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Guillermo Almeyra

América Latina: categorías engañosas

Los analistas no marxistas latinoamericanos -o sea, casi la totalidad de ellos- son impresionistas y utilizan categorías que no sirven para nada, hablando por ejemplo, de "gobiernos progresistas" (¡e incluso de países "progresistas"!) o "populistas". Como progresista se es en relación con los conservadores, del mismo modo que uno es flaco comparado con un gordo y viceversa, y no se definen las características básicas de unos y otros; desde el punto de vista teórico nos encontramos "como el día que llegamos de España", o sea, literalmente en pelotas. En cuanto a los "populistas", dado que en ese rubro, tipo cajón de sastre, entran tanto AMLO como Calderón, Chávez, Lula, Correa, la derecha chilena moderna y todo el que uno quiera poner, el terminacho en cuestión es como una brújula sin manecilla.

No es de extrañar entonces que algunos midan la situación social sólo por las evoluciones o acciones de los gobiernos y no por las relaciones de lucha y conflicto entre los sectores decisivos de la sociedad, que la acción de los gobiernos intenta hacer encajar dentro de una opción política, con mediaciones y oscilaciones tanto más fuertes cuanto es débil su apoyo social fundamental, sea entre los explotados, sea entre los explotadores.

Esa gente cree que los gobiernos son los que hacen la política, no viendo que éstos inciden poderosamente en ella, pero no con la plena libertad que quisieran, sino tratando de tener en cuenta con mayor o menor fortuna los grandes límites que no pueden ignorar en lo nacional ni en lo internacional. Ese tipo de gente, que vocifera que hay que mirar "abajo y a la izquierda", se encuentra entonces descolocada ante el proceso boliviano, que no entra en sus esquemas, y entonces llama a "no mirar hacia Bolivia" y, ante los Evos Morales y los Hugos Chávez que surfean sobre una enorme ola social, no ven nunca ésta sino las insuficiencias y "traiciones" o inventan un radicalismo social de masas que aún no existe. Porque en escala mundial los socialistas son una ínfima minoría y estamos no ante la posibilidad de "instaurar" el socialismo (como si éste fuese un producto terminado) en alguna parte, sino de crear las bases locales para el socialismo, que sólo puede ser internacional, llevando a su culminación en esa perspectiva las tareas democráticas y antimperialistas en asambleas constituyentes que den una solución a los problemas agrario, de la democracia, de la corrupción del aparato estatal, de la opresión de los pueblos indígenas, de la cultura, de la construcción de un aparato de Estado de transición, bajo control de la población respectiva.

Todavía, a escala mundial, no ha terminado la Revolución Francesa y construir una república social sobre las ruinas de este presente anacrónico es tarea urgente. Por tanto, todo lo que sirva para construir ciudadanos y elevar el nivel de las conciencias debe ser impulsado y saludado como parte de una liberación nacional que es una sola cosa con la liberación social aunque plantee en su seno una maduración de la experiencia y de las ideas de los pueblos en lucha.

Si queremos hablar del presente y del futuro de Argentina, por ejemplo, no debemos mirar sólo qué hacen y qué dicen Néstor Kirchner y su mujer, a la que éste designó -en algún momento íntimo de su vida cotidiana- candidata a la presidencia. El Sr. K. es debilísimo: hace enormes concesiones a la comunidad judía, que es mayoritariamente sionista; arroja a los perros a su ministra de Economía, culpable sólo de ligereza infantil; busca acuerdos con la derecha, aunque también cede al movimiento sindical aumentos de salarios que superan el techo que quería y no pudo imponer. Está a la defensiva -en todos los terrenos- ante la derecha. Pero ante la escasez de energía, el Estado deberá invertir y asumir un papel más firme en la economía, a costa de las trasnacionales. Y, como no hay posibilidad de conseguir más y mejores empleos si no es ampliando la capacidad instalada, que está siendo utilizada al máximo, las luchas sindicales democráticas por mejores condiciones salariales y de trabajo, y contra el control de los charros, podrían llevar a plantear un plan obrero de desarrollo nacional y a luchar por concretarlo. Por ahora se mueven y triunfan sectores importantes, pero aislados (Metro, telefónicos, maestros, algunos metalúrgicos o de otros gremios). Pero la mejoría económica, más el tope en la escasez de energía y la mayor carestía de la vida tenderán a generalizar ese movimiento. La derecha pesa mucho y se reorganiza, pero no actúa en el vacío.

En el otro extremo, la APPO demuestra que existe y resiste, de modo que lo que pasa en México no puede ser analizado midiendo sólo las declaraciones de López Obrador. Y en Cuba, con Fidel Castro a la cabeza, los partidarios de mantener y afirmar una línea antimperialista y de construcción del socialismo, combaten con éxito a la tendencia de formación stalinista, antidemocrática y burocrática que se bate en retirada, y ocupan terreno ante la tendencia pragmática, que no da batalla ideológica, pero es fuerte en el aparato, que quiere mezclar los avances del mercado capitalista con el control del partido y del aparato de Estado, a la china. Esta es una batalla ideológica, por la mente de la juventud; es una carrera contra el tiempo en el sentido de que buscar conquistar posiciones firmes antes de la desaparición de Fidel, pero también y, sobre todo, de que toma en serio la declaración de guerra preventiva que hizo Bush y la necesidad imperial de reconquistar Cuba. No es posible, por consiguiente, hablar de América Latina prescindiendo de lo que sucede y podría suceder en Cuba, influyendo indudablemente a los demás países y no solamente a Venezuela...

 
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