Usted está aquí: martes 21 de agosto de 2007 Opinión Ruptura institucional

Marco Rascón

Ruptura institucional

La única institucionalidad alcanzada por el perredismo ha sido la ruptura, pues pese a la actitud reventadora de la salida, todos permanecerán juntos, odiándose, descalificándose, reclamándose, vigilándose, pero juntos. Saturno se ha devorado a sus hijos, pero, a diferencia de otros tiempos, ahora los eructa y como castigo institucionaliza su “ruptura”.

Decretada y trasladada la función de caudillo, el Partido de la Revolución Democrática pasó de la inauguración a la clausura de sus trabajos del décimo congreso nacional, siendo el referente no de la perspectiva, sino de la confusión. El peso de la unidad a toda costa como matrimonio mal habido que sólo se mantiene en la misma casa por el dinero, los hijos y las apariencias, pero cada quien soñando con otro amor.

¿Qué pasa cuando un partido no es dirigido por políticos claros, sino por operadores? Lo que ha sucedido en el PRD: resoluciones a medias, componendas traicionadas a cada minuto, ilegalidad y fraudes electorales, uso y abuso del calificativo traición, que no obsta para continuar juntos; rupturas espectaculares, pero sólo para tomar aire en el Hemiciclo; amenazas de quejarse ante instituciones como el Tribunal Electortal del Poder Judicial de la Federación, que ya habían declarado inexistente; soledad de Alejandro Encinas ante sus futuras bases, y quedarse a la mitad: entre la calle y el aparato; remendón final innecesario a la resolución de marras y todos manteniendo a partir del día siguiente una ruptura, ahora institucionalizada.

¿Qué hará hoy Andrés Manuel López Obrador ante esta resolución que sus partidarios y seguidores dentro del partido ya calificaron de traición a él? ¿Volverá a dirigirles la palabra?

A pesar de su afán por mantener la apariencia de unidad, su discurso inaugural del viernes pasado fue revertido no sólo por la corriente que reclama ser la propietaria de las siglas, sino por sus partidarios más radicales al salirse del congreso y desmentirle en su arenga que exaltaba la unidad partidista. “No les daremos el gusto a nuestros adversarios”, dirían todos desde días antes, y lo dieron. Luego vinieron los espectáculos de fraudes electorales en las mesas de votación y el uso en guillotina de lo que él mismo dijo: “una izquierda legitimadora es una derecha tímida”.

Sin embargo, hay que pensar que Andrés Manuel está en el mejor de los escenarios: será de nuevo una víctima de la política. Llama la atención en su discurso una definición que se entiende viniendo de él, pero que no se explica como argumento político. Dice: “he decidido emprender el camino más difícil con objeto de construir la nueva República”. ¿Por qué el más difícil y qué significa el “más difícil” como argumento estratégico?

Con fraude o sin fraude, su bloque obtuvo 35 por ciento de la elección en condiciones de empate, que si bien se topó con la decisión del bloque oligárquico fue una situación no para obstaculizar y hacer más difícil la ruta hacia las reformas, sino para facilitarlas mediante una conducción clara. De lo contrario la grandilocuencia de luchar “por una nueva República” por el “camino más difícil” huele a esta idea de que la credibilidad lo da ser víctima en permanente sacrificio, cargando la cruz.

Andres Manuel empezó flanqueado por su obra: Leonel Cota y Marcelo Ebrard, la esencia del lopezobradorsimo, aportación a la izquierda. Como consecuencia del mensaje que dejó a sus partidarios, que entendieron al revés, éstos consideraron que toda autocrítica era traición y asaltaron la mesa de discusión dejando más votos que los delegados registrados.

Buena razón tuvieron los gobernadores para no asistir a las horcas caudinas, donde seguramente les tenían preparada la celada lopezobradorista de llamarlos traidores, luego de lo que le sucedió a Zeferino Torreblanca, de Guerrero. En el fondo, el partido-caudillo sólo tenía derecho a discutir y acordar la composición de su aparato y la administración de las prerrogativas. La línea política ya estaba dicha y era ésa. Donde se leía: “autocrítica y debate”, debía leerse que no la hubiera; donde dijo: “unidad”, terminó en imagen de ruptura; donde pidió que “no caigamos en la autocomplacencia”, se recetó el calificativo “traición”, y donde afirmó que “la unanimidad es sólo un sueño del autoritarismo” no dijo que fuera su sueño recurrente, pero sus correligionarios le enmendaron la plana y definieron la votación del pleno como una conjura.

Decretado partido-caudillo, la función de éste entre el llamado Frente Amplio Progresista y la Convención Nacional Democrática ha cercenado lo que todos consideraban el punto de unidad.

La resolución que se podría considerar liberadora para impulsar reformas no nada más es tardía, sino que ahora será el instrumento, el balazo de salida de una carrera loca y desenfrenada de todas las tribus, incluyendo las que estuvieron en contra, para llegar primero a Los Pinos y ser los interlocutores de la desbandada.

Andrés Manuel, de nuevo inmaculado, cumple liquidándolo todo y consumando otra derrota.

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