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Adolfo Sánchez Rebolledo

¿De “izquierda” y “socialista”?

Recién fundado el PRD en algunos círculos internos se debatía cuál debería ser la “marca” particular de esta nueva organización, tan diversa como el amplio Frente que le había dado origen. No era fácil englobar en una definición a todos los que se reunieron en el hotel Vasco de Quiroga en torno a la figura carismática de Cuauhtémoc Cárdenas, cuyo éxito electoral modificó de raíz el escenario político nacional. Portador de variadas tradiciones ideológicas y políticas, a muchos les bastaba con que el nuevo partido se pronunciara por una nueva “revolución democrática”, entendiendo que, más allá, de la vieja polémica sobre la violencia como partera de la historia, se discutía la naturaleza del cambio por realizar.

El objetivo era unir a las fuerzas populares y opositoras en una gran alianza que abriera el camino a un “gobierno de salvación nacional”, considerando que el grupo en el poder sería incapaz de concluir el sexenio sin agravar más la crisis nacional. Aunque jamás renuncia a la “vía electoral” y también se rechaza la violencia, la retórica antigobiernista (que no siempre antiautoritaria) del PRD insiste en la movilización social, en la dinámica liberadora del “movimiento”, más que en la organización del partido dominado desde entonces por la lógica de los grupos internos.

El término transición aún no ocupa el lugar trillado que luego alcanzaría, de modo que la “salida democrática” pretende la inmediata liquidación del “partido de Estado”, el fin del régimen presidencialista autoritario, la construcción de verdaderas instituciones democráticas a partir de la expulsión del PRI del poder, no antes. A pesar de todo, si bien la ilegitimidad originaria siguió al presidente hasta el final, la esperanza en la revolución democrática se diluyó ante la ofensiva brutal del régimen, la alianza sustantiva PRI- PAN para las reformas estructurales, la manipulación mediática empresarial y los malos resultados obtenidos por la izquierda en las elecciones de 1991.

El gran mérito del partido fue resistir y recomponerse ante la adversidad. Sin embargo, pasaron algunos años antes de que en el PRD se hablara de “transición pactada” sin traicionar los principios fundadores o se proclamara como un partido “de izquierda”, obviedad que luego ocurrió sin la aprobación explícita de algunos de sus máximos líderes, convencidos de que toda alusión ideológica, así fuera vaga y genérica, restaba en vez de sumar en la tarea de unir al vasto espectro de las potenciales fuerzas democráticas. Pero el PRD avanzó electoralmente y ganó la capital. Se fortaleció, pero no resolvió sus propios problemas.

Hoy, el PRD avanza un trecho en ese camino al definirse en su décimo congreso, y cito a Alejandro Encinas, “como una organización de izquierda, plural, amplia, socialista y democrática” (El Universal, 28/08/07). Nada que objetar, aunque reitero que a ese reconocimiento nominal le falta la reflexión teórica que nos diga cuáles son los límites de esos conceptos y nos explique a qué se refiere cuando aquí y ahora se define como socialista. No es un tema menor, pues aun dentro del PRD coexisten las interpretaciones socialdemócratas con otras heredadas de la experiencia internacional revolucionaria más antigua o reciente de matriz nacionalista o popular.

Más que aclarar en forma escolástica la identidad del partido, la cuestión de fondo es la unidad de la izquierda y el despliegue de una hipótesis de trabajo verdaderamente nacional. Es verdad que la unidad formal no zozobró en el congreso, pero sí demostró su fragilidad y, al parecer, nadie salió contento tras la prueba de fuerza que vimos al final a juzgar por la reacción de Jesús Ortega, reconociendo que en el PRD conviven dos visiones sobre la izquierda y las contradicciones entre éstas no son menores (Excélsior, 28/08/07). Lo malo no es que tales diferencias existan, sino que se empantanen o sirvan de pantalla para darle un tono respetable a la lucha interna por el poder sin aceptar la pluralidad. Y me temo que, al margen de las malas razones planteadas por la realpolitik para declararse unidos, subsisten resquemores, desconfianzas mutuas, el riesgo latente de la división, en fin, la tensión entre los objetivos de hoy y los principios que rigen la vida de cualquier organismo político.

El centro del debate, en parte por influencia de los medios, se ha trasladado, en mi opinión erróneamente, del conjunto de planteamiento formulados por Andrés Manuel López Obrador en la Coalición por el Bien de Todos –cuyo desarrollo implicaba consolidar el programa, avanzar en las alianzas, la organización ciudadana y el fortalecimiento de los partidos que integran el Frente Amplio Progresista–, a la sacralización del combate coyuntural contra la ilegitimidad presidencial que, en todo caso, era el punto de partida de la oposición de izquierda en la búsqueda de una alternativa general.

En ese contexto, preocupa escuchar voces subestimando la necesidad de un fuerte partido de izquierda o restando importancia a la división entre las fuerzas que hoy sostienen el lopezobradorismo. Por ejemplo, el respetable periodista Ortiz Pinchetti, quien es además secretario de relaciones políticas del gobierno legítimo, desliza una crítica a la influencia de “Nueva izquierda y las demás corrientes del PRD para que este partido no asuma a plenitud en las Cámaras una oposición que pudiera estarnos redituando las enormes ventajas del mal desempeño de Calderón” (Apro, 27 de agosto), crítica que me parece excesiva, pero, según lo visto y leído, tiene numerosos adeptos y no pocos voceros oficiosos. Otra reflexión de Ortiz Pinchetti me parece más preocupante. Cito al reprtero Juan Pablo Proal, de Proceso: “El ex secretario de Gobierno del Distrito Federal reconoce que la izquierda partidista, principalmente en los estados, continúa sin un proyecto definido y con claras tendencias oficialistas: ‘Esto es un problema muy grave. En muchos lugares, en muchos estados, los grupúsculos de izquierda han venido estableciendo un modo de vida que para ellos es magnífico (...) Los gobiernos generalmente manipulan a muchos de estos grupúsculos, pero evidentemente que el país ya requiere otro tipo de expresión, ya estamos maduros para un partido progresista moderado, un partido de centro-izquierda’”.

Creo que eso merece algunas explicaciones: ¿a qué grupúsculos se refiere? ¿Qué significa el término moderado en el contexto de la resistencia encabezada por el “gobierno legítimo”? ¿Cómo conciliar la apuesta que ve la necesidad de convertir al FAP en un polo de referencia más allá de la izquierda partidista con la idea de construir un “partido de centro-izquierda” como al fin sugiere Ortiz Pinchetti. Creo que hay materia para la reflexión y el debate.

 
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