Usted está aquí: viernes 20 de julio de 2007 Gastronomía Antrobiótica

Antrobiótica

ALONSO RUVALCABA
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Intermezzo: ando yo caliente

Ampliar la imagen "Qué lindo te quedaba ese vestido / a flores que llenaron el espacio / de la noche de marzo y todo el lacio ..." “Qué lindo te quedaba ese vestido / a flores que llenaron el espacio / de la noche de marzo y todo el lacio ...” Foto: Alonso Ruvalcaba

De una chanson d’autrefois

Que bueno ser señorita, / cuando sale aquella estrella / y ya cae la noche plena, / pues acá en esta camita: // me chupan la golosina, / me acarician el salmón, / me almidonan la camisa, / y me pican el bombón; // me friccionan la península, / me rellenan el salón, / me repulen la joyita / y me pelan el melón; // me aperturan el chiquillo, / me recubren el terrón, / me resoplan el fundillo / y me dan la picazón; / me atiborran la cereza, / me varean la colación, / me alimentan con certeza / y me yelan el tizón; // me estiran el langostino, / me recortan el vellón, / curan mis labios partidos / y me toca recargón; // me frotan el cascanueces, / me apapachan el calzón / o me miden el aceite / y me hieren el chupón; // me cabalgan la panela, / me aproximan camarón, / vuela ya la pantaleta / y comiendo qu’es ostión... // Y si pregunta la gente: / “¿Pero qué haces tú de día?”, / yo contesto simplemente: / “De día cojo, ¿qué creías?”

¿Puedo bucear bajo tu falda?

He estado pensando escribir una falsa historia de faldas; una historia de sorpresa y decepción, que seguiría el esquema de aquel poema: “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca / Aquel en cuyo amor desfallecía Matilde Urbach”. Iría algo así (aunque estaría mejor escrito, en largos e imbricados periodos, no en esta prosa telegramática de borrador): “Recuerdo (pero no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la Tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) la falda tejida de C. una tarde antes de la debacle de 2001, recuerdo que me daba la espalda y alzaba las nalgas: la tanguita alcanzaba a colarse entre los espacios del tejido, nos fuimos a La Taberna del León, donde nos masturbábamos debajo de la mesa; recuerdo su falda flexible, delgadísima, a rayas horizontales: nos quedábamos recargados junto a la puerta, mi erección sobre su falda y su pubis no sé cuánto tiempo. Recuerdo la falda negra de M. en mi cocina, mientras yo preparaba pato laqueado: recargada en el refri, subiéndola de a poquito, el principio de su vagina cubierta de una tela transparente, quiero estirar la mano y que mi mano cruce ocho años. Recuerdo la falda de Ch., verde, en los Portales de Tlaquepaque: me gustaba que subiera las piernas a la barra; y su falda de mezclilla cortísima en Capicúa: me gustaba que subiera las piernas a mis hombros (se nos acercó un mesero y nos dijo, ridículamente: no es el momento ni el lugar; nosotros sonreímos y aceptamos la expulsión: al menos Gabriel ya había tomado las fotos). Recuerdo la falda de F. el último día, en la plaza Luis Cabrera y en los tés: por el principio de sus muslos yo me hubiera ido a vivir a Laguna Verde; pero recuerdo también la falda negra, hiperinquietante, de Kitty March en Mala mujer, de Fritz Lang (1949): de su final, ceñidísimo, salían dos pantorrillas hirientes y luego un par de zapatos que podrían caminar sobre tu pecho. Recuerdo la falda roja de Victoria Abril en Atame, de Almodóvar: filtrada sobre sus nalgas como un líquido venenoso que tenemos que probar; pero recuerdo también la petición de Dave Matthews en Crash into me: Hike up your skirt a little more / And show the world to me / Hike up your skirt a little more / And show your world to me, súbete tantito la falda y enséñame el mundo; recuerdo este vestido también:

qué lindo te quedaba ese vestido

a flores que llenaron el espacio

de la noche de marzo y todo el lacio

perfume de tu pelo y el sonido

del cierre del costado cuando apenas

lo fui bajando un poco y me frenaste

y fui bajando en besos respiraste

porque te abrí y abriste esas morenas

rodillas y tus muslos toda suave

y te aparté la tanga y tu sonrisa

secreta depilada monalisa

se abrió como el cerrojo con la llave

se abrió toda tu luz y ese vestido

voló por la penumbra florecido; recuerdo la deliciosa faldeta siglo de oro de aquellas dos chavitas cachondísimas: ‘Hallándose dos damas en faldeta / tratando del amor con mucha risa, / se quitaron faldetas y camisa / por hacer más gustosa la burleta’, que obviamente terminarán cogiendo; recuerdo aquella otra, alzada al ombligo, mientras se rasura el pubis: ‘Rapándoselo estaba cierta hermosa, / hasta el ombligo toda arremangada, / las piernas muy abiertas, y asentada / en una silla ancha y espaciosa’, y que evidentemente terminará masturbándose en un cuarteto y dos tercetos; recuerdo también aquella falda convincente, total: ‘tu falda de maíz ondula y canta, / tu falda de cristal, tu falda de agua, / tus labios, tus cabellos, tus miradas, / toda la noche llueves, todo el día / abres mi pecho con tus dedos de agua’. Recuerdo, sí, he visto faldas; pero ninguna de esas faldas podría discutir con las faldas que vi el viernes pasado en la terraza del hotel La Purificadora en el Paseo de San Francisco en Puebla: pequeñas, pequeñísimas, de colores o negras, colocadas sobre piernas absurdamente doradas, tobillos con pulseritas, y los culos en falditas moviéndose a los lados, diciendo siempre no que no que no.”

 
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