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Margo Glantz

Un frágil equilibrio

Como siempre, sigo viajando. Me ha pasado algo curioso, pero antes de consignarlo, manifiesto una duda, reiterada cuando redacto esta columna: ¿A quién le importa que una señora x dé vueltas por el mundo y luego lo escriba para que algunos lectores la lean? Bueno, como siempre también, dejo abierta la pregunta.

Estaba yo sentada tomando un café en un Vip’s de la avenida Goya en un Madrid desierto y sorprendentemente poco caluroso. De repente, advierto que estoy sentada sólo sobre media nalga. Me sobresalto y reflexiono, cosa que hago algunas veces. ¿Por qué me he sentado al borde –bordísimo– del asiento, si aún no me traen lo que he pedido? Y al tiempo que reflexiono y me acomodo con ambas posaderas sobre la banca, descubro de pronto una verdad redonda como un círculo vicioso: estoy así, a punto de caerme porque no puedo permanecer nunca en el mismo sitio y ese es el origen de este perpetuo movimiento que si falla me hunde en la más profunda depresión.

Pero, pasemos adelante, estuve en Santander dando un curso, flagrantemente narcisista, un curso sobre el autor y su obra, es decir, sobre mí misma, curso instaurado desde hace varios años en la Universidad Ménendez y Pelayo. Para amenguar la excesiva egolatría que este tipo de cosas engendra, decidí hablar además sobre la autobiografía y sobre la existencia de vasos comunicantes entre el ensayo y la ficción.

El curso resultó interesante y mis estudiantes estupendos, además estaba yo alojada en el Palacio de la Magdalena, casa de verano de Alfonso XIII y mi habitación llevaba el flamante nombre de los Duques de Alba. Desde mi ventana veía la montaña y el mar azul, la costa cantábrica es de una gran belleza, quizá demasiado perfecta.

Luego me dirigí a Almería, adonde me habían invitado unos amigos muy queridos a pasar unos días en un pueblecito maravilloso llamado Rodalquilar. Almería, la provincia más pobre de España, se ha convertido en la que tiene más riqueza per cápita y, cosa extraña, aunque los invernaderos donde se cultiva todo tipo de frutas y verduras se parecen a los puestos de los ambulantes del centro del Distrito Federal y, los que en ellos trabajan, inmigrantes que provienen de Marruecos, son tratados como esclavos, la naturaleza sigue casi intacta y varios de los pueblos mantienen la belleza anterior al auge inmobiliario que ha degradado todas las costas de España. En los servicios, los lituanos abundan.

En Madrid, además de admirar en El Prado al gran paisajista flamenco Patinir, en el Thyssen los últimos paisajes por Van Gogh, en el Reina Sofía, esculturas y pinturas de Le Corbusier, estuve en la Academia de San Fernando y, para mi sorpresa, me topé de pronto con los retratos de dos personajes que me obsesionan: Farinelli y la reina María Bárbara de Braganza.

Farinelli, sobrenombre del castrato Carlo Broschi, abandonó la corte de Madrid donde había permanecido durante los reinados de tres reyes. Por intrigas palaciegas y en 1757, después de la muerte de su segunda protectora, la reina María Bárbara (para quien organizaba opulentos festejos), zarpó rumbo a Italia llevando en su equipaje 15 volúmenes encuadernados en cuero. Había sido contratado 20 años atrás por una reina desesperada: su esposo, Felipe V, preso de una terrible depresión, recorría por las noches los largos corredores de palacio sollozando, creyéndose perseguido por imaginarios verdugos, mientras se rehusaba a cumplir las mínimas funciones reales. Sólo estaba tranquilo el rey cuando oía cantar a Farinelli, quien interpretó una y otra vez la misma canción durante ocho años.

Recuerdo algunas coincidencias:

–Juan Sebastián Bach compuso sus más famosas variaciones para un amigo suyo apellidado Goldberg, quien las interpretaba para aliviar a su mecenas, un conde que sufría de insomnio...

–Domenico Scarlatti se retiró del mundanal ruido para dedicarse en exclusiva a componer y tocar sonatas para su mecenas, la reina de España María Bárbara...

Los libros lujosamente encuadernados que Farinelli llevaba en su equipaje ostentaban en la portada sellos de oro con las coronas de España y Portugal. Manuscritos por un escribano anónimo, los cuadernos contenían las partituras de las 555 sonatas que Scarlatti le había dedicado a su discípula, la reina.

Si Farinelli, quien había coincidido en la corte con Scarlatti, no hubiese conservado esos manuscritos, la mayor parte de la obra de uno de los más extraordinarios músicos del siglo XVIII se hubiera perdido para siempre.

 
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