Usted está aquí: jueves 19 de julio de 2007 Opinión Pugwash + 50

Miguel Marín Bosch

Pugwash + 50

Explorar sin descubrir es algo parecido a viajar sin un destino claro. En materia de desarme nuclear no pocas organizaciones de la sociedad civil se encuentran a la deriva. Están en crisis por varias razones, empezando por la política de Washington en este campo y la predecible reacción de Moscú. Han ido perdiendo el rumbo desde que en 1995 lanzaron una campaña mundial para abolir las armas nucleares. Su agarradera principal es el Tratado de No Proliferación (TNP) de dichas armas, único instrumento jurídico en el que las potencias nucleares se comprometieron a concluir acuerdos para eliminarlas. Esa obligación quedó plasmada en el artículo VI del TNP y en él se fundamenta el reclamo a China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia de arrastrar los pies en materia de desarme nuclear. En la última década el TNP se ha visto debilitado. El principal, pero no único responsable, es la administración de George W. Bush.

Hay algunas organizaciones no gubernamentales (ONG) que sí han logrado seguir promoviendo el desarme nuclear con cierto éxito. Una es Iniciativa de las potencias medias (MPI, por sus siglas en inglés) que agrupa a ocho ONG y, entre otras cosas, ha servido de apoyo a las siete naciones que, con distintos niveles de entusiasmo, propugnan una nueva agenda de desarme nuclear (Brasil, Egipto, Irlanda, México, Nueva Zelandia, Sudáfrica y Suecia).

Otra ONG que busca hacer avanzar las negociaciones de desarme nuclear es el movimiento Pugwash, cuyo nombre oficial es Conferencias Pugwash para Ciencia y Asuntos Mundiales. El origen del movimiento fue el manifiesto que suscribieron en 1955 Albert Einstein y Bertrand Russell y otros nueve científicos de todo el mundo. Preocupados por la intensidad de la carrera armamentista entre Este y Oeste, y alarmados por la amenaza de un holocausto nuclear, convocaron a una reunión de científicos para alertar a la opinión publica e identificar medidas para eliminar las armas nucleares.

Dos años más tarde 22 científicos de 10 países (Australia, Austria, Canadá, China, Estados Unidos, Francia, Japón, Polonia, Reino Unido y Unión Soviética) acudieron a la conferencia que se llevó a cabo en la aldea de Pugwash en la provincia canadiense de Nova Scotia. Cyrus Eaton, el capitán de industria que sufragó los gastos de la reunión, había nacido en esa aldea. Y así nació el movimiento Pugwash.

A esa primera reunión (6 a 10 de julio de 1957) asistieron científicos que de alguna manera u otra habían contribuido al desarrollo de las armas nucleares. Luego cambiaron de parecer para convertirse en activistas en contra de dichas armas. El único que tuvo la conciencia completamente tranquila fue Joseph Rotblat, un físico de Reino Unido, pero de origen polaco, que abandonó el Manhattan Project en 1944, cuando se supo que Alemania había desistido en sus intentos por construir una bomba atómica.

Rotblat fue uno de los inspiradores del manifiesto Russell-Einstein y el motor del movimiento Pugwash durante casi medio siglo. En 1995 sus esfuerzos en el campo del desarme nuclear le valieron el premio Nobel de la Paz, mismo que compartió con el movimiento Pugwash.

Para conmemorar el 50 aniversario de la primera conferencia nos reunimos en Pugwash a principios de este mes 25 individuos de 15 países. Además de recordar a los socios fundadores se abordó una ambiciosa agenda bajo el título de "Revitalizando el desarme nuclear".

Algunas de las preocupaciones de los participantes siguen siendo las mismas que las de hace medio siglo: la cantidad y el creciente poder destructivo de los arsenales nucleares, la proliferación de dichas armas a otros países (entonces eran tres las potencias nucleares, ahora son ocho), la convicción de que dichas armas deben abolirse, y la responsabilidad social de los científicos.

Hoy han surgido nuevos retos en el campo nuclear: se insiste en la imperiosa necesidad de desalertar las armas nucleares, es decir, medidas que deliberadamente reduzcan el estado de alerta de esas armas y eviten así un lanzamiento accidental o por sorpresa; el riesgo de que actores no estatales (terroristas) adquieran un arma nuclear, el papel de los estados no poseedores de armas nucleares en la búsqueda del desarme nuclear, la exacerbación de conflictos regionales mediante la aparición de armas nucleares, como es el caso de Medio Oriente; y la promoción de una convención para la eliminación de las armas nucleares como ya se ha hecho en el caso de las biológicas y químicas.

Una de las claves para allanar el camino hacia el desarme nuclear es cambiar la actitud de los países poseedores de armas nucleares hacia sus propias armas. Sólo dos de ellos (China e India) mantienen una política de nunca ser los primeros en utilizarlas. Los demás están dispuestos a ser los primeros en lanzar un ataque nuclear. Esa actitud está reñida con la obligación asumida por todas las naciones de "proteger la vida y derechos humanos de sus ciudadanos" que sin duda serían obliterados en un intercambio nuclear.

El desarme nuclear difícilmente se logrará sin el concurso de la sociedad civil y de la opinión pública internacional. El problema es que la visibilidad de la amenaza nuclear ha decrecido en décadas recientes, apareciendo de manera esporádica en función de Corea del Norte o de las supuestas intenciones de Irán. En sus relaciones bilaterales con Washington pocas naciones se atreven a plantear el tema. Los Gandhi, de India; Trudeau, de Canadá, y Palme, de Suecia, fueron notables excepciones.

En materia de desarme nuclear nuestro país se hizo acreedor de cierto prestigio en los foros multilaterales. Formamos parte de grupos de naciones que abogaron y abogan por esa causa. Sin embargo, el tema nunca ha figurado en la agenda bilateral con los países poseedores de armas nucleares.

 
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