Usted está aquí: sábado 11 de agosto de 2007 Opinión Trompeta en Toluca

Juan Arturo Brennan

Trompeta en Toluca

Toluca, Méx. Para el reciente concierto de clausura de su temporada número 108, la Orquesta Sinfónica del Estado de México (OSEM) y su director artístico, Enrique Bátiz, ofrecieron en la sala Felipe Villanueva un concierto variado, ecléctico, atractivo y de buenos resultados musicales.

El plato fuerte (valga decir, en mi muy personal opinión) fue el poderoso Concierto para trompeta de Alexander Arutyunian, interpretado por John Urness, primer trompeta de la propia OSEM.

De camino a Toluca, mi duda era: ¿interpretaría Urness este concierto con el moderno sonido de la trompeta, más enfocado, más afilado, más penetrante en general, u optaría en cambio por aludir al añejo pero efectivo sonido de la escuela rusa, grueso, redondo, amplio, cálido y tonante?

La respuesta llegó de inmediato con la primera entrada del solista: John Urness eligió venturosamente el estilo ruso, muy a la manera de Timofey Dockschitser (quien estrenó originalmente la obra) y de su maestro Mikhail Tabakov.

De ahí en adelante realizó una ejecución de gran expresividad, pintando con potentes trazos los perfiles folclóricos armenios de las melodías de Arutyunian, poniendo todo en su lugar, y ejecutando una cadenza que, como el resto del concierto, resultó impecable.

La OSEM, a su vez, complementó muy adecuadamente ese colorido popular, y el resultado general fue muy satisfactorio. Además, en lo personal siempre agradezco la actitud de un solista que sonríe y se muestra feliz de tocar, para sí mismo y para nosotros, durante toda la ejecución. ¡Cuánto más rica es una interpretación a cargo de un instrumentista que, como John Urness, comunica el gozo de hacer música, frente a las actuaciones de los solistas que sufren por atinar a las notas correctas!

Después, la violinista coreana So-Ock Kim abordó el popular Concierto Op. 64 de Mendelssohn, logrando una interpretación pulcra, precisa y competente, y con algunas interesantes propuestas de tempo y de fraseo... pero un tanto distanciada en lo expresivo, sobre todo en contraste con la luminosa actitud previa de John Urness.

La OSEM, por su parte, muy precisa y afinada en los bloques de los alientos como ensamble, muy compacta en pasajes importantes como la efectiva combinación de cornos y violoncellos, trabajando con gran unidad de criterio y sonido.

Para la segunda parte del programa, la OSEM y su director ofrecieron tres efectivas ejecuciones de música española. Para nadie es un secreto que el repertorio español se le da particularmente bien a Enrique Bátiz, quien a base de insistir en él (en conciertos y en grabaciones) ha logrado algunas versiones personales muy interesantes (y a veces polémicas) de las obras ibéricas que aborda.

En las Danzas fantásticas de Turina, Bátiz hizo destacar sobre todo el aspecto festivo de la partitura, sin descuidar los matices tímbricos propuestos por el compositor, logrados con eficacia gracias, de nuevo, a la sólida sección de maderas de la OSEM. En particular, en el final del Ensueño, director y orquesta lograron momentos de un fuerte poder evocativo. Después, el Intermezzo de Goyescas, de Granados, para finalizar con la Segunda suite de El sombrero de tres picos de Manuel de Falla. En esta última obra del programa y de la temporada, la orquesta mexiquense logró numerosos momentos de gran atractivo sonoro. Por ejemplo, el inicio de la Danza del molinero, propuesto con mucha energía y técnica impecable por el primer corno de la orquesta.

De manera análoga, la extrovertida Danza final resultó muy bien realizada, gracias a que Bátiz aplicó en ella una variada paleta colorística, lograda no tanto con amplios brochazos sino con una serie de bien articuladas pinceladas tímbricas.

De hecho, es posible afirmar que desde el inicio del Concierto para trompeta de Arutyunian, el programa se caracterizó de manera singular precisamente por la atención al color y sus gradaciones. A lo largo de este concierto, interpretado ante una muy buena asistencia, fue posible observar algunos relevos de personal en las filas de la OSEM, destacando de manera especial la adquisición de un muy buen primer clarinete en la persona de Tom Jones.

El melómano capitalino que de vez en cuando decida hacer el viaje a Toluca un viernes cualquiera de temporada, encontrará que la OSEM y Enrique Bátiz han logrado a través de los años una peculiar simbiosis que, con todo lo que implica esa larga cohabitación, en lo general se traduce en una eficacia apreciable, y que en no pocos momentos la trasciende para convertirse en buena música.

 
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