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Néstor de Buen

26 de julio

No me refiero en este caso al asalto al Cuartel Moncada que dio origen al establecimiento en Cuba de un régimen socialista encabezado por Fidel Castro Ruz. Este 26 de julio es más personal, aunque seamos muchos los que podremos celebrarlo. Nada menos que en esa fecha, pero en el año de 1940, el vapor Santo Domingo, de la Compañía Trasatlántica francesa, llegaba a Coatzacoalcos (palabra lógicamente impronunciable en aquellos tiempos) con un conjunto de 500 españoles (y unos cuantos francomexicanos, dicho sea de paso). Los españoles, refugiados para mayor precisión, recibíamos el apoyo del general Lázaro Cárdenas, entonces presidente de México, como otros muchos españoles lo recibieron antes y algunos después.

El viaje se había iniciado en Burdeos, en condiciones dramáticas. Los De Buen, en realidad, lo comenzamos en París por la simple y sencilla razón de que los avatares de la Guerra Civil española obligaron a mi padre, Demófilo de Buen, a atender allí una oficina de intereses del gobierno español republicano. Pero el avance de las fuerzas alemanas sobre París hacía francamente peligrosa nuestra permanencia, ya que los alemanes, como lo hicieron con otras gentes notables del exilio (Luis Companys, entre otros), apoyaban a Franco enviándole refugiados españoles que fueron fusilados.

A Burdeos llegamos en tren. Salimos de la estación Austerlitz y reconozco que no fue fácil. En Burdeos nos acomodaron en un pajar y a los dos días embarcamos en el Cuba, barco francés de 12 mil toneladas. Afortunadamente, mi padre, previsor siempre, nos había reservado camarotes. La mayor parte de los españoles viajarían en las bodegas.

La salida de Burdeos, diferida por la presencia de submarinos alemanes que hacían arriesgado el viaje, se inició una madrugada de junio: alrededor del día 20, con destino a República Dominicana. Mi padre, precavido, había tramitado unos visados para el país dominado por el dictador Leónidas Trujillo. El resto de los españoles viajaba confiado en la posible hospitalidad de Trujillo.

Fue un viaje intenso. Quizá los temores a los submarinos, que no atenuaba un cañoncito casi de juguete instalado en la popa, se aminoraron al llegar al Caribe. La primera escala, el 4 de julio, en Santo Tomás, una isla bella de dominio estadunidense que vivía esa fecha en pleno festejo. De allí pasamos a Guadalupe, donde los habitantes, obviamente de raza negra, hicieron un recibimiento cordial a los españoles que no pudimos desembarcar. El viaje terminaría en Ciudad Trujillo.

No contábamos con las excentricidades económicamente interesadas del dictador que no permitió, ni siquiera, que el Cuba llegara a puerto. Los pasajeros no españoles tuvieron que trasladarse en lanchas, y confieso con cierto rubor que me apenó muchísimo que se fuera, por esa vía, una hermosa holandesita, el primer amor de mi vida: Jacqueline Rozendaal. Los 14 años eran buen momento para enamorarse.

Allí se iniciaron trámites por los principales representantes de los refugiados. Mi padre, González Peña, Ignacio Mantecón, entre otros que finalmente condujeron al permiso que Méjico (así lo escribíamos y pronunciábamos) nos otorgó. La otra alternativa era la Guyana francesa.

En Martinica, fin del viaje oficial, nos cambiaron al Santo Domingo. Allí embarcaron los francomexicanos que habían quedado liberados del servicio militar al ser derrotada Francia. Y en un viaje muy caluroso le dimos la vuelta a la península de Yucatán. El Santo Domingo arribó así al puerto veracruzano que en las cartas de navegación se llamaba "Puerto México".

La entrada por el río, la mañana del 26 de julio, fue emocionante. Mucho más la recepción cariñosa de estos veracruzanos incomparables. Y una anécdota que no se olvida: al subir a bordo, a los oficiales de migración que nos darían la documentación que nos convertiría en refugiados en México, el supremo calor les provocó una sed notable y pidieron vino tinto, que consumieron con el mayor entusiasmo. Afortunadamente no eran expertos en la materia.

Eulalio Ferrer, un muy joven e ilustre miembro del grupo, con toda razón calificó a Coatzacoalcos como "Puerto de la Esperanza".

 
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