Usted está aquí: jueves 26 de julio de 2007 Opinión Aquella Cuba unánime

Rodrigo Moya

Aquella Cuba unánime

Ampliar la imagen Rodrigo Moya en Playa Las Coloradas, donde llegó el Granma Rodrigo Moya en Playa Las Coloradas, donde llegó el Granma

Ampliar la imagen Fidel Castro pronunció, el 26 de julio de 1964, un discurso de cuatro horas, conocido como de Los cuatro puntos, en Santiago de Cuba Fidel Castro pronunció, el 26 de julio de 1964, un discurso de cuatro horas, conocido como de Los cuatro puntos, en Santiago de Cuba Foto: Rodrigo Moya

Ampliar la imagen Construcción de un barco en el astillero de Matanzas Construcción de un barco en el astillero de Matanzas Foto: Rodrigo Moya

Ampliar la imagen La población de la isla acude a las tiendas de racionamiento en La Habana.FOTO Rodrigo Moya La población de la isla acude a las tiendas de racionamiento en La Habana. Foto: Rodrigo Moya

Ampliar la imagen Local donde se adquirían productos de procedencia foránea Local donde se adquirían productos de procedencia foránea Foto: Rodrigo Moya

En 1964, hace 43 años, viajamos a la ciudad de La Habana tres periodistas mexicanos invitados por el Gobierno de Cuba para asistir a la conmemoración del XI Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada, acaecido el 26 de julio de 1953. En esa fecha, dos columnas de jóvenes rebeldes encabezados por Fidel Castro Ruz atacaron infructuosamente aquel cuartel situado en plena ciudad de Santiago, en el extremo oriental de la isla. El intento costó muerte y tortura muchos de los rebeldes, y cárcel y exilio para los sobrevivientes, entre ellos el propio Fidel y su hermano Raúl. Sin embargo, esta acción marcó el inicio de la lucha que, cinco años después, y tras épicos avatares que son parte central de la historia de Latinoamérica, conquistaría la capital de Cuba para expulsar al dictador Fulgencio Batista e instalar un gobierno revolucionario que, acosado desde su nacimiento, se declaró Estado socialista en 1961.

Desde aquella epopeya, muchas cosas sucedieron en la isla y fuera de ella que electrizaron al núcleo más consciente de la juventud del continente, lo mismo que a todos quienes veíamos con indignación la impunidad con la que una serie de tiranos, impuestos desde Washington, gobernaban a fuerza de metralla y despojo a varias naciones. La toma de La Habana por "los barbudos" puso fin a más de cuatro siglos de dominio colonial en Cuba, y con su resonancia e influencia la historia del continente americano cambió radicalmente desde entonces. Dictadores como Somoza, Trujillo, Pérez Jiménez y muchos otros fueron desplazados a bala del poder. Cuba inició, a contracorriente y presionada desde varios ángulos con todos los recursos de sus enemigos, una reconstrucción nacional que la llevaría en dos años a proclamarse socialista y a gravitar en la órbita de la Unión Soviética como única manera de eludir el cerco económico y el acoso militar.

El joven periodista Froylán Manjarrez, el caricaturista Eduardo del Río -Rius- y el suscrito, éramos esos tres periodistas mexicanos que queríamos ver de cerca la realidad de la Revolución Cubana y sus avances, reconocidos ya como espectaculares en cuanto a desarrollo social, justicia e independencia. La idea era hacer un libro que se llamaría Cuba por tres: Manjarrez a cargo de textos breves, ágiles, incisivos y amenos como todo lo que escribía; Rius, ni qué decirlo, a cargo de una visión con caricaturas y montajes gráficos, y yo, como fotógrafo, a cargo de una mirada documental que encajaría fotografías a contrapunto con textos y caricaturas. No íbamos a ciegas ni a improvisar sobre la marcha. Además de que seguíamos día a día el latido continental de la Revolución Cubana, el proyecto se había desarrollado desde meses antes y contábamos inclusive con un simpatizante de la idea, dispuesto a patrocinarla. Contábamos también con el apoyo de las autoridades cubanas que nos moverían a donde quisiéramos, y con la ayuda, más teórica que práctica, de la revista Sucesos, donde los tres susodichos periodistas colaborábamos.

En un avión cargado hasta el tope de periodistas e intelectuales de toda laya y de simpatizantes afectos al turismo gratuito de izquierda, llegamos a La Habana días antes de los festejos. Como un reconocimiento a la ciudad que había visto nacer la Revolución y aportado una dolorosa cuota de sangre en aquél ataque suicida, ese año el festejo se realizaría en Santiago. De inmediato nos tomó en sus manos el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), que nos metió en una negra limousine Cadillac, de las muchas abandonadas cinco años antes en la fuga pánica de la alta burguesía. Guiados por Isabel, una preparada guía del ICAP, fuimos a donde queríamos ir, desde las cercanías de La Habana hasta Matanzas, Cienfuegos, Península de Zapata, Santa Clara y otros lugares de nuestro interés. El día 24 de julio nos pusieron en un Ilushin destartalado para Santiago de Cuba, donde el 26 fuimos testigos no sólo del impresionante festejo patrio presidido por Fidel Castro, el Che Guevara, Haydé Santa María y toda la cúpula dirigente, sino también del carnaval santiaguero, según muchos sólo superado por el brasileño.

Froylán Manjarrez, Rius y yo anduvimos casi siempre juntos, aunque la popularidad del dibujante y las amistades que tenía desde antes en La Habana en ocasiones nos dispersaron. De cualquier modo, durante tres semanas trabajamos duro entrevistando gente de todos los oficios, visitando "centrales", astilleros, las famosas fábricas donde se hacían puros, escuelas en construcción en las montañas donde antes no llegaba nadie, excepto los guerrilleros; o conjuntos educacionales enormes y complejos, como el de Cubanacán, recién construido, o Cuquine, la enorme finca urbana de Batista, convertida en escuela de agronomía, y también los ampulosos palacios de los ricos refugiados en Miami, ahora adaptados como escuelas de danza, de pintura, de música; fuimos a los viveros de cocodrilos en Guamá, así como a las primeras granjas experimentales con regímenes de pequeña propiedad, las estaciones piscícolas con tecnología china y soviética ya en plena producción, en fin, la flota pesquera que ya iniciaba su desarrollo para convertirse a la vuelta de pocos años en la más productiva y eficiente del tercer mundo.

Regresamos a México henchidos de ideas y tardamos algunas semanas en hacer cada quien lo suyo antes de intentar el ensamble colectivo. Yo copié cientos de imágenes, Froylán pulía sus textos y una introducción, mientras Rius ordenaba su información para ponerla en boca de sus muñequitos. En esas andábamos, además de en el fragor de ganarnos la vida, cuando nos llegó la noticia: nuestro futuro editor había muerto de un ataque al corazón. Era Mony de Swaan, un maduro judío holandés que había luchado contra los nazis durante la Segunda Guerra Mudial, que seguía apegado a sus filias izquierdistas a pesar de su fortuna, y que como próspero empresario se había atrevido a desoír las consignas imperiales del bloqueo y le vendía alimentos a Cuba.

Entonces guardé esas fotos hasta la fecha, y ahora es una alegría publicar algunas de ellas en La Jornada. Froylán murió dos años después, a los 27 años, dejando un gran vacío en el corazón de sus amigos y en el mejor periodismo mexicano; Rius armó con sus ideas de ese viaje su popular libro Cuba para principiantes. Yo no olvido aquella Cuba casi unánime, rebosante de entusiasmo colectivo y de esfuerzos para sobrevivir en el turbulento mar del capitalismo universal. Acosada por todo el inmenso poderío mediático de Estados Unidos y sus seguidores, ha sobrevivido casi medio siglo. ¿Quién más ha logrado tal hazaña en nuestra historia?

¡Larga vida a la Cuba revolucionaria!

 
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