XIX mediante el escrutinio de un campesino, extranjero en su propia tierra, de la desigualdad social y la mezquindad moral que le rodean. En 1983, Imamura conquista la Palma de Oro del festival de Cannes con La balada del Narayama, obra de una portentosa intensidad plástica que resume su visión de la muerte al mostrar al hijo que asume la tarea impuesta por su madre anciana de conducirla hasta la cima de la montaña donde habrá de terminar sus días. Esta historia, basada en relatos de Shichiro Fukasawa, había sido filmada en 1957 por Keisuké Kinoshita. Imamura, un cineasta en continua renovación temática, acomete también una reflexión ecológica sobre los estragos de la bomba atómica en Lluvia de muerte (1989), su regreso al tono documental y al recurso del blanco y negro para crear atmósferas perturbadoras. En Doctor Akagi (1998) insiste en su crónica de la posguerra en el retrato de un médico empeñado en erradicar el flagelo de la hepatitis. Sorprende con dos de sus últimas cintas, La anguila (1997), drama surrealista con tintes de nota roja que le hace acreedor por segunda vez a una Palma de Oro, y Agua tibia bajo un puente rojo (2001), celebración del hedonismo sexual y la comedia. Finalmente, La venganza es mía (1979), cinta que se proyecta hoy en la Cineteca, describe el itinerario de un asesino serial, aquejado por un profundo resentimiento familiar y social, en una narración que transita novedosamente de una época a otra a la manera de un ejercicio periodístico. Las imágenes, a menudo brutales, reflejan con acierto el desvarío mental del protagonista. El relato vigoroso tiene un inesperado desenlace poético. La retrospectiva de Imamura termina el domingo 22 de julio en la Cineteca Nacional e incluye diez largometrajes, la mitad de su estupenda filmografía.

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