Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 5 de agosto de 2007 Num: 648

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Entrevisiones de lo femenino (III DE IV)

Frente a la manera fragmentada como Delgado y Gamboa van presentando a Carmen y Santa, Azuela sorprende con una avalancha descriptiva. Poco después de un somero epíteto, "María Luisa, la guapa hija de la casera", el narrador se lanzará con un largo pasaje para iniciar el segundo capítulo de la novela:

María Luisa disimulaba tan bien sus veinticinco años, que sólo un atrevido estudiante, que la había espiado por las rendijas del baño, conocía el secreto de unos plieguecillos nacientes en la comisura de sus párpados. ¡Sombría fatalidad que no respetaba aquella tez morena y apiñonada, aquella boquita de fresa, roja, pequeña y húmeda y aquellos ojos flameantes, imposibles para la indiferencia, nacidos para ser amados o aborrecerse!

María Luisa era una mujer que sabía honrar el arte de los afeites y sabía explotar todos los artificios femeninos, sin mengua de la belleza. Si su risa cristalina a nadie se la aprendió, sí era una actriz consumada en el tino exquisito con que hacía uso de los afeites y las cremas. Nadie le enseñó el andar de la tapatía fogosa, sus ondulantes movimientos y el airoso balanceo de sus hombros y de sus caderas; pero sí aprendió a dar a la tela más modesta su corte correcto, gracioso y hasta elegante ¡Y qué delicadeza en la elección del calzado! No ignoraba que sus pies eran admirablemente pequeños y bien hechos y en calzarlos bien ponía sus cinco sentidos y todas sus economías […] Al cruzar las calles recibía siempre una lluvia de flores de los transeúntes y hasta tal florón que la hacía ruborizar.

Si en algo coinciden las tres protagonistas es que su edad oscila entre los dieciocho y los veinticinco años (aunque Azuela no deja de sugerir que ya hay algo de "pasadito" en María Luisa, al enfatizar los pliegues de los ojos), y las tres son guapas, seductoras y solteras. Carmen y María Luisa, que no concluirán en la prostitución, como Santa, aparecen como coquetas desde el principio, mientras que la futura prostituta es presentada como una joven ingenua y delicada, "semivirgen" (adjetivo calculado, pues su virginidad ha quedado perdida en el lejano pueblo de Chimalistac). Además, una coincidencia en las tres obras es que las tres son vistas y descritas no sólo por el punto de vista de cada novela (siempre en tercera persona omnisciente), sino que se agregan matices aportados por las voces de los personajes, lo cual agrega una condición de "objetividad" a los buenos oficios de la función narrativa.

Frente a las relativas amplitudes de las secuencias narrativas antes citadas, resulta interesante cotejar la mayor intensidad y concentración de los mecanismos poéticos, así como el manejo de menos indicadores descriptivos. Por ejemplo, un personaje como Cleopatra, de Díaz Mirón (en cuya interpretación parnasiana no concuerdo con Manuel Sol, quien la percibe como una belleza intemporal: contra sensu, me parece que el poeta veracruzano ofrece la imagen de una descarada mujer moderna, adormilada por los efectos de un sueño de opio suministrado desde un arghile, poema en donde el efecto parnasiano consiste en trasponer a una mujer del tiempo con una imagen histórica, para justificar la descripción un tanto inmovilista de su desnudez): "Estaba toda desnuda,/ aspirando humo de esencias […]// Tenía un pie sobre el otro,/ y los dos como azucenas,/ y cerca de los tobillos/ argollas de finas piedras;/ y en el vientre un denso triángulo/ de rubia y rizada seda.// […] En un brazo se torcía,/ como cinta de centellas,/ un áspid de filigrana […]// A menudo suspiraba;/ y sus altos pechos eran/ cual blanca leche cuajada/ dentro de dos copas griegas,/ y en alabastro vertida,/ sólida ya, pero aún trémula."

Diecisiete de los treinta y seis versos de que consta el poema describen a Cleopatra, egipcia insólitamente blanca y rubia. Si el referente histórico ofrecido por Plutarco es correcto, el deber del lector es imaginar a una mujer joven, descarada, sexualizada, quien no duda en poner en entredicho su reino por "amor" a Julio César, primero, y por una oscura pasión con Marco Antonio, después. A esa mujer la contempla un voyerista locutor poético que quisiera dejar sus lauros de Atenas y sus coturnos teatrales por una más conveniente "corona de violetas", propia de la modestia y el himeneo (acontecimiento impensable, salvo perversidad de la voz que habla, pues el personaje de quien se habla es una mujer adormecida, a menos de que se suponga un inverosímil acto de abuso sexual).

(Continuará)