Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 5 de agosto de 2007 Num: 648

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Con y sin Asturias
JAVIER GALINDO ULLOA entrevista con OTTO-RAÚL GONZÁLEZ

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Javier Galindo Ulloa
entrevista con Otto-Raúl González

Con y sin Asturias

Último escritor guatemalteco del grupo de la Revolución de octubre de 1944, Otto-Raúl González (1921-2007) heredó a sus lectores más de cuarenta libros publicados entre poesía y prosa. Fallecido el pasado 23 de junio, González empezó a publicar sus poemas a los dieciocho años de edad. En 1942 recibió su primer premio de poesía de manos del escritor Miguel Ángel Asturias, con quien a partir de entonces mantuvo una estrecha amistad. Al venir a México, por primera vez en 1944, estudió Derecho en la unam, con especialidad en Reforma Agraria, y estudió la carrera de letras en el antiguo colegio de Mascarones, donde fue compañero de Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Dolores Castro, Rubén Bonifaz Nuño… En ese tiempo, Alí Chumacero invitó a su casa a tomar una copa de vino al grupo que representaba entonces a la embajada de Guatemala en México: Augusto Monterroso, Carlos Illescas y Otto-Raúl González, a quienes recibió en la puerta con estas palabras: "Llegaron los representantes de los Países Bajos". En 1952 Otto-Raúl regresó a su tierra natal, en donde lo nombraron subjefe del Departamento Agrario de Guatemala y legalizó el reparto de la tierra a campesinos e indígenas. Pero en 1954, los militares dieron el golpe de Estado al presidente Juan Jacobo Arbenz y todo su gabinete tuvo que renunciar. El poeta regresó a México, donde sembró amistades y otra forma de leer la naturaleza y el hombre mediante su poesía. Cuando le rindieron un homenaje por sus setenta años de trayectoria literaria en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes y se anunciaba la presentación de dos libros suyos: uno de cuentos cortos, Sea usted breve, y una biografía, Miguel Ángel Asturias. El Gran Lengua, la voz más clara de Guatemala, Otto-Raúl González me recibió una tarde de noviembre de 1999 en su casa, que estaba ubicada en una de las calles de la zona de Naucalpan, a un costado del Campo Militar núm. 1, para realizar la presente entrevista, que se hallaba aún inédita.


Foto: Marco Peláez/archivo La Jornada

–¿Cuál fue su propósito de escribir sobre la vida de Miguel Ángel Asturias?

–Traté de hacer una biografía pero no totalmente concreta; sólo tomé pasajes de su vida desde el tiempo en que nos conocimos hasta el día de su muerte en 1974, y realicé un análisis general de su obra. Hablo de la amistad que sostuve con él en muchos momentos de su vida.

Luis Cardoza y Aragón inicia su libro Miguel Ángel Asturias. Casi novela… con el comentario de Hombres de maíz.

–Yo me refiero también a esa obra...

Y además habla de las contradicciones de Asturias en relación con el poder político.

–Sí, yo también abordo ese asunto y a la vez hago un análisis y una opinión sobre el libro de Cardoza y Aragón, que a pesar de haber sido un gran amigo mío agrego que fue un poco injusto en su juicio sobre Asturias.

–¿Con relación a que el novelista estuvo al servicio del dictador Jorge Ubico?

–Exacto. Asturias fue ubiquista. Él tuvo el cargo de director de un periódico del gobierno que se llamaba El Liberal Progresista. Fue incluso diputado. En ese tiempo no había votaciones. Ubico escogía a sus diputados para que lo reeligiesen. Por supuesto que su gobierno era una dictadura. Asturias no tuvo otro camino que ser diputado y vivía bien. En ese entonces había ocultado su novela El señor presidente. Por el tema que trata no la pudo publicar en ese momento. Cuando vino la Revolución de octubre, al principio los insurrectos lo choteaban y se burlaban de Asturias, con escarnio: "¡Pinche ubiquista!". Él pronto se vino a México, exiliado voluntariamente y aquí sí pudo publicar El señor presidente, que la tenía inédita. La Revolución de octubre lo rescató, porque el presidente Juan José Arévalo y el canciller Enrique Muñoz lo nombraron agregado cultural en Argentina. Eso lo salvó, porque aquí seguía bebiendo mucho, se sentía decepcionado, muy de la chingada. Asturias siguió escribiendo sus novelas. De ubiquista despreciable se convirtió en un pilar de la revolución guatemalteca. Cuando cayó Jacobo Arbenz y se vino abajo la revolución, Asturias fu el primero en exaltar la libertad y condenar a los gringos, que fueron los que provocaron y socializaron la caída del gobierno democrático de Arbenz. Eso lo trato en mi libro, sin limitarme a calificarlo como ubiquista… Todos los hombres hemos tenido pecados y no pasa nada si cometemos un pecado político: el hombre se supera, hay una revolución en el sentido moral. Asturias trascendió como hombre político y escritor. Llegó a ser el primer Premio Nobel de Guatemala en 1967.

¿Por qué usted, siendo antiubiquista, admiraba a Asturias?

–Porque era un gran escritor y un gran amigo. Éramos paisanos.

–¿Cuál considera la mejor obra de Asturias? Cardoza y Aragón dice que Hombres de maíz.

–Sí, de acuerdo, pero a Cardoza le gusta esa novela y habla mal de las otras. Eso me parece absurdo. El señor presidente es tan buena como Hombres de maíz.

–Tal vez ese gusto de Cardoza se debió a que relacionó el surrealismo con ciertas imágenes de Hombres de maíz.

–Eso no es propiamente surrealismo, sino más bien realismo mágico, lo que supo explotar bien García Márquez. Sin embargo, hay destellos de surrealismo en la poesía latinoamericana. Cardoza es uno de los poetas señalados como surrealista, más que Octavio Paz.

Él confesaba además que Asturias era alcohólico y creyente.

–Él quiso presentarlo como un reaccionario, y así lo hace. Pero no es cierto. Asturias era tan revolucionario como cualquier otro en ese momento. Que bebía mucho y era muy católico, eso no es delito. El gusto por el trago y ser católico son chingaderas personales, que nada tienen que ver con la obra personal de un artista.

Decía también que era ultramontano.

–Y todo eso. No sé qué le pasó a Cardoza. A mí me duele mucho porque fui muy amigo suyo, más que de Asturias. Su biografía me molestó bastante.

¿Cuándo fue que vio por última vez a Asturias?

–Fue cuando vino a México en el año de 1972. Yo trabajaba entonces en la editorial Novaro como consejero literario. Se hizo un certamen de novela iberoamericana. Miguel Ángel ya era Premio Nobel y vivía en París. Entonces, quisimos invitarlo para que fuera presidente del primer jurado. Vino a México, le presenté a las autoridades de Novaro y pronto aceptó. Aprovechamos la ocasión para proponerle la publicación de una antología de su obra narrativa. Le pareció bien el proyecto y me eligió para seleccionar los textos. Entonces hicimos el libro que se llamó Lo mejor de mi obra, con un prólogo mío. Fue la última vez que vino a México; luego se regresó a París y a los dos años murió en España, en un sanatorio de Madrid. Antes había dejado dicho que se le enterrara en París. El entonces presidente Luis Echeverría se ofreció para que trasladasen los restos de Asturias a París en un avión del gobierno mexicano en que viajaba el escritor y diplomático Fedro Guillén por Europa. Es una de las cosas que se le han agradecido a Echeverría.

¿Cuál fue el motivo por el cual Augusto Monterroso, Carlos Illescas y usted llegaron a México?

–La principal razón fue política. Nosotros éramos de absoluta izquierda, que era muy perseguida cuando cayó Arbenz. Muchos se habían exiliado, pero algunos habíamos vivido aquí en México antes de la revolución. Cardoza y Aragón ya nos había antecedido.

¿Hubo entre ustedes alguna competencia de quién era el mejor escritor?

–No. Se dejaban ver pequeños celos, un poco tontos. Pero siempre fuimos amigos.

–¿En qué consiste su libro de cuentos cortos, Sea usted breve.

–Es una selección de cuentos basados en la vida real con dosis de ficción.

¿Sigue conservando el sentido del humor y la ironía que ha caracterizado la mayor parte de su poesía?

–Sí, lo uso para señalar las perversiones y exaltar las excelencias de la sociedad en que vivimos. El cuento es un género muy atractivo y bonito, pero difícil. Hacer un cuento breve tan bueno como si fuera un poema ha sido mi directriz. Es recoger gajos de la vida y plasmarlos. Una novela necesita cuatrocientas páginas para decir muchas cosas. Pero el cuento debe ser circunscrito a un solo tema y quitar lo superfluo. La novela es extensa; el cuento, corto, pero intenso. Prefiero la intensidad a la extensión. Carlos Fuentes dice que un cuento es contar una catástrofe en un telegrama. Para Edmundo Valadés, un río sin afluentes.

¿Cuándo supo que usted se iba a dedicar a la poesía?

–Yo empecé a escribir como a los ocho años de edad. En la escuela secundaria aprendí gramática y preceptiva literaria. Leía los libros de textos y pronto se me fue abriendo el panorama mental. Yo nací en una casa donde había muchos libros. Mi padre era bibliófilo, gran lector aunque no creador. Yo, al contrario, de pequeño empecé a crear cuentos y poemas. Yo pienso que el poeta nace y se hace. Si solamente nació, pues ahí se quedó, ya no dio más que imitar a Juan de Dios Pesa y Campoamor. El poeta tiene que seguir viviendo mucho. La cultura es importante. Debe acumular el conocimiento del idioma, aprender nuevas palabras, estudiar su etimología y hacer juegos con ellas como los palindromas.

¿Ha sido el mismo poeta u otro desde que empezó a escribir versos?

–Soy el mismo. Mi poesía no ha sufrido grandes cambios. Mis temas preferidos son la revolución, la libertad, la lucha social; también el amor a la tierra y a la mujer. Me atraen los cantos a la naturaleza, a los animales, a las flores, a los pájaros, a las cosas más bonitas que surgen de la tierra. Sin perder la oportunidad para zurrarme en la humanidad, que es muy cabrona, mediante el sarcasmo.

–¿Cómo conoció a Ernesto Che Guevara?

–Durante la reforma agraria en Guatemala llegó un joven de ojos verdes que se llamaba Ernesto Guevara. Entonces le di chamba de ayudante de topógrafo, porque necesitábamos gente para medir las parcelas. Y allí lo mandé. Me decía que era argentino y que le gustaba leer poesía. Después nos vimos en la Asociación de la Juventud Revolucionaria y me hablaba de mis poemas que había leído entonces. Hasta que cayó Arbenz en 1954 y él se vino para México. Lo conocí antes de que fuera Ernesto Che Guevara. Ya no lo vi más, aunque tuve la oportunidad de volverlo a ver después de la Revolución cubana. Cuando se inauguró la Casa de las Américas, el Che Guevara me invitó y no pude ir porque no tenía arreglado mis papeles de migración. El que fuera jefe de Relaciones Exteriores, en México, me dijo que si quería ir a Cuba debía quedarme allá definitivamente. "Lo que pasa es que tengo dos hijos mexicanos, cómo los voy a dejar solos", le contesté. "¡No! Escoja usted entre Cuba y su familia". "Bueno, usted gana, no voy a Cuba", alcancé a decirle.

–¿Ha pensado realizar una biografía acerca del Che Guevara?

–No. Yo le escribí unas cantigas en mi libro Concierto para metralleta. Paco Ignacio Taibo ii me confunde en su biografía del Che Guevara. Pone Otto-René González. Me cambia mi nombre. Me confunde con un paisano mío, más joven que yo, que era guerrillero, Otto-René Castillo.