Usted está aquí: sábado 25 de agosto de 2007 Opinión Los traicionamos, pero no nos merecen

Robert Fisk

Los traicionamos, pero no nos merecen

Ampliar la imagen El premier iraquí, Nuri Maliki, saluda en Damasco al presidente de Siria, Bashar Assad El premier iraquí, Nuri Maliki, saluda en Damasco al presidente de Siria, Bashar Assad Foto: Ap

Ampliar la imagen Maliki con Mahmud Ahmadinejad, durante la visita del iraquí al gobernante iraní Maliki con Mahmud Ahmadinejad, durante la visita del iraquí al gobernante iraní Foto: Reuters

Siempre los hemos traicionado. Apoyamos a Flossy en Yemen. Los franceses respaldaron a los Harais locales en Argelia, luego el Frente de Liberación Nacional los obligó tragarse sus propias medallas militares francesas antes de despacharlos a fosas comunes. Los estadunidenses exigieron democracia en Vietnam, y después de alabar a los vietnamitas por votar bajo fuego en tantas ciudades, pueblos y aldeas, destruyeron uno a uno a sus primeros ministros electos porque no estaban obedeciendo sus órdenes.

Ahora estamos metidos en Irak. Y estos iraquíes irritantes no merecen nuestro sacrificio, al parecer, porque sus líderes elegidos no hacen lo que queremos. ¿No les recuerda esto a una organización palestina llamada Hamas?

Primero, los estadunidenses adoraban a Ahmed Chalabi, el hombre que inventó para Washington las “armas de destrucción masiva”, con ayuda de un cuantioso fraude bancario que acabó pesando sólo sobre él. También lo ayudaron, por supuesto, el diario The New York Times y Judith Miller, e incluso llegó al país a bordo de una flota aérea estadunidense. Luego adoraron a Ayad Allawi, un fantasma al estilo Vietnam que admitió haber trabajado para 26 agencias de inteligencia, incluidas la CIA y el MI6. En su momento, estas declaraciones causaron risillas disimuladas de la prensa occidental que lo llamaron “una astilla del viejo madero”, “el tipo de hombre que necesitamos”, “típico de Medio Oriente”, y no nos importó que los iraquíes no quisieran a este chiíta de boutique.

Luego vino Ibrahim Jaafari, símbolo de la ley electoral a quienes los estadunidenses adoraron, apoyaron, adoraron de nuevo para después destruir. Su obituario político debería ostentar las fechas 7 de abril de 2005-20 de mayo de 2006.

La tardía conversión de Washington a la democracia (su segundo procónsul, Paul Bremer III, se inclinaba más por los comités tribales) representada por Jaafari resultó ser demasiado suave con el “terror”, demasiado suave con Irán y un poco demasiado suave con todo lo demás. No eran capaces de organizarse. Todo dependía de los iraquíes, desde luego, pero los estadunidenses querían quitar a Jaafari del gobierno del gobierno iraquí, una Tierra de Nunca Jamás en la muy húmeda Zona Verde de Bagdad, vecina a la más grande embajada estadunidense en todo el mundo. Así que adiós, Ibrahim.

Luego fue Nuri Maliki, un hombre con quien Bush podía “hacer negocio”; lo adoró, lo respaldó, lo adoró de nuevo hasta que Carl Levin y el resto de los miembros del comité de las fuerzas armadas del Senado, y de seguro también Bush, decidieron que no era capaz de cumplir los deseos de Estados Unidos. No pudo formar un ejército, no pudo darle cohesión a la policía. Estas son demandas extrañas debido a que las fuerzas estadunidenses financian y arman a algunas de las más brutales milicias de sunitas. Además, Maliki es percibido demasiado cercano a Teherán.

Ahí lo tienen. Derrocamos a la minoría sunita de Saddam y los iraquíes eligen a los chiítas para ejercer el poder y fue así como obtuvieron cargos de gobierno todos esos viejos acólitos iraníes que han vivido bajo la Revolución Islámica en el exilio desde la guerra entre Irán e Irak (Jaafari fue miembro de alto rango del partido islámico Dawa, que con entusiasmo secuestró a rehenes occidentales en Beirut durante los años 80 cuando trataron de hacer volar en pedazos a nuestro amigo el emir de Kuwait).

Echémosle la culpa a los iraníes por su “interferencia” en Irak, cuando son las mismas criaturas de Irán las que han sido electas para gobernar. Y ahora, deshagámonos de Maliki. El tipo no sabe cómo unificar a su propio pueblo, por amor de Dios. Y nada de interferencias, por supuesto. Pero esta decisión depende de los iraquíes, al menos de los que viven bajo protección estadunidense en la Zona Verde.

El rumor en Medio Oriente, donde la palabra “conspiración” (al moammarer) tiene el poder de volverse realidad, es que las cálidas visitas que Maliki ha hecho a Teherán y Damasco han sido la gota que derramó el vaso para los fantasiosos en Washington. Ello se debe a que Irán y Siria son parte del eje del mal, o la cuna del mal o lo que sea que están soñando actualmente Bush, sus secuaces y los israelíes. Echenle un vistazo a los 30 mil millones de dólares que se destinarán a Israel la próxima década para defender la causa de la “paz” y entenderán por qué las visitas de Estado que Maliki ha hecho al enloquecido Ahmadinejad y al más serio Bashar Assad parecen gritar, en las palabras de Enrique VIII, “traidor, traición, traición”.

Pero Maliki está demostrando lealtad a sus antiguos patrones iraníes y a sus aliados sirios alawitas (los alawitas son un muy interesante satélite de los chiítas).

No es tanto que nos enfurezca la codicia de los líderes árabes. Después de todo, vean el prolongado apoyo que brindamos a nuestro fiel aliado… ejem, Saddam Hussein. Lo que nos deja boquiabiertos es su ignorancia de la historia. Originalmente apoyamos a Nasser, felices de que destruyera a ese fútil y gordo rey Farouk, hasta que nacionalizó el canal de Suez y entonces tuvimos que bombardearlo.

Apoyamos al coronel Kadafi contra el igualmente corrupto rey Idriss, hasta que Kadafi apoyó al ERI y ayudó a planear un atentado en un club nocturno de Berlín occidental, y entonces tuvimos que bombardearlo. Ahora Kadafi (un “estadista”; recuerden que así lo llamó Jack Straw, haciendo muecas) se está beneficiando de las ventajas de un contrato de compra de armas con Francia, ¡quizá ayudado por la gloriosa Cecilia! ¡Si Maliki supiera de lo que se está perdiendo!

Huelga decir que el premier sabe de los beneficios que Saddam tuvo a cambio de obedecer los caprichos de Estados Unidos, entre ellos la muy útil invasión del Irán del ayatola Jomeini. Medio millón de muertos. Y cuando un buque de guerra estadunidense fue objeto de disparos, los estadunidenses, en este caso precursores de la “guerra contra el terror”, agradecieron a Saddam por haber indemnizado a las familias de los tripulantes de la nave (es verdad, ¡les juro que no es broma!).

¿No hay límite para estas hipocresías? ¿No es cierto que alguna vez quisimos ver muertos a todos los líderes del ERI? ¿Y que ahora éstos toman el té con la reina? Aquellos que entienden nuestros deseos son recompensados, aquellos que no lo hacen acaban en el cadalso, ergo Saddam. Estas criaturas –usemos el término correcto– nos pertenecen y por eso podemos pasarles por encima cuando así lo queremos.

Olvídense de las elecciones democráticas (“Este es un gran día para Irak”: Tony Blair). No hemos aprendido, ni vamos a aprender nunca, la clave de Irak: la mayoría de sus habitantes son chiítas. Asimismo, la mayor parte de sus de sus líderes, incluido el “pasional” Moqtada Sadr (es muy típico de la BBC y de CNN darnos este tipo de definiciones políticas), fueron entrenados, nutridos, destetados, amados y aleccionados en Irán. Y ahora, repentinamente resulta que ¡cómo los odiamos!

Los iraquíes no nos merecen. Esto será nuestra determinación principal; la arena que dará a nuestros tanques la tracción necesaria para salir de Irak. ¡Traigan a los payasos! Quizá ellos también puedan ayudarnos.

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca

 
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