Usted está aquí: lunes 20 de agosto de 2007 Opinión Julio Aparicio en el Escolrial

José Cueli

Julio Aparicio en el Escolrial

Julio Aparicio –hijo de torero madrileño y bailaora de flamenco –heredó el “age” de la madre y sin contratos por el miedo que no le cabe en el cuerpo, se fue a la plaza de San Lorenzo de El Escorial, cuyo dueño es el padre y le brotó el duende andaluz, íntegramente flamenco. Entró en delirio el torero y perpetuó con avidez esos refilonazos angustiosos que da el toreo cuando no es mera estética. Raza subterránea, volcánica, llena de gracia, la de Julio. Esa gracia que parece ya no importar, pese a ser lo que diferencia a los toreros grandes de “pellizco” del resto de la torería.

En su plaza, Julio desplegó su capote y se recreó en tres verónicas y una media, cargando la suerte y toreando solo para él. Pasión, hondura y gracia torera. Obsesionado por la hondura, dramatizó el toreo y le prestó encarnadura trágica, ansiosa, palpitante. La gran novedad de Julio es lisa y llanamente dejar salir lo que corre con generosidad por sus venas. Punto y aparte que permite ver cada lance, al entrar en éxtasis, como el primero siempre. Toreo que odia lo rutinario y la repetición que castra. Fugacidad del instante torero que retienen los paladares exquisitos, listos a guardarlo en la memoria.

Había toreado de tal forma a la verónica: parando, templando y mandando, en el toreo de siempre que, sus faenas no podían mantener ese ritmo, esa hondura y tuvo que dedicarse a jugar al toro. Un jugar al toro –eso si- gracioso, locuaz, divertido, en donde vuelve a aparecer otra vez su “age”. Fue tal la intensidad de su veroniquear que, con la muleta aligeró el toreo, en tarde apoteósica y nos aligeró a los aficionados en San Lorenzo de El Escorial y a los que lo contemplamos en el tendido Cero en la pantalla televisiva.

Semana llena de festejos taurinos religiosos, en que también triunfaron clamorosamente Enrique Ponce, en Xativa, y José Tomás que paralizó a los aficionados en San Sebastián. Y en la México un novillo de San Antonio de Papua, con el que sueñan los novilleros faenas de milagrería y los novillos verónicas de alelí.

 
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